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Sombra y hueso

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Alina Starkov no espera mucho de la vida. Se quedó huérfana después de la guerra y lo único que tiene en el mundo es a su amigo Mal. A raíz de un ataque que recibe Mal al entrar en La Sombra, una oscuridad antinatural repleta de monstruos que ha aislado el país, Alina revela un poder latente que ni ella misma sabía que tenía. Tras ese episodio, Alina es conducida a la fuerza hasta la corte real para ser entrenada como un miembro de los Grisha, un grupo de magos de élite comandado por un individuo misterioso que se hace llamar El Oscuro.
İl:
2011
Nəşriyyat:
ePubLibre
Dil:
spanish
ISBN:
9c3a20cc-6e2e-4da6-9483-1b2e033650d9
Fayl:
MOBi , 1,70 MB
Yüklə (mobi, 1,70 MB)

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Sombra y hueso

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2011
Dil:
spanish
Fayl:
EPUB, 1,59 MB
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Alina Starkov no espera mucho de la vida. Se quedó huérfana después de la guerra y lo único que tiene en el mundo es a su amigo Mal. A raíz de un ataque que recibe Mal al entrar en La Sombra, una oscuridad antinatural repleta de monstruos que ha aislado el país, Alina revela un poder latente que ni ella misma sabía que tenía.

Tras ese episodio, Alina es conducida a la fuerza hasta la corte real para ser entrenada como un miembro de los Grisha, un grupo de magos de élite comandado por un individuo misterioso que se hace llamar El Oscuro.





Leigh Bardugo

Sombra y hueso

Grisha - 1


ePub r1.5

Titivillus 17.10.2018




Título original: Shadow and bone

Leigh Bardugo, 2012

Traducción: Miguel Trujillo Fernández



Editor digital: Titivillus

ePub base r2.0





A Laura Mixon.

Todos te extrañamos.





os sirvientes los llamaban malenchki, pequeños fantasmas, porque eran los más jóvenes e insignificantes, y porque con ellos parecía que la casa del Duque estuviera encantada, llena de espíritus que se reían, mientras entraban y salían de las habitaciones a toda velocidad, o cuando se escondían en las despensas para escuchar a escondidas, o si se colaban en la cocina para robar los últimos melocotones del verano.

El niño y la niña habían llegado con unas semanas de diferencia, dos huérfanos más de las guerras fronterizas, refugiados de rostro sucio a los que habían tenido que sacar de entre los escombros de pueblos lejanos y llevar a la propiedad del Duque para que aprendieran a leer y escribir, y también un oficio. El chico era bajito y rechoncho, también tímido, aunque siempre sonreía. La chica era diferente, y ella lo sabía.

Acuclillada en la despensa de la cocina, escuchando el chismorreo de los adultos, oyó que el ama de llaves del Duque, Ana Kuya, decía:

—Es muy fea. Ningún niño debería tener ese aspecto. Pálida y agria, como un vaso de leche echada a perder.

—¡Y tan delgaducha! —respondió la cocinera—. Nunca se termina la cena.

Agachado tras la chica, el chico se volvió hacia ella y susurró:

—¿P; or qué no comes?

—Porque todo lo que cocina sabe a barro.

—A mí me sabe bien.

—Tú te comerías cualquier cosa.

Volvieron a pegar las orejas en la abertura de las puertas de la despensa.

Un momento después, el chico susurró:

—Yo no creo que seas fea.

—¡Shhh! —siseó ella. Pero, oculta por las profundas sombras de la despensa, sonrió.


En verano, soportaban largas horas de tareas seguidas de horas aún más largas de clases en aulas sofocantes. Cuando el calor era excesivo, se escapaban al bosque para robar nidos de pájaros o nadar en un pequeño arroyo embarrado, o pasaban horas tumbados en el prado, observando el sol que pasaba sobre ellos lentamente, preguntándose dónde construirían su granja de leche y si tendría dos vacas blancas o tres. En invierno, el Duque se marchaba a su casa en Os Alta, y según los días se hacían más cortos y fríos, los profesores se relajaban en sus tareas, pues preferían sentarse junto al fuego y jugar a las cartas o beber kvas. Aburridos y atrapados en el interior, los chicos mayores repartían palizas con mayor frecuencia, por lo que el niño y la niña se escondían en las habitaciones en desuso de la propiedad, preparando trampas para los ratones y tratando de mantener el calor.

El día que llegaron los Examinadores Grisha, el chico y la chica estaban sentados sobre el marco de la ventana de una habitación polvorienta en el piso de arriba, esperando echar un vistazo a la diligencia del correo. En su lugar, vieron un trineo, una troika arrastrada por tres caballos negros, que entraba en la propiedad a través de las puertas de piedra blanca. Observaron su avance silencioso a través de la nieve hasta la puerta principal del Duque.

Emergieron tres figuras con elegantes gorros de piel y pesadas keftas de lana: una de color carmesí, otra de un azul muy oscuro, y otra de un vibrante púrpura.

—¡Grisha! —susurró la chica.

—¡Rápido! —dijo el chico.

En un instante, se quitaron los zapatos y salieron corriendo en silencio por el pasillo. Se deslizaron por la sala de música vacía y se escondieron tