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Cuentos sin plumas

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Bajo este título, se recogen en un solo volumen los tres libros de cuentos publicados por Woody Allen titulados: Como acabar de una manera por todas con la cultura, Sin plumas y Perfiles. Todas aquellas inquietudes que han acentuado la excéntrica personalidad de Woody Allen se ven aquí reflejadas de forma sarcástica y satírica. Dios, el sexo, la muerte, las dudas existenciales sobre la vida, todas reflejadas mediante diferentes tipos de textos, como cuentos, pensamientos, reflexiones, etc, que van a ser, seguro, el delirio del lector. Recomiendo este libro sobre todo a aquellos aficionados de Woody Allen y sus trabajos cinematográficos, estando seguro que no se quedarán defraudados con su lectura. Aunque no es un libro para incondicionables, serlo es un activo importante. Enrique M. Camba Godoy — Barcelona
İl:
1991
Dil:
spanish
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Bajo este título, se recogen en un solo volumen los tres libros de cuentos publicados por Woody Allen titulados: Como acabar de una manera por todas con la cultura, Sin plumas y Perfiles. Todas aquellas inquietudes que han acentuado la excéntrica personalidad de Woody Allen se ven aquí reflejadas de forma sarcástica y satírica.

Dios, el sexo, la muerte, las dudas existenciales sobre la vida, todas reflejadas mediante diferentes tipos de textos, como cuentos, pensamientos, reflexiones, etc, que van a ser, seguro, el delirio del lector.

Recomiendo este libro sobre todo a aquellos aficionados de Woody Allen y sus trabajos cinematográficos, estando seguro que no se quedarán defraudados con su lectura. Aunque no es un libro para incondicionables, serlo es un activo importante.

Enrique M. Camba Godoy — Barcelona





Título Original: Getting even, Without feathers ; Side effects

Traductor: Covián, Marcelo ; Guarner, José Luis

Autor: Allen, Woody

©1991, Círculo de Lectores, S.A.

ISBN: 9788422638377





Introducción


Los pasajes siguientes han sido tomados del hasta ahora secreto diario íntimo de Woody Allen, que se publicará póstumamente o después de su muerte, lo que suceda primero.

Esperar a que la noche llegue a su fin se me hace cada vez más duro. Ayer experimenté la incómoda sensación de que unos cuantos hombres intentaban irrumpir en mi cuarto para lavarme la cabeza. Pero ¿por qué? Estuve imaginándome que vislumbraba formas tenebrosas, y a las tres de la madrugada la ropa interior que arrojé sobre una silla me pareció el Kaiser con patines. Cuando por fin logré dormirme, volví a padecer ese horrible sueño en el que una ardilla trata de cobrarme como premio en una rifa. Desesperanza.

Creo que mi consunción empeora. Y también mi asma. El jadeo va y viene, y siento vahídos cada vez más frecuentes. Me poseen ahogos y desmayos violentos. Mi habitación está húmeda y sufro escalofríos y palpitaciones continuamente. Observo, también, que me he quedado sin kleenex. ¿Acabará esto alguna vez?

Idea para un c; uento: Un hombre se despierta y descubre que su loro ha sido nombrado Subsecretario de Agricultura. Los celos le consumen y se pega un tiro, pero desgraciadamente la pistola es de ésas que sale una banderita que pone «Bang». La banderita le saca un ojo, pero sobrevive… un ser humano redimido que, por primera vez, disfruta de los placeres elementales… de la vida, tales como labrar la tierra o sentarse sobre una manga de riego.

Pensamiento: ¿Por qué mata el hombre? Mata por comida. Y no sólo por comida: con frecuencia debe de ser por bebida.

¿Debo casarme con W.? No, si no me revela las restantes letras de su nombre. Pero, ¿y su carrera? ¿Cómo voy a pedirle a una mujer de su belleza que renuncie al Campeonato de Patinaje? Decisiones…

Una vez más he intentado suicidarme… esta vez mojándome la nariz para meterla en el enchufe de la luz. Infortunadamente, se produjo un cortocircuito y sólo conseguí que explotase la nevera. Obsesionado siempre con la idea de la muerte, cavilo sin cesar. Sigo preguntándome si existe vida más allá de la muerte, y si la hay ¿le cambiarán a uno un billete de veinte pavos?

Me encontré hoy con mi hermano en un funeral. No nos habíamos visto desde hacía quince años, pero como de costumbre se sacó una vejiga de cerdo del bolsillo, y empezó a golpearme con ella en la cabeza. El tiempo me ha ayudado a comprenderle mejor. Por fin he comprendido que su observación acerca de que soy «una abominable sabandija digna de exterminio» viene dictada más por la compasión que por la ira. Reconozcámoslo: ha sido siempre mucho más brillante que yo… más ingenioso, más culto, mejor educado. El porqué continúa trabajando en Hamburguesas McDonald es un misterio.

Idea para un cuento. Unos castores se adueñan del Carnegie Hall y representan Wozzeck. (Tema consistente. ¿Cuál será la estructura?)

Dios mío, ¿por qué me siento tan culpable? ¿Será porque odié a mi padre? Probablemente la causa está en el incidente de la "ternera alla parmigiana". Bueno, ¿qué hacía eso en su cartera? De haberle escuchado, ahora estaría ahormando sombreros para ganarme la vida. Me parece que le estoy oyendo: «Ahormar sombreros… ¿concibes algo mejor?». Recuerdo su reacción cuando le dije que pretendía dedicarme a escribir. «Lo único que tú escribirás será en colaboración con un búho». Sigo sin tener ni idea de lo que quiso decir ¡Qué hombre tan triste! Cuando representaron en el Liceo mi primera obra Un quiste para Gus, se presentó la noche del estreno con frac y careta antigás.

Hoy vi un crepúsculo rojo y gualda y pensé ¡Qué insignificante soy! Naturalmente, también pensé eso ayer, y llovió. Me sentí asaltado por el odio hacia mí mismo, y proyecté de nuevo suicidarme… esta vez por el sistema de aspirar hondo cerca de un viajante de seguros.

Relato breve: Un hombre se despierta por la mañana y se descubre convertido en el arco de sus propios pies. (Esta idea puede funcionar a muchos niveles. Psicológicamente, es la quintaesencia de Kruger, el discípulo de Freud que descubrió la sexualidad en el bacon.

¡Qué equivocada estaba Emily Dickinson! La esperanza no es «esa cosa con plumas». La cosa con plumas ha resultado ser mi sobrino. Tengo que llevarle a un especialista en Zurich.

He decidido romper mi compromiso con W. No comprende lo que escribo, y la pasada noche declaró que mi Crítica de la Realidad Metafísica le recordaba Aeropuerto. Nos peleamos, y volvió a tocar el tema de los niños, pero la convencí de que resultarían demasiado jóvenes.

¿Creo en Dios? Creía en Él hasta el accidente de mamá. Se cayó encima de un pastel de carne, lo cual exacerbó su melancolía. Estuvo en coma durante meses, incapaz de hacer otra cosa que no fuese cantarle «Granada» a un arenque imaginario. ¿Por qué esta mujer en la primavera de la vida se sentiría tan afectada…? ¿Sería porque en su juventud osó desafiar las convenciones y contrajo matrimonio con una bolsa de papel marrón en la cabeza? ¿Y cómo puedo creer en Dios si la semana pasada me pillé la lengua en el rodillo de una máquina de escribir eléctrica? Me siento atormentado por las dudas. ¿Y si todo es una ilusión y nada existe? En tal caso, he pagado demasiado por la alfombra. ¡Si al menos me enviase una señal clara! Como hacer una cuantiosa imposición a mí nombre en un banco suizo.

Hoy tomé café con Melnick. Me habló de su idea de vestir de gallinas a todos los funcionarios del gobierno.

Idea para una obra: Un personaje inspirado en mi padre, pero sin el dedo gordo del pie tan prominente. Le mandan a la Sorbona para estudiar armónica. Al final, muere, sin consumar jamás su único sueño… tomar un baño de asiento con salsa tártara. (Veo un brillante telón para el segundo acto, cuando dos enanos se encuentran con una cabeza decapitada en una remesa de pelotas de volleyball.)

Al dar hoy mi paseo del mediodía, me asaltaron nuevos pensamientos mórbidos. ¿Qué hay en la muerte que tanto me desazona? Los horarios. Melnick afirma que el alma es inmortal y que continúa viviendo después de morir el cuerpo, pero si mi alma existe sin mi cuerpo, estoy convencido de que todos mis trajes le vendrán demasiado grandes. Oh, bueno…

No he tenido que romper con W. después de todo, pues por un golpe de suerte se ha fugado a Finlandia con un fenómeno de circo. Todo sea para bien, supongo, aunque tuve otro de esos ataques en los que empiezo a toser por las orejas.

La noche pasada eché al fuego todas mis obras y mis poemas. Irónicamente, mientras quemaba mi obra maestra Pingüino sombrío, la habitación se incendió y ahora me ponen un pleito unos individuos llamados Pinchunk y Schlosser. Kierkegaard tenía razón.





Una aproximación a los fenómenos psíquicos


No hay duda de que existe un mundo invisible. El problema es ¿queda muy lejos del centro? ¿Y hasta qué hora está abierto? Continuamente se producen fenómenos inexplicables. Un hombre ve espíritus. Otro escucha voces. Un tercero se despierta y aparece corriendo en el Madison Square Carden. ¿Quién de nosotros no ha sentido alguna vez el contacto de una mano glacial en la nuca cuando estábamos solos en casa? (Yo no, a Dios gracias, pero los hay que sí.) ¿Qué hay detrás de estas experiencias? ¿O delante de ellas, ya que estamos en el tema? ¿Es cierto que hay hombres capaces de antever el futuro o de comunicarse con espíritus? ¿Y puede uno ducharse después de la muerte?

Afortunadamente, estas preguntas acerca de los fenómenos psíquicos han sido contestadas en un libro de próxima publicación: ¡Buuu!, cuyo autor es el Dr. Osgood Mulford Twelge, el prestigioso parapsicólogo y profesor de ectoplasma en la Universidad de Columbia. El Dr. Twelge ha compilado una notable historia de los incidentes sobrenaturales, que cubre todo el espectro de los fenómenos psíquicos, desde la transmisión de pensamiento hasta la extravagante experiencia de dos hermanos en lugares opuestos del mundo, uno de los cuales tomó una ducha mientras el otro quedó limpio de repente. Ofrecemos seguidamente una muestra de los casos más celebrados del Dr. Twelge, y su comentario.

El 16 de mayo de 1882 el señor J. C. Dubbs se despertó en mitad de la noche y vio a su hermano Amos, que llevaba muerto catorce años, sentado a los pies de su cama y desplumando gallinas. Dubbs le preguntó a su hermano qué estaba haciendo allí, y éste le respondió que no se preocupase, que seguía muerto y que había venido a la ciudad únicamente el fin de semana. Dubbs le preguntó a su hermano que cómo era «el otro mundo» y éste le respondió que no muy distinto de Cleveland. Añadió que había vuelto para comunicarle a Dubbs un mensaje, que llevar un traje azul oscuro con calcetines rosa pálido es un gran disparate.

En aquel momento, entró la joven sirvienta de Dubbs y vio a Dubbs hablando con una «niebla informe y blanquecina», la cual, dijo luego, le recordó a Amos Dubbs, pero su aspecto era un poco más agradable. Finalmente, el fantasma le pidió a Dubbs que le acompañase en un aria de Fausto, que ambos entonaron con gran fervor. Al despuntar el día, el fantasma atravesó la pared, y Dubbs, que pretendía seguirle, se fracturó la nariz.

Éste se presenta como un ejemplo clásico del fenómeno de aparición y, si hemos de creer a Dubbs, el fantasma reapareció, hecho que hizo que la señora Dubbs sallase de su silla y revolotease durante veinte minutos sobre la mesa donde estaba puesta la cena, hasta que se estrelló en la salsa. Es interesante observar que los espíritus tienen tendencia a mostrarse traviesos, lo cual A. F. Childe, el místico inglés, atribuye al marcado complejo de inferioridad que les produce el estar muertos. Las «apariciones» guardan frecuente relación con individuos que han tenido un fallecimiento insólito. Amos Dubbs, por ejemplo, murió en circunstancias misteriosas cuando un granjero le sembró accidentalmente junto con unos nabos.

El señor Albert Sykes comunica la siguiente experiencia: «Me hallaba sentado, comiendo bizcochos con unos amigos, cuando sentí que mi espíritu abandonaba mi cuerpo y se iba a telefonear. Por algún motivo, telefoneó a la Compañía de Fibras de Vidrio Moskowitz. Mi espíritu regresó luego a mi cuerpo, donde permaneció unos veinte minutos o así, en la confianza de que nadie querría jugar a las adivinanzas. Cuando la conversación se centró en los trusts de empresas, se retiró otra vez y se puso a vagabundear por la ciudad. Tengo el convencimiento de que visitó la Estatua de la Libertad y luego se fue a ver las variedades del Radio City Music Hall. A continuación.se detuvo en la Taberna de Benny donde dejó una cuenta por valor de sesenta y ocho dólares. Mi espíritu decidió entonces volver a mi cuerpo, pero le fue imposible encontrar un taxi. Finalmente, subió a pie por la Quinta Avenida y se reunió conmigo justo a tiempo para ver las últimas noticias. Puedo afirmar que entró entonces en mi cuerpo, porque sentí un escalofrío repentino, y una voz dijo: "He vuelto. ¿Quieres pasarme las uvas?" Este fenómeno se ha repetido en varias ocasiones desde entonces. En una de ellas, mi espíritu se marchó a Miami para pasar el fin de semana, y en otra fue detenido al pretender marcharse de los almacenes Macy sin pagar una corbata. La cuarta vez fue mi cuerpo el que abandonó a mi espíritu, aunque sólo se hizo dar un masaje y volvió inmediatamente.»

La emigración de espíritu fue muy común hacia 1910, cuando se decía que muchos «espíritus» merodeaban sin rumbo por la India en busca del Consulado Americano. Este fenómeno es muy similar a la transubstanciación, el proceso por el cual una persona se desmaterializa de improviso para volverse a materializar en cualquier otro lugar del mundo. No es un mal sistema para viajar, si bien generalmente hay que esperar media hora para recoger el equipaje. El caso más sorprendente de transubstanciación fue el de Sir Arthur Numey, quien se esfumó con un audible "pop" cuando estaba tomando un baño, para reaparecer de improviso en la sección de cuerdas de la Orquesta Sinfónica de Viena. Permaneció en ella como primer violinista durante veintisiete años, a pesar de que sólo sabía tocar «Los tres cerditos», y se eclipsó abruptamente un día durante la ejecución de la Sinfonía Júpiter de Mozart, apareciendo acto seguido en la cama con Winston Churchill.

PRECOGNICIÓN

El señor Fenton Allentuck describe el siguiente sueño precognoscitivo: «Me fui a dormir a medianoche y soñé que estaba jugando al whist con una bandeja de cebollinos. De repente el sueño cambió, y vi a mi abuelo a punto de ser arrollado por un camión de la calle, donde estaba bailando un vals con un maniquí. Traté de gritar, pero cuando abrí la boca el único sonido que salió de ella fueron unas campanadas, y mi abuelo había sido ya atropellado.

«Me desperté bañado en sudor y corrí a casa de mi abuelo para preguntarle si tenía planes de bailar un vals con un maniquí. Me dijo que no, por supuesto, aunque había considerado la posibilidad de posar vestido de pastor para darle un chasco a sus enemigos. Aliviado, regresé a casa, pero supe más tarde que el viejo había resbalado en un sandwich de pollo y ensalada y se había caído del Edificio Chrysler.»

Los sueños, precognoscitivos resultan tan comunes que difícilmente pueden considerarse como simple coincidencia. En este caso concreto, un hombre sueña con la muerte de un pariente, y ésta se produce. No todos tienen tanta suerte. J. Martínez, de Kennebunkport, Mainne, soñó que hacía saltar la banca en Las Vegas. Cuando despertó, su cama se hallaba flotando en el mar.

TRANCES

Sir Hugh Swiggles, el escéptico, relata una interesante experiencia espiritista:

Nos hallamos en casa de Madame Reynaud, la conocida médium, quien ordena que nos sentemos todos alrededor de la mesa y cogidos de la mano. El señor Weeks no logra contener una risita, y Madame Reynaud le golpea en la cabeza con un tablero Ouija. Se apagan las luces, y Madame Reynaud intenta ponerse en contacto con el marido de la señora Marple, qué falleció en la opera al incendiársele la barba. Lo que sigue es la transcripción exacta:

Sra. Marple: ¿Qué ve usted?

Médium: Veo a un hombre de ojos azules y sombrero, con un molino de papel.

Sra. Marple: ¡Ése es mi marido!

Médium: Su nombre es… Robert. No… Richard…

Sra. Marple: Quincy.

Médium: ¡Sí, eso es!

Sra. Marple: ¿Qué más puede decirme?

Médium: Es calvo, y acostumbra a ponerse hojas en la cabeza para que nadie se dé cuenta.

Sra. Marple: ¡Sí! ¡Exacto!

Médium: Por alguna razón, lleva algo… un solomillo de cerdo.

Sra. Marple: ¡El regalo que le hice por su cumpleaños! ¿Puede hacer que hable?

Médium: Habla, espíritu. Habla.

Quincy: Claire, soy Quincy.

Sra. Marple: ¡Oh, Quincy! ¡Quincy!

Quincy: ¿Cuánto tiempo pones el pollo en el horno para que se haga bien?

Sra. Marple: ¡Esa voz! ¡Es él!

Médium: Que todos se concentren.

Sra. Marple: Quincy, ¿qué tal te tratan?

Quincy: No mal del todo, aunque tardan cuatro días en traerte la ropa limpia de la tintorería.

Sra. Marple: Quincy, ¿me echas de menos?

Quincy: ¿Eh? Oh, ejem, claro. Claro que sí, chica… Tengo que irme.

Médium: Le estoy perdiendo. Se desvanece…

Considero que esta sesión satisface los tests más exigentes de credibilidad, con la pequeña excepción del fonógrafo descubierto bajo las faldas de Madame Reynaud.

No cabe duda de que algunos de los acontecimientos registrados en sesiones espiritistas son auténticos. ¿Quién no recuerda aquel famoso incidente en la residencia de Sybil Seretsky, cuando un pez de colores cantó «Tengo ritmo», una de las melodías favoritas de su sobrino recientemente fallecido? Pero tomar contacto con los muertos resulta difícil en el mejor de los casos, por cuanto la mayoría de los difuntos se muestran reacios a tomar la palabra, y los que se deciden a ello parece que tosen y carraspean antes de entrar en materia. El autor ha visto personalmente cómo una mesa se levantaba, y el Dr. Joshua Fleagle, de Harvard, presenció una sesión en la que una mesa no sólo se levantó sino que presentó disculpas y se fue a dormir.

CLARIVIDENCIA

Uno de los casos más asombrosos de clarividencia es el del reputado psíquico griego Aquiles Londos. Londos descubrió que poseía «poderes excepcionales» a los diez años, cuando tumbado sobre su cama podía conseguir, a base de concentración, que el diente postizo de su padre le saltase fuera de la boca. A las tres semanas de la desaparición del marido de una vecina, Londos sugirió mirar en el homo de la cocina, donde el hombre fue hallado haciendo calceta. Londos podía concentrarse en el rostro de una persona y obligar a la imagen a formarse en un rollo de película Kodak ordinaria, si bien nunca pudo conseguir, por lo visto, que alguien sonriera.

En 1964 se le llamó para que ayudase a la policía en la captura del Estrangulador de Dusseldorf, un monstruo que siempre dejaba un donut caliente sobre el pecho de sus víctimas. Sólo con olfatear un pañuelo, Londos condujo a la policía hasta Siegfried Lenz, auxiliar en una escuela para pavos sordos, quien declaró que él era el asesino y que por favor le devolviesen su pañuelo.

Londos no es más que una de las innumerables personas dotadas de poderes psíquicos. El psíquico C. N. Jerome, de Newport, Rhode Island, afirma que puede adivinar cualquier carta que piense una ardilla.

PRONOSTICACIÓN

Finalmente, llegamos a Aristonidis, el conde del siglo XVI cuyas predicciones continúan provocando el asombro y la perplejidad hasta de los más escépticos. Ejemplos típicos son:

«Dos naciones entrarán en guerra, pero sólo una vencerá.»

(Los expertos opinan que se refieren a la guerra ruso-japonesa de1904-1905… una proeza pasmosa en el campo de la pronosticación, si se considera el hecho de que ésta fue formulada en 1540.)

«En Estambul, un hombre mandará el sombrero a la horma, y se lo estropearán.»

(En 1860, Abu Hamid, guerrero otomano, mandó su bonete a limpiar, y le fue devuelto con manchas.)



«Veo a un gran personaje que un día inventara en bien de la humanidad una prenda que se llevara encima de los pantalones para protegerlos mientras se guisa. Se la llamará "devantal" o "delantalo".»

(Aristonidis se refiere al delantal, naturalmente.)

«Un líder surgirá en Francia. Será de corta estatura y provocará grandes calamidades.»

(Esto puede referirse ya sea a Napoleón, ya sea a Marcel Lumet, un enano del siglo XIX que urdió un complot para rociar de salsa bearnesa a Voltaire.)

«En el Nuevo Mundo existirá un lugar llamado California, en el que un hombre llamado Joseph Cotten será famoso.»

(No es preciso una mayor explicación.)





Una guía de los ballets menores


DMITRI

El ballet comienza con un carnaval. Hay refrescos y carreras. Mucha gente ataviada con ropas de alegres colores baila y ríe con acompañamiento de flautas e instrumentos de viento, mientras los trombones tocan en tono menor para sugerir que los refrescos se acabarán pronto y que todo el mundo va a morir.

Dando una vuelta por la feria aparece una hermosa joven llamada Natacha, que está triste porque a su padre le han mandado a luchar a Jartum, y no hay guerra allí. La sigue Leonid, un estudiante, demasiado tímido para abordar a Natacha, por lo que le deja en la puerta un plato de ensalada mixta todas las noches. Natacha se siente conmovida ante el regalo y quiere conocer al hombre que se lo envía, sobre todo porque detesta la ensalada aliñada y preferiría Roquefort.

Los desconocidos se conocen accidentalmente cuando Leonid, al tratar de componer una nota amorosa para Natacha, se cae de un tiovivo. Ella le ayuda a levantarse, y bailan un pas de deux, después del cual Leonid trata de impresionarla haciendo girar los ojos hasta que tienen que llevarle a la casa de socorro. Leonid se disculpa con insistencia y sugiere que los dos den un paseo hasta la Tienda n.º 2 para ver un espectáculo de marionetas… una invitación que le confirma in mente a Natacha que se ha topado con un idiota.

La función de títeres, sin embargo, es embelesadora, y un títere grueso y divertido llamado Dmitri se enamora de Natacha. La joven comprende que Dmitri, aunque sea de serrín, tiene alma, y cuando el títere le propone ir a un hotel con nombre supuesto, se siente excitada. Los dos bailan un pas de deux, pese al hecho de que ella acaba de bailar otro pas de deux y está sudando como un buey. Natacha confiesa su amor por Dmitri y jura que estarán siempre juntos, aun cuando el hombre que maneja los hilos de Dmitri tendrá que dormir en un catre en el recibidor.

Leonid, despechado al verse vencido por un títere, le pega un tiro a Dmitri, que no muere, pero aparece en un tejado del Banco de Comercio, bebiéndose con altanería un frasco de Air Wick. La acción se torna confusa, y se produce un gran regocijo cuando Natacha se fractura el cráneo.

EL SACRIFICIO

Un preludio melódico narra la relación del hombre con la tierra y el porqué de que siempre parezca acabar cuando se le entierra en ella. El telón se levanta sobre un enorme y primitivo yermo, no muy distinto de ciertos parajes de Nueva Jersey. Hombres y mujeres se sientan en grupos separados y luego comienzan a bailar, pero no tienen ni idea del porqué y no tardan en sentarse otra vez. Al poco rato, un joven varón en la primavera de la vida, entra para bailar un himno al fuego. De repente se descubre que le devora el fuego, y después de que le expulsan se escurre subrepticiamente. La escena queda ahora en la oscuridad, y el Hombre desafía a la Naturaleza… un combate movido, durante el cual la Naturaleza resulta mordida en la cadera, con el resultado de que en los seis meses siguientes la temperatura no sobrepasa nunca los trece grados.

Comienza la escena segunda, y la Primavera aún no ha venido aunque concluye agosto y nadie está muy seguro de cuándo hay que adelantar los relojes.

Los ancianos de la tribu se reúnen y deciden propiciar a la Naturaleza mediante el sacrifico de una muchacha. Se elige a una doncella. Le conceden tres horas para presentarse en los alrededores de la ciudad, donde le dicen que hay un banquete de perros calientes. Cuando la muchacha aparece esa noche, pregunta dónde se han metido todas las salchichas de Frankfurt. Los viejos de la tribu le ordenan entonces que baile hasta morir. Ella les implora patéticamente, alegando que no es muy buena bailarina. Los aldeanos insisten y, mientras la música sube en un crescendo inexorable, la muchacha baila frenéticamente, acumulando la suficiente fuerza centrífuga como para que sus dientes de oro salgan disparados hasta un campo de rugby. Todos se regocijan, pero prematuramente, ya que no sólo no hace acto de presencia la Primavera, sino que dos de los ancianos reciben una citación por presunto fraude al servicio de correos.

EL HECHIZO

La obertura arranca con el alegre son de los metales, mientras, por debajo, los contrabajos parecen advertirnos: «No escuchéis a los metales. ¿Qué cuerno saben ellos?». Al cabo de un rato, el telón se alza sobre el palacio del príncipe Sigmund, magnificente en esplendor y de renta limitada. Es el veintiún aniversario del príncipe, cuyo desaliento al abrir los regalos crece ostensiblemente al comprobar que la mayoría no son más que pijamas. Uno por uno, sus viejos amigos le presentan sus respetos, que él agradece con un apretón de manos o una palmada en la espalda, según a quien están dando la cara. Empieza a evocar recuerdos con el más antiguo de sus amigos, Wolfschmidt, y ambos prometen solemnemente que si uno de ellos se queda calvo, el otro llevará bisoñe. El conjunto baila como preparación de la cacería, hasta que Sigmund pregunta «¿Qué cacería?». Nadie está muy seguro, pero el festejo ha ido demasiado lejos, así que cuando traen la cuenta la irritación es grande.

Hastiado de la vida. Sigmund baila mientras desciende hasta la orilla del lago, donde contempla su imagen perfecta reflejada en el agua durante cuarenta minutos, molesto por no haberse traído la máquina de afeitar. De improviso oye un batir de alas, y una bandada de cisnes salvajes se recorta sobre la luna; después gira por la primera a la derecha y se dirige hacia el príncipe. Sigmund se queda atónito al observar que su conductor es en parte cisne y en parte mujer… desgraciadamente, partidos en sentido longitudinal. El mágico ser embelesa a Sigmund, que tiene gran cuidado en no hacer chistes sobre aves de corral. Ambos danzan un pas de deux que concluye cuando Sigmund se queda sentado en el suelo. Yvette, la Mujer Cisne, le cuenta a Sigmund que está bajo el influjo de un hechizo cuyo responsable es un mago llamado Von Epps, y que por culpa de su apariencia le resulta imposible obtener un crédito bancario. Con un solo especialmente difícil, le explica, en el idioma de la danza, que el único medio de romper la maldición de Von Epps es el de que su amante se matricule en una escuela de secretarias y aprenda taquigrafía. Nada hay que Sigmund deteste más, pero jura que lo hará. De pronto aparece Von Epps, disfrazado de ropa sucia del día anterior, y hace desaparecer a Yvette con él cuando termina el primer acto.

Al comenzar el segundo acto, ha pasado una semana, y el príncipe está a punto de contraer matrimonio con Justine, una mujer a la que había olvidado completamente. Sigmund se siente desgarrado por sentimientos contradictorios porque sigue amando a la Mujer Cisne, pero Justine es muy hermosa también y carece de inconvenientes graves como tener plumas o pico. Justine danza tentadoramente alrededor de Sigmund, quien parece dudar entre seguir adelante con el matrimonio o ir en busca de Yvette y ver si los médicos sacarían algo en limpio. Resuenan los címbalos y Von Epps, el Mago, hace su aparición. Lo cierto es que no ha sido invitado a la boda, pero promete no comer mucho. Furioso, Sigmund desenvaina la espada y atraviesa a Von Epps en el corazón. Esto arroja un sombrío manto sobre la fiesta, y la madre de Sigmund ordena al chef que aguarde unos minutos antes de servir el rosbif.

Mientras tanto, Wolfschmidt, a instigación de Sigmund, ha encontrado a la desaparecida Yvette… una tarea nada difícil, explica, «porque ¿cuántas mitad mujeres, mitad cisnes rondan por Hamburgo?». Pese a las lamentaciones de Justine, Sigmund se lanza al encuentro de Yvette. Justine corre tras él y le besa, mientras la orquesta toca un acorde en tono menor y comprendemos que Sigmund lleva los leotardos puestos al revés. Yvette hora, explicando que el único medio de romper el hechizo es la muerte. En uno de los momentos más conmovedores y hermosos de cualquier ballet, se lanza de cabeza contra un muro de ladrillo. Sigmund ve cómo su cuerpo se transforma de un cisne muerto en una mujer muerta y comprende lo agridulce que puede ser la vida, particularmente para un ave. Lleno de pesadumbre, decide reunirse con ella, y tras una delicada danza de duelo se traga una barra con pesas.

LAS DEPREDADORAS

Este celebrado ballet electrónico es quizá la más dramática de todas las danzas modernas. Comienza con una obertura de sonidos contemporáneos: ruidos callejeros, un tictac de relojes, un enano que toca «Hora Staccato» con un peine y un kleenex. El telón se levanta entonces sobre un escenario desnudo. Durante varios minutos no ocurre nada; finalmente, baja el telón y hay un intermedio.

El acto segundo se inicia con un silencio mientras unos cuantos jóvenes hacen su entrada y bailan, fingiendo que son insectos. El conductor es una mosca común, y los demás se presentan como una variedad de parásitos de jardín. Se mueven sinuosamente al compás de la discordante música, en busca de un inmenso panecillo, que gradualmente aparece en último término. Están a punto de comérselo, cuando son interrumpidos por una procesión de mujeres que llevan una gran caja de DDT. Presa del pánico, los machos tratan de huir, pero les encierran en jaulas metálicas, sin nada para leer. Las mujeres danzan orgiásticamente en torno a las jaulas, preparándose para devorar a los machos en cuanto encuentren salsa de soja. Mientras las hembras se disponen a cenar, una muchacha repara en un macho abandonado, de antenas caídas. Se siente atraída hacia él, y ambos bailan lentamente al son de las trompas, mientras él le susurra al oído: «No me comas». Los dos se enamoran y hacen complicados planes para un vuelo nupcial, pero la hembra cambia de opinión y devora al macho, prefiriendo tomar un apartamento con una compañera.

UN DIA EN LA VIDA DE UNA CERVATILLA

Una música insufriblemente exquisita suena al levantarse el telón, y vemos los bosques en un atardecer de verano. Un cervatillo entra danzando y mordisquea lentamente unas hojas. Va con indolencia a la ventura por el suave follaje. Pronto rompe a toser y cae muerto.





Los pergaminos


Los estudiosos recordarán que hace varios años un pastor errante por el golfo de Aqaba tropezó con una cueva en la que había varias grandes jarras de arcilla y también dos entradas para el «Holiday on Ice». En el interior de las jarras se descubrieron seis rollos de pergamino con escritos antiguos e incomprensibles que el pastor, en su ignorancia, vendió al museo por 750.000 dólares cada uno. Dos años más tarde las jarras aparecieron en una casa de empeños en Filadelfia. Un año más tarde el pastor apareció en una casa de empeños en Filadelfia y tampoco fue reclamado.

Los arqueólogos han situado en principio la fecha de los pergaminos hacia el año 4.000 a. de C, o justo después de la matanza de los israelitas por sus benefactores. La escritura es una mezcla de sumerio, ara-meo, y babilonio y parece obra o bien de un solo hombre durante un largo período de tiempo, o bien de varios hombres que compartían el mismo traje. La autenticidad de los pergaminos es motivo actualmente de grandes dudas, sobre todo por cuanto la palabra «Oldsmobile» aparece varias veces en el texto, y los escasos pasajes que finalmente han podido ser traducidos versan sobre temas religiosos familiares de un modo más que dudoso. No obstante, el experto en excavaciones A. H. Bauer ha observado que si bien los pasajes parecen por completo fraudulentos, éste es probablemente el más importante hallazgo en la historia de la arqueología, si se exceptúa la recuperación de sus gemelos en una tumba de Jerusalén. Ofrecemos a continuación los pasajes traducidos.

Uno… Y el Señor hizo un pacto con Satanás para probar la lealtad de Job, y el Señor, sin aparente motivo contra Job, le golpeó una vez en la cabeza y otra vez en la oreja y le hizo caer en una salsa espesa para hacer a Job pegajoso y vil y luego el Señor aniquiló a una décima parte de los rebaños de Job, y Job exclamó:

—¿Por qué aniquilas a mis rebaños? Es muy duro conseguir rebaños. Ando ahora escaso de rebaños y no sé ni lo que son los rebaños.

Y el Señor sacó dos tablas de piedra y las rompió con un chasquido ante la nariz de Job. Y al ver esto la esposa de Job se puso a llorar y el Señor envió un ángel misericordioso que ungió la cabeza de la mujer con una maza de polo; y de las diez plagas, el Señor mandó de la uno a la seis, ambas inclusive, y Job estaba dolorido y su esposa enojada y la mujer arrendó sus vestiduras y luego subió el alquiler, pero se negó a pintar.

Y pronto los pastos de Job se secaron y su lengua se le pegó al paladar de forma que no podía articular la palabra «olíbano» sin provocar grandes carcajadas.

Y en cierta ocasión el Señor, mientras enviaba calamidades a su fiel siervo, se acercó demasiado y Job le asió por el cuello, gritando:

—¡Aja! ¡Ahora te tengo! ¿Por qué se las estás haciendo pasar moradas a Job, eh? ¿Eh? ¡Habla!

Y el Señor respondió:

—Ejem, mira… es mi cuello lo que estás agarrando. ¿Puedes soltarme?

Pero Job no tuvo compasión y replicó: —Me iba muy bien hasta que Tú viniste. Tenía mirra e higueras en abundancia y una chaqueta de muchos colores con dos pares de pantalones de muchos colores. Ahora mira.

Y el Señor habló y su voz retumbó como un trueno:

—¿Yo, que he creado los cielos y la tierra, te he de dar cuenta de mis caminos a ti? ¿Qué has creado tú que así osas interrogarme?

—Respuesta denegada —contestó Job—. Y para ser omnipotente, permíteme que te lo diga, «tabernáculo» se escribe con una sola 1.

Luego Job cayó de rodillas y gritó al Señor:

—Tuyo es el reino y el poder y la gloria. Has hecho un buen trabajo. No lo fastidies.

Dos… Y Abraham se despertó en mitad de la noche y dijo a su único hijo Isaac:

—He tenido un sueño en el que la voz del Señor me ha ordenado que sacrifique a mi único hijo, así que ponte los pantalones.

E Isaac tembló y repuso:

—¿Y qué has dicho tú? Me refiero después de que Él te presentase la papeleta.

—¿Y qué iba a decir? —contestó Abraham—. Estaba allí de pie a las dos de la madrugada y en ropa interior ante el Creador del Universo. ¿Qué querías que dijera?

—Bueno, ¿dijo Él por qué desea que me sacrifiques? —preguntó Isaac a su padre.

Pero Abraham replicó:

—El creyente no hace preguntas. Vamos pues, que mañana me espera un día muy ajetreado.

Y Sarah, al escuchar los planes de Abraham, se irritó y dijo:

—¿Cómo sabes que era el Señor y no, pongo por caso, ese amigo tuyo al que le gustan las bromas pesadas? Porque el Señor detesta las bromas pesadas y todo aquel que gaste una será entregado a sus enemigos, puedan éstos pagar los gastos de reembolso o no.

Y Abraham respondió:

—Porque yo sé que era el Señor. Era una voz profunda, resonante, bien modulada, y nadie en el desierto es capaz de retumbar de esta forma.

Y Sarah insistió:

—¿Y pretendes consumar ese acto insensato?

Pero Abraham repuso:

—Francamente, sí, porque poner en duda la palabra del Señor es una de las cosas peores que puede hacer un hombre, sobre todo estando como está la economía.

Y así llevó a Isaac a un cierto lugar y se dispuso a sacrificarle, pero en el último momento el Señor detuvo la mano de Abraham y dijo:

—¿Cómo puedes hacer semejante barbaridad?

Y Abraham protestó:

—Pero Tú dijiste…

—No importa lo que Yo dijera —tronó el Señor—. ¿Prestas oído a todas las ideas absurdas que se te ofrecen?

Y Abraham se sintió avergonzado.

—Ejem… no realmente… no.

—Te sugiero en broma que sacrifiques a Isaac y te falta tiempo para poner manos a la obra.

Y Abraham cayó de rodillas:

—Mira, nunca sé cuándo hablas en broma.

Y el Señor estalló:

—No tiene sentido del humor. No puedo creerlo.

—Pero, ¿no prueba eso que te amo, que estaba dispuesto a entregarte a mi único hijo según tu capricho?

Y el Señor contestó:

—Eso prueba que algunos hombres obedecen cualquier orden por cretina que sea, mientras la formule una voz resonante y bien modulada.

Y con esto, el Señor ordenó a Abraham que se fuera a descansar y que volviese a despachar con Él al día siguiente."

Tres… Y vino a ocurrir que un hombre que vendía camisas fue azotado por tiempos adversos. Ninguna de sus mercancías hallaba comprador ni él prosperaba. Y el hombre oraba y gemía:

—Señor, ¿por qué me haces sufrir de este modo? Todos mis enemigos venden su género menos yo.

Y estamos en plena temporada. Mis camisas son buenas. Mira la calidad de este rayón. Conseguí cuellos abrochados, cuellos de fantasía, pero nada se vende.

Y no obstante he observado tus mandamientos. ¿Por qué no podré yo ganarme la vida cuando mi hermano menor se está forrando con su prét-á-porter para niños?

Y el Señor escuchó al hombre y dijo:

—Acerca de tus camisas…

—Sí, Señor —exclamó el hombre, cayendo de rodillas.

—Ponles un cocodrilo en el bolsillo.

—¿Cómo dices. Señor?

—Haz lo que te estoy diciendo. No te arrepentirás.

Y el hombre cosió en todas sus camisas un pequeño símbolo que representaba a un cocodrilo y he aquí y a ojos vistas que su mercadería se vendió de improviso como rosquillas, y fue un gran regocijo, mientras que entre sus enemigos era el llanto y el crujir de dientes, y uno de ellos exclamó:

—El Señor es misericordioso. Me ha hecho yacer en verdes praderas. El problema es que ahora no sé cómo levantarme.





Normas y provervios


Practicar la abominación va en contra de la ley, particularmente si la abominación se practica mientras se come langosta.

El león y la gacela yacerán juntos, pero la gacela no dormirá muy bien.

Aquel que no perezca por la espada o por el hambre, perecerá por la peste, entonces ¿para qué afeitarse?

Los malvados de corazón probablemente sabrán algo.

Aquel que ama la sabiduría es virtuoso, pero aquel que tiene comercio con un ave es fantástico.

¡Señor, Señor! ¿Qué has estado haciendo Tú, últimamente?





Los personajes femeninos de Lovborg:


Una evaluación

Ningún escritor, tal vez, ha creado personajes femeninos tan fascinantes y complejos como el gran dramaturgo escandinavo Jorgen Lovborg, conocido por sus contemporáneos como Jorgen Lovborg. Atormentado y amargado por sus lancinantes relaciones con el sexo opuesto, legó al mundo personajes tan diversos e inolvidables como la Jenny Angstrom de Los patos abundantes y la señora Spearing de Las encías de una madre. Nacido en Estocolmo en 1836, Lovborg (originalmente Lovbörg, hasta que, en sus últimos años, quitó los dos puntos sobre la o para ponérselos encima de las cejas) empezó a escribir obras teatrales a la edad de catorce años. Su primera obra representada, puesta en escena cuando contaba sesenta y un años, fue Los que se retuercen, que provocó división de opiniones entre los críticos, si bien la crudeza del tema (caricias furtivas a un queso) hizo enrojecer a los públicos conservadores. La obra de Lovborg puede dividirse en tres períodos. En primer lugar la serie de dramas que se centran en la angustia, desesperanza, temor, pánico y soledad (las comedias); el segundo grupo cuyo tema es la transformación social (Lovborg contribuyó de modo importante a conseguir métodos más seguros de pesar los arenques); finalmente, se cuentan las seis grandes tragedias escritas justo antes de su muerte, en Estocolmo, en 1902, cuando se le desprendió la nariz debido a la tensión.

El primer personaje femenino sobresaliente de Lovborg fue la Hedvig Moldan de Prefiero el falsete. Irónica acusación del dramaturgo contra las prácticas literarias entre las clases superiores. Hedvig es consciente de que Greger Norstad ha empleado mortero de mala calidad en el tejado del gallinero, y cuando éste se desploma encima de Klavar Akdal, dejándole ciego y calvo en la misma noche, se ve atormentada por el remordimiento. La desgarradora escena prosigue así:


Hedvig: Así que… se desplomó.

Dr. Rorlund (tras una larga pausa): Sí. Se le cayó a Akdal en pleno rostro.

Hedvig (irónica): ¿Qué estaba haciendo en el gallinero?

Dr. Rorlund: Le gustaban las gallinas. Oh, no todas, se lo garantizo. Pero algunas. (Con aire significativo.) Tenía sus favoritas.

Hedvig: ¿Y Norstad? ¿Dónde estaba cuando el… accidente?

Dr. Rorlund: Se embadurnó el cuerpo con cebollinos y se tiró a la alberca.

Hedvig (para sí): Jamás me casaré.

Dr. Rorlund: ¿Cómo dice?

Hedvig: Nada. Venga, doctor. Ya es hora de lavarle los calzoncillos… de lavarle los calzoncillos a todo el mundo…



Hedvig, una de las primeras mujeres auténticamente «modernas», no puede sino burlarse cuando el Dr. Rorlund le sugiere correr arriba y abajo por el lugar hasta que Norstad consienta en que le ahormen el sombrero. Guarda un estrecho parecido con la propia hermana de Lovborg, Hilda, una mujer neurótica y dominante casada con un irascible marino finlandés, que acabó por arponearla. Lovborg adoraba a Hilda, y fue por su influencia que Lovborg abandonó su hábito de hablar con el bastón.

La segunda gran «heroína» de la obra de Lovborg aparece en su drama de lujuria y celos Mientras los tres nos desangramos. Moltvick Dorf, el domador de anchoas, descubre que la enfermedad innombrable de su padre ha sido heredada por su hermano Eyeowulf. Dorf acude a los tribunales, invocando que la enfermedad es suya por derecho, pero el juez Manders apoya la reivindicación de Eyeowulf. Netta Hoknquist, la bella y arrogante actriz, pretende persuadir a Dorf de que chantajee a Eyeowulf amenazándole con revelar a las autoridades que en cierta ocasión falsificó la firma de un pingüino en una póliza de seguros. Luego, en el acto segundo, escena 4:


Dorf: Oh, Netta. ¡Todo está perdido! ¡Perdido!

Netta: Para un hombre pusilánime, tal vez, pero no para un hombre que tenga… valor.

Dorf: ¿Valor?

Netta: De decirle al pastor Smathers que no confíe en volver a andar y que el resto de su vida tendrá que dar brincos por dondequiera que vaya.

Dorf: ¡Netta! ¡No puedo!

Netta: ¡Ja! ¡Claro que no! Debí comprenderlo.

Dorf: El pastor Smathers tiene fe en Eyeowulf. Compartieron un chicle una vez. Sí, antes de que yo naciese. Oh, Netta…

Netta: Deja de gimotear. El banco jamás concederá la hipoteca sobre el pretzel de Eyeowulf. Y ya se ha comido la mitad.

Dorf: Netta, ¿qué pretendes sugerir?

Netta: Nada que miles de esposas no hagan por sus maridos. Hablo de poner a Eyeowulf en salmuera.

Dorf: ¿Adobar a mi propio hermano?

Netta: ¿Por qué no? ¿Qué le debes?

Dorf: ¡Tomar medidas tan drásticas! Netta, ¿por qué no dejarle conservar la enfermedad innombrable de Padre? Tal vez pudiéramos llegar a un compromiso. Tal vez me dejaría tener los síntomas.

Netta: Compromiso, ¡ja! Tu mentalidad de clase media me pone enferma! ¡Oh, Moltvick, me hastía tanto este matrimonio! Me hastían tus ideas, tus maneras, tus conversaciones. Y tu hábito de ponerte plumas para cenar.

Dorf: ¡Oh! ¡También mis plumas, no!

Netta (con desprecio): Voy a decirte algo que únicamente tu madre y yo sabemos. Eres un liliputiense.

Dorf: ¿Qué?

Netta: Todo cuanto hay en la casa está hecho a escala. Sólo mides trece centímetros.

Dore: ¡No, no! ¡Me vuelven los dolores!

Netta: ¡Sí, Moltvick!

Dore: ¡Mis rótulas… están vibrando!

Netta: Qué asco de enano.

Dore: Netta, Netta, abre los postigos…

Netta: Los cerraré.

Dorf: ¡Luz! Moltvick necesita luz…



Para Lovborg, Moltvick representaba a la vieja, decadente y moribunda Europa. Netta, por su parte, era lo nuevo… la cruel, vibrante y darwiniana fuerza de la naturaleza que azotaría a Europa a lo largo de los cincuenta años siguientes y que halla su más profunda expresión en las canciones de Maurice Chevalier. La relación entre Netta y Moltvick es un reflejo de la pareja que formaron Lovborg y Siri Brackman, una actriz que le sirvió de constante inspiración durante las ocho horas que duró su matrimonio. Lovborg volvió a casarse después varias veces, pero siempre con maniquís de grandes almacenes.

Evidentemente, el personaje femenino más plenamente conseguido de todas las obras de Lovborg es la señora Sanstad de Peras maduras, el último drama naturalista del autor. (Después de Peras maduras, intentó la experiencia de una pieza expresionista en la que todos los personajes se llaman Lovborg, pero no tuvo aceptación, y en los tres años que le quedaban de vida no se logró persuadirle de que saliera de un cesto). Peras maduras puede equipararse con sus mayores obras, y la conversación final entre la señora Sanstad y su nuera, Berte, tal vez resulte hoy más a propósito que nunca:


Berte: ¡Así que le gusta cómo hemos arreglada la casa! Fue muy difícil, contando sólo con el sueldo de un ventrílocuo.

Sra. Sanstad: La casa es… aprovechable.

Berte: ¡Vaya! ¿Sólo aprovechable?

Sra. Sanstad: ¿De quién fue la idea del alce de raso rojo?

Berte: Caramba, de su hijo. Henrick es un decorador nato.

Sra. Sanstad (con brusquedad): ¡Henrick es un bobo!

Berte: ¡No!

Sra. Sanstad: ¿Sabías que no se enteró de lo que era la nieve hasta la semana pasada?

Berte: ¡Eso es mentira!

Sra. Sanstad: Mi idolatrado hijo. Sí, Henrick… el mismo que fue a la cárcel por pronunciar mal la palabra «diptongo».

Berte: ¡No!

Sra. Sanstad: Sí. ¡Y tenía entonces un esquimal con él en la habitación!

Berte: ¡No quiero oírlo!

Sra. Sanstad: ¡Claro que sí, mi querido ruiseñor! ¿No es así cómo te llama Henrick?

Berte (llora): ¡Me llama ruiseñor! ¡Sí, y a veces zorzal! ¡E hipopótamo!

(Las dos mujeres lloran impúdicamente.)

Sra. Sanstad: ¡Berte, querida Berte!… ¡Las orejeras de Henrick no son suyas! Son propiedad de un gremio.

Berte: Tenemos que ayudarle. Hay que decirle que nunca volará agitando los brazos.

Sra. Sanstad (ríe de pronto): Henrick lo sabe todo. Le conté lo que pensabas del arco de sus pies.

Berte: ¡Bueno! ¡Me ha engañado!

Sra. Sanstad: Llámalo como quieras. Se ha ido a Oslo.

Berte: ¡Oslo!

Sra. Sanstad: Con su geranio.

Berte: Ya veo. Ya… veo. (Se pierde tras la puerta corredera en la parte superior del escenario.)

Sra. Sanstad: Sí, mi pequeño ruiseñor, por fin está fuera de tus garras. El mes próximo, a estas horas, Henrick podrá convertir en realidad el sueño de toda su vida… llenar su sombrero de ceniza. ¡Y tú imaginabas que podrías tenerle enjaulado aquí! ¡No! ¡Henrick es una criatura salvaje, un hijo de la naturaleza! Como un ratón maravilloso… o una garrapata. (Suena un disparo. La señora Sanstad corre a la habitación vecina. Oímos un grito. Luego vuelve, pálida y desencajada.) Muerta… Es afortunada. Yo… he de irme. Sí, está anocheciendo… muy deprisa. Tan deprisa, y yo con todos los garbanzos por ordenar.



La señora Sanstad es la venganza de Lovborg contra su madre. Mujer también de espíritu crítico, se inició en la vida como trapecista de circo; su padre, Nils Lovborg, era la bala de cañón humana. Los dos se conocieron en el aire y se casaron antes de llegar al suelo. El rencor invadió lentamente al matrimonio, y hacia la época en que Lovborg tenía seis años, entre sus padres se cruzaban disparos a diario. Esta atmósfera cobró su tributo a un muchacho sensible como Jorgen, quien pronto empezó a padecer sus famosos «humores» y «angustias», los cuales le incapacitaron durante varios años de pasar ante un pollo asado sin quitarse el sombrero. Años más tarde, contó a unos amigos que estuvo en tensión todo el tiempo que escribió Peras maduras, y en varias ocasiones creyó escuchar la voz de su madre que le preguntaba direcciones para ir a Staten Island.





La puta de Mensa


Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado Word Babcok entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo.

—¿Kaiser? —preguntó—. ¿Kaiser Lupowitz?

—Eso es lo que pone en mi licencia —admití.

—Tiene que ayudarme. Me están haciendo un chantaje. ¡Por favor!

Se agitaba como el animador de una orquesta de rumba. Le empujé un vaso por encima de la mesa y la botella de whisky que guardo a mano con propósitos no medicinales.

—¿Qué le parece si se tranquiliza y me lo cuenta todo?

—¿No… no se lo dirá luego a mi mujer?

—Hablemos claro, Word. No puedo hacerle promesas.

Intentó servirse un trago, pero el tintineo podía oírse al otro lado de la calle, y la mayor parte del licor fue a parar a sus zapatos.

—Soy un honrado trabajador —explicó—. Mantenimiento de máquinas. Construyo y reparo vibradores. Ya sabe… esos aparatitos tan divertidos que dan un calambre al estrechar la mano.

—¿Y bien?

—A muchos ejecutivos les gusta. Sobre todo a lo largo de Wall Street.

—Vaya al grano.

—Ahí voy precisamente. Pero ya sabe que el camino… es difícil. Oh, no es lo que está pensando. Mire, Kaiser, soy fundamentalmente un intelectual. Uno se puede buscar todas las furcias que quiera, claro. Pero mujeres inteligentes de verdad… no resultan fáciles de encontrar a corto plazo.

—Continúe.

—Bueno, oí hablar de una chica. Dieciocho años. Estudiante en Vassar. Por una cantidad, te viene y discute el tema que sea… Proust, Yeats, antropología. Un intercambio de ideas. ¿Comprende dónde voy a parar?

—No exactamente.

—Mi mujer es algo grande, de veras, no me entienda mal. Pero no es capaz de discutir sobre Pound conmigo. O sobre Eliot. Yo no lo sabía cuando me casé con ella. Mire, necesito a una mujer cuya mente me estimule. Kaiser. Y no me importa pagar por eso. No busco ningún enredo… quiero una experiencia intelectual rápida, y luego quiero que la chica se largue. Dios mío. Kaiser, soy un hombre casado y feliz.

—¿Cuánto tiempo dura esto?

—Seis meses. Cuando me vienen las ganas, llamo a Flossie. Es una madame, y tiene un título de doctor en literatura comparada. Ella me envía a una intelectual, ¿comprende?

Así que era uno de esos tipos cuya flaqueza son las mujeres con cerebro. Sentí lástima del pobre imbécil. Imaginé que habría muchos individuos en su situación, hambrientos de unas migajas de comunicación intelectual con el sexo opuesto y por la que pagarían un precio exorbitante.

—Ahora amenaza con contárselo a mi esposa —gimió.

—¿Quien?

—Flossie. Escondieron un magnetofón en la habitación del motel. Me grabaron en cinta mientras discutía La tierra yerma y Estilos de voluntad radical, y, bueno, estaba llegando a algunas conclusiones.

Quieren diez de los grandes o se lo contarán a Carla. ¡Kaiser, tiene que ayudarme! Carla se moriría si llegará a enterarse de que no me enciende el quinqué.

El viejo tinglado de la prostitución. Había oído rumores de que los chicos de jefatura se traían algo entre manos en relación con un grupo de mujeres instruidas, pero de momento estaban sin ninguna pista.

—Llame a Flossie, quiero hablar con ella.

—¿Cómo?

—Me haré cargo de su caso, Word. Pero cobro cincuenta dólares al día, más los gastos. Tendrá que reparar un montón de vibradores.

—Nunca será más de diez de los grandes, estoy seguro —comentó con una sonrisa, mientras cogía el teléfono para marcar un número.

Le guiñé un ojo cuando me tendió el auricular. Estaba empezando a caerme bien. Unos segundos más tarde respondió una voz sedosa, y le expliqué mis deseos.

—Tengo entendido que puede usted ayudarme a conseguir una hora de charla agradable.

—Claro que sí, guapo. ¿Quiere algo en concreto?

—Me gustaría discutir sobre Melville.

—¿Moby Dick o las novelas cortas?

—¿Qué diferencia hay?

—El precio. Eso es todo. El simbolismo se cobra aparte.

—¿Por cuánto me saldría?

—Cincuenta, tal vez unos cien por Moby Dick. ¿Le gustaría una discusión comparada… Melville y Hawthome? Se lo podría dejar por cien.

—Me parece bien —contesté, y le di el número de una habitación en el Plaza.

—¿Prefiere una morena o una rubia?

—Sorpréndame —le dije, y colgué.

Me afeité y engullí unas tazas de café negro, mientras repasaba los esquemas de literatura del Monarch College. Apenas había pasado una hora cuando sonaron unos golpes en la puerta. La abrí, y en el umbral se erguía una joven pelirroja metida en sus amplios pantalones como dos cucharadas grandes de helado de vainilla.

—Hola, soy Sheny.

Sabían realmente cómo satisfacer las fantasías de uno. Pelo largo suelto, bolsa de cuero, pendientes de plata, sin maquillaje.

—Me sorprende que hayas podido llegar hasta aquí vestida de ese modo —observé—. El detective suele distinguir a las intelectuales.

—Con un billete de cinco no distingue nada.

—¿Empezamos? —propuse, empujándola hacia el sofá.

Encendió un cigarrillo y fue derecha al grano.

—Creo que podríamos comenzar considerando Billy Budd como una justificación que Melville sugiere de los caminos de Dios hacia el hombre, il n'est pas?

—Interesante, aunque no desde un punto de vista miltoniano.

Era una finta. Me interesaba ver si valía para el oficio.

—No. A El paraíso perdido le falta la subestructura de pesimismo. —Valía.

—Cierto, cierto. Dios mío, tienes razón —murmuré.

—Creo que Melville reafirmó las virtudes de la inocencia en un sentido ingenuo, pero aún así sofisticado, ¿no estás de acuerdo?

La dejé continuar. Apenas tenía diecinueve años, pero mostraba ya la ductilidad encallecida de la pseudo intelectual. Desgranaba sus ideas con labia, pero en el fondo era todo mecánico. Cada vez que yo le brindaba una intuición, ella fingía placer:

—Oh, sí. Kaiser. Sí, chico, es muy profundo. Una comprensión platónica del cristianismo… ¿por qué no me habré dado cuenta antes?

Hablamos alrededor de una hora, hasta que ella dijo que tenía que irse. Cuando se levantó, le tendí un billete de cien.

—Gracias, cariño.

—Puede haber muchos más.

—¿Qué quieres decir?

Había picado su curiosidad. Volvió a sentarse.

—Supongamos que quisiera… organizar una fiesta —anuncié.

—¿Qué clase de fiesta?

—Supongamos que quisiera tener una charla sobre Noam Chomsky con dos chicas.

—Oh, caramba.

—Si prefieres dejarlo correr…

—Tendrás que hablar con Flossie —dijo—. Eso cuesta mucho.

Era el momento de apretarle las clavijas. Lucí mi insignia de investigador privado y le informé que había caído en una trampa.

—¿Qué?

—Soy un poli, preciosa, y discutir Melville por dinero es un 802. Te va a salir una buena temporada.

—¡Asqueroso!

—Será mejor que confieses, muñeca, a menos que prefieras contar tu historia en la oficina de Alfred Kazin, y no creo que le haga muy feliz escucharla.

La chica se echó a llorar.

—No me entregues, Kaiser —imploró—. Necesitaba el dinero para acabar el doctorado. Me negaron una beca. Dos veces. Oh, Dios mío.

Lo soltó todo… la historia completa. Educación Central Park West. Campos de verano socialistas. Brandéis. Era igual que todas esas chicas que ves haciendo cola delante del Elgin o del Thalia, o que escriben con lápiz «Sí, muy cierto» en el margen de algún libro sobre Kant. Sólo que en alguna parte del trayecto había hecho un viraje equivocado.

—Necesitaba dinero en efectivo. Una amiga me contó que conocía a un individuo casado cuya esposa no era muy profunda. Estaba chiflado por Blake. Ella no podía satisfacerle. Yo dije que bueno, que por una cantidad podía hablar de Blake con él. Me sentí muy nerviosa al principio. Tuve que fingir casi todo el tiempo. A él no le importó. Mi amiga me dijo que había otros. Oh, no es la primera vez que me atrapan. Me pescaron leyendo «Commentary» en un coche aparcado, y otra vez me pararon y me registraron en Tanglewood. Si ahora me cogen por tercera vez iré a la cárcel.

—Entonces llévame hasta Flossie.

Se mordió el labio y dijo:

—La librería universitaria Hunter es una tapadera.

—¿Sí?

—Como esas barberías que camuflan centros de apuestas en la trastienda. Ya lo verás.

Hice una breve llamada a jefatura, y luego le dije a la chica:

—Está bien, muñeca. Puedes irte tranquilamente. Pero no salgas de la ciudad.

Inclinó su rostro hasta el mío con gratitud.

—Puedo conseguirte fotos de Dwight Macdonald leyendo —ofreció.

—Otra vez será.

Entré en la librería universitaria Hunter. El dependiente, un joven de ojos sensitivos, me salió al encuentro.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó.

—Estoy buscando una edición especial de Avisos a mí mismo. Tengo entendido que el autor ha hecho imprimir varios miles de ejemplares en panes de oro para los amigos.

—Tendré que comprobarlo —respondió—. Tenemos línea directa con la casa de Mailer.

Le miré fijamente.

—Sherry me envía —anuncié.

—Oh, en este caso pase a la trastienda —indicó.

Apretó un botón. Una pared de libros se abrió, y penetré como un tonto en el bullicioso palacio de los placeres regentado por Flossie.

Paredes empapeladas de rojo y una decoración victoriana marcaban el tono. Muchachas pálidas y nerviosas con gafas de montura negra y pelo corto yacían indolentemente en sofás, hojeando clásicos Penguin provocativamente. Una rubia de ancha sonrisa me lanzó un guiño, indicando con la cabeza una habitación de arriba, y dijo:

—Wallace Stevens, ¿eh?

Pero no se trataba únicamente de experiencias intelectuales… lo que se vendía allí eran también experiencias emotivas. Por cincuenta pavos, me dijeron, te podías «comunicar guardando las distancias». Por un centenar, una chica te prestaba sus discos de Bártok, cenaba contigo y te dejaba mirar mientras sufría un ataque de angustia. Por ciento cincuenta, podías escuchar la radio de FM con unas gemelas. Por tres billetes, tenías el servicio completo: una hebrea morena y delgada fingía ligar contigo en el Museo de Arte Moderno, te dejaba leer su tesis, te metía en una discusión a gritos en el pub de Elaine sobre los conceptos de Freud acerca de la mujer, y luego simulaba el suicidio que tú eligieses… la velada perfecta, para ciertos individuos. Bonito negocio. Gran ciudad, Nueva York. —¿Te gusta mi juguete? —preguntó una voz a mi espalda.

Me volví y de pronto me encontré frente a frente con el cañón de un 38. Soy hombre de estómago bien templado, pero esta vez me dio un vuelco. Era Flossie, sin duda. La voz era la misma, pero Flossie era un hombre. Su rostro estaba cubierto por una máscara.

—No se lo va a creer —prosiguió—. Ni siquiera tengo título universitario. Me expulsaron por malas calificaciones.

—¿Es por eso que lleva máscara?

—Ideé una intrincada maquinación para apoderarme de «The New York Review of Beoks», pero para eso tenía que hacerme pasar por Lionel Trilling. Fui a México para curarme. Hay un médico en Juárez que presta a la gente los rasgos de Trilling… por una buena cantidad. Pero algo salió mal. Me sacó parecido a Auden, con la voz de Mary McCarthy. Por eso crucé la frontera de la ley.

Con presteza, antes de que su dedo pudiese apretar el gatillo, me puse en acción. Lanzándome hacia delante, hice chocar un codo contra su mandíbula y me apoderé del revólver mientras caía. Se derrumbó como una tonelada de ladrillos. Gemía aún cuando llegó la policía.

—Buen trabajo, Kaiser —aprobó el sargento Holntós—. Cuando acabemos con ese tipo, el F.B.I. quiere tener una charla con él. Un pequeño asunto relacionado con jugadores de ventaja y una edición anotada del Infierno de Dante. Sacadlo fuera, muchachos.

Más avanzada la noche, busqué a una vieja conocida mía que se llamaba Gloria. Era rubia. Y se había graduado cum laude. La diferencia está en que su título era de educación física. ¡Qué alivio!





Muerte


(Una comedia)

Se levanta el telón sobre KLEINMAN, dormido en su cama a las dos de la madrugada. Llaman a la puerta, hasta que al fin, con gran esfuerzo y determinación, se levanta.


KLEINMAN: ¿Huh?

VOCES: ¡Abre! ¡Eh… vamos, sabemos que estás ahí! ¡Abre!

KLEINMAN: ¿Huh? ¿Qué?

VOCES: ¡Vamos, abre!

KLEINMAN: ¿Qué? ¡Esperen! (Enciende la luz.) ¿Quién está ahí?

VOCES: ¡Venga, abre! ¡Vamos!

KLEINMAN: ¿Quién es?

VOZ: Vamos, Kleinman… deprisa.

KLEINMAN: Hacker… es la voz de Hacker. ¿Hacker?

VOZ: ¿Kleinman, abrirás de una vez?

KLEINMAN: Ya voy, ya voy. Estaba durmiendo… ¡esperad! (Tartamudeando, con gran esfuerzo y torpeza. Mira el reloj.) Dios mío, son mas de las dos y media… ¡Ya voy, esperad un momento! (Abre la puerta y entran media docena de hombres.)

HANK: Por el amor de Dios, Kleinman, ¿eres sordo?

KLEINMAN: Estaba durmiendo. Son las dos y media. ¿Qué ocurre?

AL: Te necesitamos. Vístete.

KLEINMAN: ¿Que?

SAM: Vamos, Kleinman. No tenemos toda la noche.

KLEINMAN: Pero, ¿qué es esto?

AL: Vamos, muévete.

KLEINMAN: Moverme, ¿a dónde? Hacker, son las dos y media de la madrugada.

HACKER: Está bien, despabílate.

KLEINMAN: ¿Qué ocurre?

JOHN: No te hagas el ignorante.

KLEINMAN: ¿Quién se está haciendo el ignorante? Estaba durmiendo a pierna suelta. ¿Qué creéis que estaba haciendo a las dos y media de la madrugada… bailar?

HACKER: Necesitamos a todos los hombres aprovechables.

KLEINMAN: ¿Para qué?

VÍCTOR: ¿Qué pasa contigo, Kleinman? ¿Dónde andabas que no sabes lo que está ocurriendo?

KLEINMAN: ¿De qué estáis hablando?

AL: Del Comité de Vigilancia.

KLEINMAN: ¿Qué?

AL: Del Comité de Vigilancia.

JOHN: Pero con un plan concreto esta vez.

HACKER: Y bien trabajado.

SAM: Un plan estupendo.

KLEINMAN: Ejem, ¿quiere explicarme alguien por qué estáis aquí? Estoy en calzoncillos y tengo frío.

HACKER: Digamos que necesitamos toda la ayuda que podamos encontrar. Y ahora vístete.

VÍCTOR(Amenazador): Y deprisa.

KLEINMAN: Está bien, ya me visto ¿Puedo saber a qué viene todo esto, por favor? (Empieza a ponerse los pantalones con aprensión.)

JOHN: Han descubierto al asesino. Dos mujeres le vieron entrando en el parque.

KLEINMAN: ¿Qué asesino?

VÍCTOR: Kleinman, no es momento para charlas.

KLEINMAN: Pero, ¿quién está charlando? ¿De qué asesino habláis? Venís aquí a importunarme… estaba durmiendo tranquilamente…

HACKER: El asesino de Richardson… el asesino de Jampel.

AL: El asesino de Mary Quilty.

SAM: El maníaco.

HANK: El estrangulador.

KLEINMAN: ¿Cuál maníaco? ¿Cuál estrangulador?

JOHN: El mismo que mató al chico de Eisler y que estranguló a Jensen con una cuerda de piano.

KLEINMAN: ¿Jensen?… ¿El vigilante nocturno?

HACKER: El mismo. Le sorprendió por detrás. Surgió silenciosamente y le echó una cuerda de piano al cuello. Estaba azul cuando lo encontraron. Se le había helado la saliva en la comisura de los labios.

KLEINMAN: (Mira en torno a la habitación.) Ya, bueno, mirad, tengo que ir mañana a trabajar…

VÍCTOR: Vamos, Kleinman. Tenemos que detenerle antes de que mate otra vez.

KLEINMAN: ¿Nosotros? ¿Vosotros y yo?

HACKER: La policía por lo visto no puede con el caso.

KLEINMAN: Bueno, entonces deberíamos de escribir una carta y quejarnos. Será lo primero que haga por la mañana.

HACKER: Están haciendo todo cuanto pueden, Kleinman. Están desconcertados.

SAM: Todo el mundo está desconcertado.

AL: ¿No pretenderás decirnos que no sabias nada de todo esto?

JOHN: Es difícil de creer.

KLEINMAN: Bueno, la verdad es… estamos en plena temporada… Tenemos mucho trabajo… (Nadie acepta como cierta su ingenuidad.) No puedo tomarme ni un descanso para almorzar… y me chifla comer… Hacker os dirá que me chifla comer.

HACKER: Pero hace tiempo ya que dura este horrible asunto. ¿No sigues las noticias?

KLEINMAN: No tengo oportunidad.

HACKER: Todos están aterrados. La gente no sale a la calle por las noches.

JOHN: La calle es lo de menos. A las hermanas Simón las asesinaron en su propia casa por no echar el cerrojo. Les abrieron el cuello de oreja a oreja.

KLEINMAN: Creí que hablabais de un estrangulador.

JOHN: Kleinman, no te pases de listo.

KLEINMAN: A…ahora que lo decís, podría poner yo un cerrojo nuevo en la puerta.

HACKER: Es horrible. Nadie sabe cuándo matará de nuevo.

KLEINMAN: ¿Y cuándo empezó esto? No sé por qué nadie me ha comentado nada.

HACKER: Primero hubo un cadáver, luego otro, luego más. La ciudad está dominada por el pánico. Todos menos tú.

KLEINMAN: Bueno. Pues tranquilízate, ahora ya me domina el pánico.

HACKER: Lo difícil en el caso de un loco está en que no existe motivo. Nada donde agarrarse.

KLEINMAN: A las victimas… ¿las robaron o las violaron o… les hicieron cosquillas?

VICTOR: Sólo las estrangularon.

KLEINMAN: Hasta Jensen… Es tan fuerte.

SAM: Era fuerte. Ahora es azul y le cuelga la lengua.

KLEINMAN: Azul… Un mal color para un hombre de cuarenta años… ¿Y no hay ninguna pista? ¿Un cabello… o alguna huella digital?

HACKER: Sí. Encontraron un cabello.

KLEINMAN: ¿Entonces? Hoy todo lo que necesitan es un cabello. Lo miran por el microscopio. Y en un abrir y cerrar de ojos, el criminal está bajo cerrojos. ¿De qué color es?

HACKER: Del tuyo.

KLEINMAN: Del mi… no me miréis… No se me ha caído ninguno recientemente. Yo… Mirad, no hay que perder la cabeza. El secreto está en conservar la lógica.

HACKER: Uh-huh.

KLEINMAN: A veces hay una pista en las víctimas… como que todas sean enfermas o todas sean calvas… o enfermas calvas.

JOHN: ¿Nos cuentas lo que tienen en común?

SAM: Eso es. El chico de Eisler y Mary Quilty y Jensen y Jampel…

KLEINMAN: Si yo supiera algo más del caso…

AL: Si él supiera algo más del caso. No tienen nada en común. Sólo que antes todos estaban vivos y ahora todos están muertos. Eso es lo que tienen en común.

HACKER: Tiene razón. Nadie está a salvo, Kleinman. Si es eso lo que estás pensando.

AL: ¡Probablemente quiere tranquilizarse!

JOHN: Sí.

SAM: No hay línea lógica, Kleinman.

VÍCTOR: No se trata únicamente de enfermeras.

AL: Nadie es inmune.

KLEINMAN: No pretendía tranquilizarme. Estaba haciendo una simple pregunta.

SAM: Bueno, no hagas tantas preguntas. Tenemos trabajo que hacer.

VÍCTOR: Estamos preocupados. Alguien va a ser el siguiente.

KLEINMAN: Mirad, yo no sirvo para esas cosas. ¿Qué experiencia tengo yo de cazar hombres? Seré un estorbo. Dejadme hacer un donativo. Esto será mi aportación. Dejadme suscribir unos cuantos dólares…

SAM (Encuentra un cabello en el buró.): ¿Qué es esto?

KLEINMAN: ¿Qué?

SAM: Esto. En tu peine. Es un cabedlo.

KLEINMAN: Es que lo uso para peinarme.

SAM: El color es idéntico al del cabello que encontró la policía.

KLEINMAN: ¿Te has vuelto loco? Es un cabello negro. Hay millones de cabellos negros por ahí. ¿Por qué lo guardas en un sobre? Qué… es una cosa muy corriente. Mírale… (Señala a JOHN.)… su cabello es negro.

JOHN: (Agarra a KLEINMAN.) ¡¿De qué pretendes acusarme, eh, Kleinman?!

KLEINMAN: Pero, ¿quién está acusando? Ha puesto mi cabello en un sobre. ¡Devuélveme ese cabello! (Coge el sobre, pero JOHN se lo arrebata.)

JOHN: ¡Dejadle solo!

SAM: Estoy cumpliendo con mi deber.

VÍCTOR: Tiene razón. La policía ha pedido a los ciudadanos toda su colaboración.

HACKER: Sí. Ahora tenemos un plan.

KLEINMAN: ¿Qué clase de plan?

AL: Podemos contar contigo, ¿no?

VÍCTOR: Oh, contamos con Kleinman. Forma parte del plan.

KLEINMAN: ¿Formo parte del plan? ¿Y cuál es el plan?

JOHN: Se te informará, no te preocupes.

KLEINMAN: ¿Para qué necesita él mi cabello en ese sobre?

SAM: Vístete ya y encontrémonos abajo. Y date prisa. Estamos perdiendo el tiempo.

KLEINMAN: Está bien, pero ¿por qué no me contáis algo del plan?

HACKER: Apresúrate, Kleinman, por el amor de Dios. Es un caso de vida o muerte. Es mejor que te vistas. Hace frío ahí fuera.

KLEINMAN: Está bien, está bien… habladme del plan. Cuando conozca el plan podré pensar algo. (Pero salen, dejando que KLEINMAN se vista con nerviosa torpeza.)

KLEINMAN: ¿Dónde diablos andará el calzador?… Esto es ridículo… Despertar a un hombre en mitad de la noche y con tan horribles noticias. ¿Para qué estamos pagando un cuerpo de policía? Estoy durmiendo plácidamente en mi cama caliente y un minuto después me veo complicado en un plan, con un maníaco homicida que aparece detrás tuyo y…

ANNA (Una vieja siniestra, entra con una vela, sin ser vista, sorprendiendo a KLEINMAN.): ¿Kleinman?

KLEINMAN (Se vuelve, con un susto de muerte.): ¿¡¡Quién está ahí!!?

ANNA: ¿Qué?

KLEINMAN: ¡Por el amor de Dios, no me des esos sustos!

ANNA: Oí voces.

KLEINMAN: Había unos hombres aquí. De repente formo parte de un comité de vigilancia.

ANNA: ¿Ahora?

KLEINMAN: Parece ser que hay un asesino suelto… no se puede esperar a mañana. Es un ave nocturna.

ANNA: Ah, el maníaco.

KLEINMAN: Si lo sabías, ¿por qué no me lo dijiste?

ANNA: Porque cada vez que intentaba hablarte de ello no querías escucharme.

KLEINMAN: ¿Quién no quería?

ANNA: Estás siempre tan ocupado con el trabajo… y tus pasatiempos.

KLEINMAN: ¿No te importa que estemos en plena temporada?

ANNA: Te expliqué que había un crimen sin resolver, que había dos crímenes sin resolver, que había seis crímenes sin resolver… y todo lo que contestaste fue: «Luego, luego».

KLEINMAN: Porque elegiste momentos muy poco oportunos para contármelo.

ANNA: ¿Sí?

KLEINMAN: Mi fiesta de cumpleaños. Me lo estaba pasando bien, estaba abriendo los regalos, cuando apareciste tú con esa cara larga diciendo: «¿Has leído el periódico? ¿Has visto que han degollado a una chica?» ¿No podías elegir un momento más adecuado? Un hombre trata de divertirse un poco… y entra la voz del juicio final.

ANNA: Mientras no se trate de algo agradable, ningún momento es el adecuado.

KLEINMAN: A propósito, ¿dónde está mi corbata?

ANNA: ¿Para qué necesitas corbata? ¿No vas a cazar a un maníaco?

KLEINMAN: ¿Te importa?

ANNA: ¿Qué es, una cacería formal?

KLEINMAN: ¿Sé yo acaso con quién me voy a encontrar? ¿Y si está mi jefe abajo?

ANNA: Estoy segura de que vestirá con descuido.

KLEINMAN: Fíjate en qué clase de personas están reclutando para perseguir a un asesino. Yo soy viajante.

ANNA: No dejes que te sorprenda por detrás.

KLEINMAN: Gracias, Anna, le advertiré que dijiste que me pusiera siempre delante.

ANNA: Bueno, no es preciso que te pongas tan sarcástico. Hay que cogerle.

KLEINMAN: Pues entonces que le coja la policía. Me da miedo bajar. Hace frío y está oscuro.

ANNA: Sé un hombre por una vez en tu vida.

KLEINMAN: Muy fácil para ti decir eso, porque te vuelves a la cama. ¿Y si el asesino llega hasta esta casa y entra por la ventana?

KLEINMAN: Ese es tu problema.

ANNA: Si me ataca, le echaré pimienta.

KLEINMAN: ¿Le echarás qué?

ANNA: Duermo teniendo siempre a mano un poco de pimienta, y si se acerca a mí le echaré pimienta en los ojos.

KLEINMAN: Bien pensado, Anna. Créeme, si entra aquí, tú y la pimienta estaréis en el techo.

ANNA: Lo tengo todo cerrado con dos vueltas.

KLEINMAN: Hm, quizá sea mejor que coja un poco de pimienta.

ANNA: Toma esto. (Le tiende un amuleto.)

KLEINMAN: ¿Qué es esto?

ANNA: Un amuleto que protege del mal. Se lo compré a un mendigo lisiado.

KLEINMAN (Lo mira, poco impresionado.): Bien. Dame sólo un poco de pimienta.

ANNA: Oh, no te preocupes. No estarás solo ahí abajo.

KLEINMAN: Eso es verdad. Tienen un plan muy bueno.

ANNA: ¿Cuál?

KLEINMAN: No lo sé todavía.

ANNA: ¿Y cómo sabes que es tan bueno?

KLEINMAN: Porque es obra de los mejores cerebros de la ciudad. Créeme, saben lo que se llevan entre manos.

ANNA: Eso espero, por tu propio bien.

KLEINMAN: Bueno, ten la puerta bien cerrada y no abras a nadie… ni siquiera a mí, a menos que esté gritando: «¡Abre la puerta!». Entonces la abres a toda prisa.

ANNA: Buena suerte, Kleinman.

KLEINMAN (Mira por la ventana lá noche oscura.): Mira ahí afuera… Está tan oscuro…

ANNA: No veo a nadie.

KLEINMAN: Ni yo tampoco. Tú pensabas que habría grupos de ciudadanos con antorchas o algo…

ANNA: Bueno, con tal de que tengan un plan… (Pausa.)

KLEINMAN: Anna…

ANNA: ¿Sí?

KLEINMAN (Mirando hacia la oscuridad.): ¿Has pensado alguna vez en morirte?

ANNA: ¿Por qué iba a pensar en morirme? ¿Por qué, tú sí?

KLEINMAN: Generalmente no, pero cuando lo hago, no me estrangulan ni me cortan el cuello.

ANNA: Confío en que no.

KLEINMAN: Pienso en morirme de un modo más agradable.

ANNA: Hay muchos modos agradables, créeme.

KLEINMAN: ¿Como cuáles?

ANNA: ¿Como cuáles? ¿Me preguntas un modo agradable de morir?

KLEINMAN: Sí.

ANNA: Me lo pensaré.

KLEINMAN: Sí.

ANNA: Veneno.

KLEINMAN: Veneno. Eso es horrible.

ANNA: ¿Por qué?

KLEINMAN: ¿Estás de broma? Te dan convulsiones.

ANNA: No necesariamente.

KLEINMAN: ¿Sabes de lo que estás hablando?

ANNA: Cianuro de potasio.

KLEINMAN: Oh… eres una experta. No me pescarás con veneno. ¿Tienes idea de lo que pasa si te comes una almeja en malas condiciones?

ANNA: Eso no es veneno. Es intoxicación.

KLEINMAN: ¿Y quién quiere intoxicarse?

ANNA: ¿Cómo quieres morir entonces?

KLEINMAN: De viejo. Dentro de muchos años. Cuando llegue al término del largo viaje de la vida. En una cama confortable rodeado de parientes… cuando tenga noventa años.

ANNA: Pero eso no es más que un sueño. Es obvio, en cualquier momento te puede partir el cuello en dos un maniático homicida… o te puede degollar… no cuando tengas noventa años, sino ahora.

KLEINMAN: Es tan confortante discutir estas cosas contigo, Anna.

ANNA: Bueno, estoy preocupada por ti. Mira ahí abajo. Hay un asesino suelto e infinidad de sitios para esconderse en una noche tan oscura… callejones, portales, el paso elevado del tren… Nunca le verás en las tinieblas… una mente enferma, que acecha en la noche con una cuerda de piano…

KLEINMAN: Ya que insistes… ¡me vuelvo a la cama!

VOZ: ¡Vamos, Kleinman!

KLEINMAN: Ya voy, ya voy. (Le da un beso a ANNA.) Te veré luego.

ANNA: Ten cuidado por donde vas.

(KLEINMAN Sale, reuniéndose con Al, que se ha quedado para que todo vaya como es debido.)

KLEINMAN: No comprendo porqué de repente tengo una responsabilidad mía.

AL: Estamos todos metidos en el asunto.

KLEINMAN: Con la suerte que tengo, seré yo el que lo encuentre. ¡Oh, se me ha olvidado la pimienta!

AL: ¿Qué?

KLEINMAN: ¿Eh donde se han metido todos?

AL: Están en lo suyo. Una coordinación correcta es esencial para el buen desarrollo del plan.

KLEINMAN: ¿Y en qué consiste este estupendo plan?

AL: Ya lo sabrás.

KLEINMAN: ¿Cuándo pensáis explicármelo? ¿Después de que le hayáis cogido?

AL: No seas tan impaciente.

KLEINMAN: Mira… es muy tarde y estoy muerto de frío. Por no hablar de los nervios.

AL: Hacker y los demás han tenido que marcharse, pero me encargaron que te dijera que recibirás instrucciones tan pronto como sea posible y resulte beneficioso para el plan.

KLEINMAN: ¿Hacker dijo eso?

AL: Sí.

KLEINMAN: ¿Y qué hago yo ahora fuera de mi casa y de mi cama caliente?

AL: Esperar.

KLEINMAN: ¿Qué?

AL: Las instrucciones.

KLEINMAN: ¿Qué instrucciones?

AL: De que ha llegado tu tumo.

KLEINMAN: Me vuelvo a casa.

AL: ¡No! No te atrevas. Un paso en falso en este momento podría ser fatal para la vida de todos nosotros. ¿Crees que quiero acabar convertido en un cadáver?

KLEINMAN: Entonces explícame el plan.

AL: No puedo hacerlo.

KLEINMAN: ¿Por qué no?

AL: Porque no lo conozco.

KLEINMAN: Mira, hace mucho frío y…

AL: Cada uno de nosotros conoce únicamente una pequeña parte del plan global en un momento dado —su propia misión— y a nadie le está permitido revelar su función a otra persona. Es una precaución en caso de que el maníaco descubra el plan. Si cada cual desempeña su propio papel debidamente, el proyecto entero evolucionará hacia una conclusión satisfactoria. Mientras tanto, el plan no se puede divulgar por negligencia ni confesar bajo amenaza o coacción. Cada uno puede dar cuenta solamente de una parte mínima, que carecería de sentido para el maníaco aunque consiguiese tener acceso a él. ¿Hábil?

KLEINMAN: Brillante. No sé adonde voy y me vuelvo a casa.

AL: No puedo decirte más. ¿Y si eres tú el que ha asesinado a toda esa gente?

KLEINMAN: ¿Yo?

AL: El asesino puede ser cualquiera de nosotros.

KLEINMAN: Bueno, no he sido yo. Yo no voy por ahí matando gente en plena temporada.

AL: Lo siento, Kleinman.

KLEINMAN: ¿Y qué hago yo entonces? ¿Cuál es mi misión?

AL: Yo de tí haría un esfuerzo y trataría de colaborar hasta que mi misión fuese clara.

KLEINMAN: ¿Colaborar cómo?

AL: Es difícil de especificar.

KLEINMAN: ¿No podrías darme una pista? Empiezo a sentirme igual que un bobo.

AL: Las cosas pueden parecer caóticas, pero no lo son.

KLEINMAN: Pero os disteis mucha prisa en sacarme de la cama. Ahora que estoy aquí y dispuesto, se van todos.

AL: Tengo que irme.

KLEINMAN: ¿Qué era entonces tan urgente…? ¿Irte? ¿Qué quieres decir?

AL: Mi trabajo aquí ha terminado. Me esperan en otro sitio.

KLEINMAN: Esto significa que yo me quedaré aquí en la calle.

AL: Tal vez.

KLEINMAN: Nada de tal vez. Si estamos juntos y tú te vas, yo me quedo solo. Eso es aritmética.

AL: Ten cuidado.

KLEINMAN: ¡Oh. no, no pienso quedarme aquí solo! i Estás de broma! ¡Hay un loco suelto por ahí! ¡Yo no me entiendo bien con los locos! Soy un individuo muy lógico.

AL: El plan no permite que estemos juntos.

KLEINMAN: Mira, no hagamos de esto un idilio. No tenemos que estar juntos nosotros. Con doce hombres fuertes cualesquiera me conformo.

AL: He de irme.

KLEINMAN: No quiero quedarme aquí solo. Hablo en serio.

AL: Ten cuidado, ¿eh?

KLEINMAN: Mira, me tiembla la mano… ¡y no te has ido todavía! Si te vas, me temblará todo el cuerpo.

AL: Kleinman, otras vidas dependen de ti. No nos falles

KLEINMAN: No debisteis contar conmigo. ¡Le tengo pánico a la muerte! ¡Haría cualquier cosa con tal de no morir'

AL: Buena suerte.

KLEINMAN: ¿Y qué hay del maníaco? ¿Ha habido alguna noticia roas? ¿Se le ha vuelto a ver?

AL: La policía vio a una silueta enorme y aterradora merodeando por la fábrica de hielo. Pero nadie sabe con certeza.

(Sale. Se escuchan sus pasos cada vez más débiles)

KLEINMAN: ¡Con eso tengo bastante! ¡Me mantendré lejos de la fábrica de hielo! (Solo. Efectos sonoros de viento.) Oh chico, no hay nada como una noche en la ciudad. No sé por qué no podía esperar en mi casa hasta que me dieran una misión concreta. ¿¡Qué es ese ruido!? El viento… el viento tampoco es amenazador. Me puede traer una señal. Bueno, tengo que conservar la calma… Cuentan conmigo… He de tener los ojos bien abiertos y si veo algo sospechoso avisaré inmediatamente a los otros… Sólo que no hay otros… Tengo que acordarme de hacer más amigos en la próxima oportunidad que tenga… Tal vez si subo una manzana o dos me encontraré con alguno de los otros… ¿A qué distancia podrán estar? A menos que sea eso lo que buscan. Tal vez sea una parte del plan. Tal vez Hacker me tenga bajo algún tipo de vigilancia de modo que, si ocurre algo, todos puedan acudir en mi ayuda… (Rie nerviosamente.) Estoy seguro de que no me han dejado solo para que vagabundee por las calles a mi aire. Tienen que comprender que yo no puedo competir con un asesino demente. Un maníaco tiene la fuerza de diez hombres y yo tengo la fuerza de medio… A menos que me estén utilizando como señuelo… ¿Es posible que hagan eso? ¿Dejarme aquí fuera como un cordero?… El asesino se abalanza sobre mí y todos aparecen rápidamente para cogerle… a menos que aparezcan lentamente… Mi cuello nunca fue robusto. (Una negra silueta sale corriendo en último término.) ¿Qué ha sido eso? Tal vez debería regresar… Ahora estoy lejos ya de donde salí… ¿Cómo van a encontrarme para darme mis instrucciones? Y no sólo eso, estoy yendo hacia una parte de la ciudad que no conozco… entonces ¿qué? Sí… será mejor que dé la vuelta sobre mis pasos antes de que me pierda por las buenas… (Oye pasos lentos y amenazadores que se le acercan.) Oh, oh… Esos pasos… El maníaco tendrá pies probablemente… Dios mío, sálvame…

MÉDICO: Kleinman, ¿eres tú?

KLEINMAN: ¿Qué? ¿Quién es?

MÉDICO: Soy el médico.

KLEINMAN: Me has dado un susto. Dime, ¿has sabido algo de Hacker o de los otros?

MÉDICO: ¿Acerca de tu participación?

KLEINMAN: Sí. El tiempo pasa y voy dando vueltas por ahí como un estúpido. Tengo los ojos bien abiertos, quiero decir, pero si supiera lo que he de hacer…

MÉDICO: Hacker mencionó algo acerca de ti.

KLEINMAN: ¿Qué?

MÉDICO: No consigo recordarlo.

KLEINMAN: Magnífico. Soy el hombre olvidado.

MÉDICO: Creo que le oí decir algo. No estoy seguro.

KLEINMAN: Mira, ¿por qué no hacemos la ronda juntos? Por si ocurre algo.

MÉDICO: Sólo puedo caminar un rato contigo. Luego tengo otras cosas que hacer.

KLEINMAN: Es gracioso ver a un médico levantado en mitad de la noche… Ya sé que a vosotros os fastidia telefonear desde casa. Ja, ja, ja, ja. (El MÉDICO no ríe.) Está muy fría la noche… (Nada.) Ejem, bueno… ¿crees que le descubriremos esta noche? (Nada.) Supongo que tendrás una función importante dentro del plan, ¿verdad? Mira, yo no conozco aún la mía.

MÉDICO: Mi interés es puramente científico.

KLEINMAN: No lo pongo en duda.

MÉDICO: Ésta es una oportunidad única de aprender algo sobre la naturaleza de su locura. ¿Por qué es de esa manera? ¿Qué puede impulsar a un hombre hacia ese tipo de comportamiento antisocial? ¿Existen otras cualidades poco comunes en él? A veces los mismos estímulos que provocan que un maníaco asesine, le inspiran fines sumamente creativos. Se trata de un fenómeno muy complejo. También me gustaría saber si es loco de nacimiento o su demencia ha sido causada por alguna enfermedad o accidente que haya dañado su cerebro o por la tensión acumulada de circunstancias adversas. Hay un millón de hechos por descubrir. Por ejemplo, ¿por qué ha elegido expresar sus impulsos a través del acto criminal? ¿Lo hace por su propia voluntad o porque imagina oír voces? Ya sabes que en otras épocas se consideraba al loco movido por inspiración divina. Vale la pena examinar todo esto para que conste.

KLEINMAN: Claro, pero tenemos que cogerle primero.

MÉDICO: Sí, Kleinman, si de mí dependiera, me quedaría solo para estudiar a esta criatura escrupulosamente, para hacerle la disección hasta el último cromosoma. Me gustaría observar cada una de sus células en el microscopio. Ver de qué está compuesto. Analizar sus secreciones. Descomponer su sangre, explorar su cerebro minuciosamente, hasta que yo comprenda al ciento por ciento qué es exactamente en cada uno de sus aspectos.

KLEINMAN: ¿Puedes conocer realmente a una persona? Quiero decir, conocerla… no saber acerca de ella, sino conocerla… quiero decir, conocerla de veras… hasta donde se pueda conocer… hablo de conocer a una persona… ¿sabes lo que entiendo por conocer? Conocer. Conocer de verdad. Conocer. Conocimiento. Conocer.

MÉDICO: Kleinman, eres un imbécil.

KLEINMAN: ¿Entiendes lo que estoy diciendo?

MÉDICO: Haz tu trabajo y yo haré el mío.

KLEINMAN: No sé cuál es mi trabajo.

MÉDICO: Entonces no critiques.

KLEINMAN: ¿Quién está criticando? (Se oye un grito. Se sobresaltan.) ¿Qué ha sido eso?

MÉDICO: ¿Oíste pasos detrás nuestro?

KLEINMAN: He oído pasos detrás mío desde que tenía ocho años. (Otro grito.)

MÉDICO: Alguien viene.

KLEINMAN: Tal vez no le gustó eso que dijimos de hacerle la disección.

MÉDICO: Mejor será que te vayas de aquí, Kleinman.

KLEINMAN: Con sumo placer.

MÉDICO: ¡Deprisa! ¡Por aquí!

KLEINMAN: Esto da a un callejón sin salida.

MÉDICO: ¡Sé lo que me hago!

KLEINMAN: ¡Ya, pero quedaremos atrapados y nos matarán!

MÉDICO: ¿Vas a discutir conmigo? ¡Soy médico!

KLEINMAN: Pero yo sé que esto… es un callejón sin salida. ¡No hay forma de salir!

MÉDICO: Adiós, Kleinman. ¡Haz lo que te parezca! (Corre hacia el callejón sin salida.)

KLEINMAN (Llamándole.): ¡Espera… lo siento! (Ruido de alguien que se acerca.) ¡He de conservar la calma! ¿Salgo corriendo o me escondo? ¡Saldré corriendo y me esconderé! (Corre y tropieza con una MUJER joven.) ¡Uuuuuf!

GINA: ¡Oh!

KLEINMAN: ¿Quién eres?

GINA: ¿Y quién eres tú?

KLEINMAN: Kleinman. ¿Oíste gritos?

GINA: Sí, y me asusté. No sé de dónde venían.

KLEINMAN: No importa. Lo principal es que eran gritos, y los gritos nunca traen nada bueno.

GINA: ¡Estoy asustada!

KLEINMAN: ¡Salgamos de aquí!

GINA: No puedo ir muy lejos. Tengo que hacer algo.

KLEINMAN: ¿Estás en el plan también?

GINA: ¿Y tú no?

KLEINMAN: Todavía no. Por lo visto no consigo descubrir qué es lo que tendría yo que hacer. ¿No habrás oído algo acerca de mí por casualidad?

GINA: Tú eres Kleinman.

KLEINMAN: Exactamente.

GINA: He oído algo acerca de un Kleinman. No recuerdo qué.

KLEINMAN: ¿Sabes dónde está Hacker?

GINA: Hacker ha sido asesinado.

KLEINMAN: ¡¿Qué?!

GINA: Creo que ha sido Hacker.

KLEINMAN: ¿Hacker ha muerto?

GINA: No estoy segura de si dijeron Hacker o algún otro.

KLEINMAN: ¡Nadie está seguro de nada! ¡Nadie sabe nada! ¡Esto sí que es un plan! ¡Estamos cayendo como moscas!

GINA: Tal vez no fuera Hacker.

KLEINMAN: Vayámonos de aquí. Me fui de donde tenía que haberme quedado, y me estarán buscando probablemente, y con la suerte que tengo me echarán la culpa si el plan fracasa.

GINA: No consigo recordar quién es el muerto. Hacker o Maxwell.

KLEINMAN: Te diré la verdad, es difícil seguir la pista. ¿Y qué está haciendo una mujer joven como tú por la calle? Este es un trabajo de hombres.

GINA: Estoy acostumbrada a ir de noche por la calle

KLEINMAN: ¿Ah?

GINA: Bueno, soy una prostituta.

KLEINMAN: No fastidies. Caray, nunca me encontré antes con ninguna… Creí que erais más altas.

GINA: ¿Te he confundido?

KLEINMAN: Si he de decirte la verdad, soy muy provinciano.

GINA: ¿Sí?

KLEINMAN: Yo, ejem… nunca estoy levantado a estas horas. Te lo aseguro, nunca. Deben de ser las tantas. A menos que me ponga enfermo o algo… pero salvo casos extremos de náusea, duermo como un niño recién nacido.

GINA: Bueno, el caso es que estás en la calle y en plena noche.

KLEINMAN: Sí.

GINA: Se ven cantidades de estrellas.

KLEINMAN: Realmente, estoy muy nervioso. Preferiría estar en casa en la cama. Todo es extraño por la noche. Todas las tiendas están cerradas. No hay tráfico. Se puede andar por donde uno quiera… Nadie te detiene…

GINA: Eso es bueno, ¿no?

KLEINMAN: Ejem… es una sensación rara. No existe la civilización… Podría quitarme los pantalones y bajar corriendo desnudo por la calle principal.

GINA: Ub-huh.

KLEINMAN: No lo haría, quiero decir. Pero podría.

GINA: Para mí la ciudad de noche es tan fría y negra y vacía. Debe de ser algo así como estar en el espacio exterior.

KLEINMAN: Nunca me ha importado el espacio exterior.

GINA: Pero si estás en el espacia exterior. Somos esa bola grande y redonda que flota en el espacio… No se puede distinguir qué es lo que está arriba y qué es lo está abajo.

KLEINMAN: ¿Y te parece eso bueno? Yo soy un hombre a quien le gusta saber qué es lo que está arriba y qué es lo que está abajo y dónde está el cuarto de baño.

GINA: ¿Crees que existe vida en alguna de esos billones de estrellas que hay ahí arriba?

KLEINMAN: Personalmente no lo sé. Aunque he oído decir que puede haber vida en Marte, pero el tipo que me lo contó se dedica a los géneros de punto.

GINA: Y todo eso funciona siempre.

KLEINMAN: ¿Cómo va a funcionar siempre? Más pronto o más tarde tendrá que pararse. ¿No és cierto? Quiero decir que más pronto o más tarde tiene que acabarse y hay, ejem… una pared o algo… es lo lógico.

GINA: ¿Estás diciendo que el universo es finito?

KLEINMAN: No estoy diciendo nada. No quiero que me metan en líos. Quiero saber qué es lo que estoy haciendo.

GINA (Señalando.): Allí está Géminis… los gemelos… y Orion… el cazador…

KLEINMAN: ¿Dónde ves gemelos? Apenas se parecen.

GINA: Mira aquella estrella pequeña de allí… tan sola. Apenas se la ve.

KLEINMAN: ¿Sabes a qué distancia debe de estar? No me gustaría decírtelo.

GINA: Estamos viendo la luz que esa estrella dejó hace millones de años. Sólo ahora llega hasta nosotros.

KLEINMAN: Entiendo lo que quieres decir.

GINA: ¿Sabías que esa luz viaja a 300.000 kilómetros por segundo?

KLEINMAN: Demasiado deprisa si me lo preguntas. Me gusta disfrutar de las cosas. Ahora ya no queda tiempo para el todo.

GINA: Todo cuanto sabemos es que esa estrella desapareció hace millones de años y que esa luz, viajando a 300.000 kilómetros por segundo, ha necesitado millones de años para llegar hasta nosotros.

KLEINMAN: ¿Tratas de decirme que esa estrella puede no estar ahí?

GINA: Eso es.

KLEINMAN: ¿Aun cuando la estoy viendo con mis propios ojos?

GINA: Eso es.

KLEINMAN: Eso me inquieta mucho, porque cuando veo algo con mis propios ojos, me gusta pensar que está ahí. Quiero decir que, si eso es verdad, todos podrían estar lo mismo… todos fundidos… Pero vamos a llegar tarde a las noticias.

GINA: Kleinman, ¿quién sabe lo que es real?

KLEINMAN: Es real lo que puedes tocar con tus manos.

GINA: ¿Oh? (Él la besa: ella le corresponde apasionadamente.) Son seis dólares, por favor.

KLEINMAN: ¿Por qué?

GINA: Te lo has pasado bien, ¿no?

KLEINMAN: Un poco, sí…

GINA: Bueno, estoy trabajando.

KLEINMAN: Sí, pero seis dólares por un beso de nada. Por seis dólares me podría comprar una bufanda.

GINA: Está bien, dame cinco dólares.

KLEINMAN: ¿No besas nunca de balde?

GINA: Kleinman, esto es un negocio. Por diversión, beso a mujeres.

KLEINMAN: ¿Mujeres? Qué coincidencia… yo también.

GINA: Tengo que irme.

KLEINMAN: No quería insultarte…

GINA: Y no lo has hecho. Tengo que irme.

KLEINMAN: ¿Quieres alguna cosa?

GINA: Tengo una misión que llevar a cabo. Buena suerte. Confío en que descubras lo que tienes que hacer.

KLEINMAN (Gritando tras ella): ¡No pretendía comportarme como un animal… soy realmente una de las personas más simpáticas que conozco! (Y se queda solo, mientras los pasos de ella se desvanecen.) Bueno, esto ha ido ya bastante lejos. Me voy a casa y ya está. Sólo que mañana volverán a aparecer para preguntarme dónde estaba. Dirán «el plan salió mal, Kleimnan, y la culpa es tuya.» ¿Por qué culpa mía? Ahí está la diferencia. Encontrarán una salida. Necesitarán una cabeza de turco. Esa es probablemente mi parte en el plan. Siempre me echan la culpa cuando nada sale bien. Yo… (Oye un gemido.) ¿Qué? ¡¿Quién es?!

MÉDICO (Se arrastra hacia la escena, mortalmente herido.): Kleinman

KLEINMAN: ¡Doctor!

MÉDICO: Me estoy muriendo.

KLEINMAN: Voy a buscar un médico…

MÉDICO: Yo soy médico.

KLEINMAN: Sí, pero un médico que se muere.

MÉDICO: Es demasiado tarde… me atrapó… No había sitio para correr.

KLEINMAN: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que alguien venga enseguida! ¡Socorro!

MÉDICO: No chilles, Kleinman… No querrás que el asesino te encuentre.

KLEINMAN: ¡Ya no me importa! ¡Socorro! (Luego, al pensar que el asesino puede encontrarle, baja la voz.) Socorro… ¿Y quién es? ¿Pudiste verle bien?

MÉDICO: No, sólo de pronto una puñalada por detrás.

KLEINMAN: Es una lástima que no te apuñalase por delante. Le habrías visto.

MÉDICO: Me estoy muriendo, Kleinman…

KLEINMAN: No es nada personal.

MÉDICO: Qué frase tan estúpida.

KLEINMAN: ¿Qué frase quieres que diga? Sólo trataba de mantener la conversación…

(Un hombre entra corriendo.)

HOMBRE: ¿Qué ocurre? ¿Alguien ha pedido socorro?

KLEINMAN: El doctor se está muriendo… Vé a buscar ayuda… ¡Espera! ¿Has oído algo acerca de mí?

HOMBRE: ¿Quién eres?

KLEINMAN: Kleinman.

HOMBRE: Kleimnan… Kleimnan… Te están buscando… Es importante.

KLEINMAN: ¿Qué es?

HOMBRE: Algo relacionado con tu misión.

KLEINMAN: Por fin

HOMBRE: Les diré que te he visto.

(Sale corriendo.)

MÉDICO: Kleinman, ¿crees en la reencarnación?

KLEINMAN: ¿En qué?

MÉDICO: Reencarnación… que una persona vuelva a la vida convertida en otra cosa.

KLEINMAN: ¿Como qué?

MÉDICO: Ejem… uh… otra cosa viviente…

KLEINMAN: ¿Qué quiere decir? ¿Como un animal?

MÉDICO: Sí.

KLEINMAN: ¿Quieres decir que puedes volver a la vida convertido en una rana?

MÉDICO: Déjalo estar, Kleinman, no he dicho nada.

KLEINMAN: Escucha, todo es posible, pero cuesta imaginarse que, si un hombre es presidente de una gran empresa en esta vida, va a volver convertido en una ardilla listada.

MÉDICO: Las tinieblas se acercan.

KLEINMAN: Mira, ¿por qué do me dices cuál es tu parte en el plan? Ya que estarás fuera de servicio, puedo hacerme cargo yo, porque hasta el momento no he conseguido averiguar cuál es mi misión.

MÉDICO: Mi misión no te servirá de nada. Soy el único que puede llevarla a cabo.

KLEINMAN: Por el amor de Dios, no sé si estamos demasiado bien organizados o demasiado poco.

MÉDICO: No nos falles, Kleinman. Te necesitamos. (Muere.)

KLEINMAN: ¿Doctor? ¿Doctor? Oh, Dios mío… ¿Qué voy a hacer? Al demonio con todo. ¡Me voy a casa! Que queden toda la noche corriendo como chiflados. En plena temporada. Nadie va a explicarme nada. Y no quiero que me echen la culpa de todo. Bueno, ¿y por qué iban a echarme la culpa? Acudí cuando me llamaron. Nada me encargaron que hiciera.

(Entra un POLICÍA con el HOMBRE que fue a pedir auxilio.)

HOMBRE: ¿Hay algún moribundo por aquí?

KLEINMAN: Yo me estoy muriendo.

POLICÍA: ¿Tú? ¿Y él?

KLEINMAN: Ya está muerto.

POLICÍA: ¿Era amigo tuyo?

KLEINMAN: Me quitó las amígdalas.

(El POLICÍA se arrodilla para inspeccionar el cuerpo.)

HOMBRE: Yo estuve muerto una vez.

KLEINMAN: ¿Perdón?

HOMBRE: Muerto. He estado muerto. Durante la guerra. Herido. Estaba sobre una mesa de operaciones. Los cirujanos se afanaban para salvarme la vida. De pronto, me perdieron… se me paró el pulso. Todo había terminado. Uno de ellos, me contaron luego, tuvo la presencia de ánimo de darme un masaje en el corazón. Luego se puso a latir otra vez, y volví a la vida, pero por unos instantes estuve oficialmente muerto… Desde el punto de vista de la ciencia, también… muerto… pero hace mucho tiempo. Por eso siento simpatía cuando veo a uno de esos tipos.

KLEINMAN: ¿Y cómo era?

HOMBRE: ¿El qué?

KLEINMAN: Estar muerto. ¿Viste algo?

HOMBRE: No. Era sencillamente… nada.

KLEINMAN: ¿Recuerdas si había vida después?

HOMBRE: No.

KLEINMAN: ¿Mi nombre no aparecía?

HOMBRE: No había nada. No hay nada después, Kleinman. Nada.

KLEINMAN: No quiero ir. Aún no. Ahora no. No quiero que lo que le sucedió a él me suceda a mí. Atrapado en un callejón… apuñalado… los otros estrangulados… también Hacker… por ese demonio.

HOMBRE: Hacker no fue asesinado por el maníaco.

KLEINMAN: ¿No?

HOMBRE: Hacker fue asesinado por conspiradores.

KLEINMAN: ¿Conspiradores?

HOMBRE: La otra facción.

KLEINMAN: ¿Qué otra facción?

HOMBRE: Sabes lo de la otra facción, ¿verdad?

KLEINMAN: ¡Yo no sé nada! Estoy perdido en la noche.

HOMBRE: Unos cuantos. Shepherd y Willis. Nunca estuvieron conformes en cómo planteaba Hacker el problema.

KLEINMAN: ¿Qué?

HOMBRE: Bueno, Hacker no había conseguido resultados precisamente.

KLEINMAN: Bueno, la policía tampoco.

POLICÍA (Levantándose.): Los conseguiremos, pese a todo. Si los puñeteros paisanos se mantienen al margen.

KLEINMAN: Creí que necesitabais ayuda.

POLICÍA: Ayuda, sí. Confusión y pánico, no. Pero no te preocupes. Tenemos un par de pistas y estamos examinando datos en las computadoras. Tenemos los mejores cerebros electrónicos. Son incapaces de cometer un error. Veremos cuánto tiempo podrá resistir frente a ellos ese maníaco.

(Se arrodilla.)

KLEINMAN: ¿Entonces quién mató a Hacker?

POLICÍA: Hay una facción que se opone a Hacker.

KLEINMAN: ¿Quiénes? ¿Shepherd y Willis?

POLICÍA: Muchos se han pasado a su bando. Créeme. He oído que incluso otro grupo se ha desgajado del nuevo.

KLEINMAN: ¿Otra facción?

POLICÍA: Con algunas nuevas y brillantes ideas para atrapar a ese demonio. Es lo que necesitamos, ¿verdad? ¡Ideas diferentes! Si un plan no consigue resultados prácticos, surgen otros. Es natural. ¿O eres opuesto a las ideas nuevas?

KLEINMAN: ¿Yo? No… pero ellos asesinaron a Hacker…

POLICÍA: Porque él no daba su brazo a torcer. Por su obstinada insistencia en que su estúpido plan era el único factible. Pese al hecho de que nada estaba ocurriendo.

KLEINMAN: ¿Entonces es que hay varios planes? ¿O qué?

POLICÍA: Exacto. Y confío que no estarás metido en el plan de Hacker. Aunque muchos lo están todavía.

KLEINMAN: Ni siquiera conozco el plan de Hacker.

POLICÍA: Estupendo. Entonces quizá seas útil para nosotros.

KLEINMAN: ¿Quiénes sois vosotros?

POLICÍA: No te hagas el inocente.

KLEINMAN: ¿Quién se hace el inocente?

HOMBRE: Vamos.

KLEINMAN: No. No sé lo que ocurre.

HOMBRE (Amenaza con un cuchillo a KLEINMAN.): Hay vidas en juego, estúpida sabandija, elige.

KLEINMAN: Ejem… agente… Alguacil…

POLICÍA: Ahora quieres prestarnos ayuda, pero hace una semana éramos tontos, porque no capturábamos al asesino.

KLEINMAN: No hay crítica por mi parte.

HOMBRE: Elige, gusano.

POLICÍA: A nadie le importa que trabajemos contra reloj. Que las confesiones de chiflados lluevan sobre nosotros. Un lunático tras otro que pretende ser el asesino e implora un castigo.

HOMBRE: Tus vacilaciones me inclinan a cortarte el cuello.

KLEINMAN: Estoy dispuesto a poner manos a la obra. Decidme únicamente qué tengo que hacer.

HOMBRE: ¿Estás con nosotros o con Hacker?

KLEINMAN: Hacker ha muerto.

HOMBRE: Tiene seguidores. O tal vez prefieras unirte a un grupo disidente. ¿Eh?

KLEINMAN: ¡Si al menos alguien quisiera explicarme lo qué pretende cada grupo! ¿Entendéis lo que quiero decir? Jamás llegué a conocer el plan de Hacker. No conozco vuestro plan. No conozco a ningún grupo disidente.

HOMBRE: Es muy ignorante, ¿verdad, Jack?

POLICIA.: Si¿Lo sabe todo hasta que llega el momento de actuar. Me das asco.

(Entran los restos del grupo de HACKER.)

HANK: Con que aquí estás, Kleinman. ¿Dónde diablos has estado?

KLEINMAN: ¿Yo? ¿Dónde habéis estado vosotros?

SAM: Te fuiste por ahí justo cuando te necesitábamos.

KLEINMAN: Nadie me dijo una palabra.

HOMBRE: Kleinman está con nosotros ahora.

JOHN: ¿Es verdad eso, Kleinman?

KLEINMAN: ¿Verdad el qué? Ya no sé donde está la verdad.

(Entran varios HOMBRES. Pertenecen a otro grupo.)

BILL: ¡Eh, Frank! ¿Tienes problemas con esos tipos?

FRANK: No. Aunque quisieran no podrían.

AL: ¿No?

FRANK: No.

AL: Le habríamos atrapado ya de estar vosotros en vuestro puesto, muchachos.

FRANK: No estábamos de acuerdo con Hacker. Su plan no servía para nada.

DON: Sí. Nosotros cogeremos a ese asesino. Déjanoslo a nosotros.

JOHN: No vamos a dejaros nada. Vámonos, Kleinman

FRANK: No estarás liado con esos tipos, ¿verdad?

KLEINMAN: ¿Yo? Soy neutral. Estaré con quien tenga el mejor plan.

HENRY: No hay neutrales, Kleinman.

HOMBRE: Estás con nosotros o con ellos.

KLEINMAN: ¿Cómo voy a elegir si no conozco las alternativas? ¿Una son peras? ¿Otra son manzanas? ¿Son las dos mandarinas?

FRANK: Matémosle ahora.

SAM: No vais a matar a nadie más.

FRANK: ¿No?

SAM: No. Y cuando atrapemos a ese maníaco, alguien tendrá que pagar por lo de Hacker.

KLEINMAN: Mientras andamos aquí discutiendo, el maníaco puede estar asesinando a alguien. El objetivo es cooperar.

HOMBRE: Dile eso a ellos.

FRANK: Aquí lo único que cuenta son los resultados.

DON: Quitemos de en medio a esos canallas ahora. De lo contrario se interpondrán en nuestro camino y embrollarán las pistas.

AL: Inténtalo, gran hombre.

BILL: Haremos algo más que intentarlo.

(Esgrimen navajas y porras.)

KLEINMAN: Compañeros… muchachos…

FRANK: ¡Elige ahora, Kleinman, éste es el momento!

HENRY: Te conviene elegir bien, Kleinman. Sólo habrá un vencedor.

KLEINMAN: Nos mataremos entre nosotros mismos y el maníaco seguirá suelto. ¿No os dais cuenta?… No se dan cuenta.

(Empieza la lucha. De pronto todos se detienen y levantan la vista. Entra serpenteando en escena una procesión solemne, de aire religioso, encabezada por un ACÓLITO.)

ACÓLITO: ¡El asesino! ¡Hemos localizado al maníaco! (Cesa la lucha, murmullos.) ¿Qué pasa? (Sonido: bong, bong. Entra un grupo con HANS SPIRO que olfatea y resopla.)

POLICÍA: Es Spiro, el telépata. Le hemos hecho intervenir en el caso. Es un vidente.

KLEINMAN: ¿De veras? Le irá muy bien en las carreras de caballos.

POLICÍA: Ha resuelto asesinatos por encargo. Lo único que necesita es algo que pueda oler y tocar. Me leyó el pensamiento en jefatura. Sabía con quien acataba de acostarme.

KLEINMAN: Con tu mujer.

POLICÍA (Tras una mirada asesina a KLEINMAN.): Miradle, chicos. Ha nacido con poderes sobrenaturales.

ACÓLITO: El señor Spiro, el vidente, está a punto de descubrir al asesino. Abrid paso, por favor. (SPIRO avanza olfateando.) El señor Spiro desea olfatearte.

KLEINMAN: ¿A mí?

ACÓLITO: Sí.

KLEINMAN: ¿Para qué?

ACÓLITO: Con su deseo basta.

KLEINMAN: No quiero que me olfateen.

FRANK: ¿Tienes algo que ocultar?

(OTROS /asienten ad-lib.)

KLEINMAN: No, pero me pone nervioso.

POLICÍA: Adelante. Olfatéale.

(SPIRO olfatea. KLEINMAN se siente incómodo.)

KLEINMAN: ¿Qué está haciendo? No tengo nada que ocultar. Mi chaqueta probablemente huele un poco a alcanfor. ¿Verdad? Eh, ¿quieres dejar de olfatearme? Me pone nervioso.

POLICÍA: ¿Nervioso, Kleinman?

KLEINMAN: Nunca me ha gustado que me olfateen. (SPIRO aumenta la intensidad de sus aspiraciones.) ¿Qué pasa? ¿Qué estáis mirando? ¿Qué? Ah, ya sé, se me cayó un poco de salsa de la ensalada en los pantalones… Por eso hay un olor débil… no es nada terrible… Fue con salsa de la casa en el restaurante Wilson… Me gusta el bistec… poco hecho, no… Bueno, sí, poco hecho. Quiero decir que crudo no… Ya sabéis, lo pides poco hecho y te lo traen sangrante…

SPIRO: Este hombre es un criminal.

KLEINMAN: ¿Qué?

AL: ¿Kleinman?

SPIRO: Sí, Kleinman.

POLICÍA: ¡No!

ACÓLITO: ¡El señor Spiro lo ha conseguido otra vez!

KLEINMAN: ¿De qué estáis hablando? ¿Sabéis de lo que estáis hablando?

SPIRO: Aquí está el individuo culpable.

KLEINMAN: Te has vuelto loco, Spiro… ¡Este hombre es un lunático!

HENRY: Conque eras tú, Kleinman.

FRANK (Gritando.) ¡Eh… aquí! ¡Aquí! ¡Le hemos atrapado!

KLEINMAN: ¡¿Qué estáis haciendo?!

SPIRO: No hay duda. Es concluyente.

BILL: ¿Por qué lo has hecho, Kleinman?

KLEINMAN: ¿Hacer el qué? ¿Vais a creer a ese tipo? ¿Sólo porque me ha olfateado?

ACÓLITO: El poder sobrenatural del señor Spiro nunca le ha fallado todavía.

KLEINMAN: Ese tipo es un impostor. ¡¿Qué tiene que ver con esto e1 olfato?!

SAM: Así que Kleinman es el criminal.

KLEINMAN: No… amigos… ¡Todos vosotros me conocéis!

JOHN: ¿Por qué lo has hecho, Kleinman?

FRANK: Sí.

AL: Lo ha hecho porque está loco. Como una regadera.

KLEINMAN: ¿Que yo estoy loco? ¡Mirad cómo voy vestido!

HENRY: No pretendáis entenderle. Su cabeza ya no rige.

BILL: Es lo que pasa con los locos. Pueden conservar la lógica en todo menos en una cosa… su lado débil, su punto de enajenación.

SAM: Y Kleinman es siempre tan lógico.

HENRY: Demasiado lógico.

KLEINMAN: ¿Todo esto es una broma, verdad? Porque si no es una broma voy a echarme a llorar.

SPIRO: Una vez más quiero dar gracias al Señor por el especial don que Él ha tenido a bien concederme.

JOHN: ¡Vamos a atarle ahora mismo!

(Consenso general.}

KLEINMAN: ¡No os acerquéis! ¡No me gusta que me aten!

GINA (La prostituta.): ¡Intentó atacarme! ¡Me agarró de repente!

KLEINMAN: Yo te di seis dólares!

(Le agarran.)

BILL: ¡Aquí traigo una soga!

KLEINMAN: ¿Qué vais a hacer?

FRANK: Vamos a limpiar esta ciudad de una vez para siempre.

KLEINMAN: Vais a colgar a un hombre inocente. Sería incapaz de hacerle daño a una mosca… bueno, una mosca quizá…

POLICÍA: No podemos colgarle sin juicio.

KLEINMAN: Claro que no. Tengo ciertos derechos.

AL: ¿Y qué me dices de los derechos de las víctimas, eh?

KLEINMAN: ¿Qué víctima? ¡Quiero a mi abogado! ¡Ya me oís! ¡Quiero a mi abogado! ¡Ni siquiera tengo abogado!

POLICÍA: ¿Cómo te declaras, Kleinman?

KLEINMAN: Inocente, ¡Completamente inocente! No he sido ni ahora ni nunca un asesino homicida. Nunca me ha interesado ni como pasatiempo.

HENRY: ¿Qué has hecho para contribuir a la captura del asesino?

KLEINMAN: ¿Te refieres al plan? Nadie me ha contado cu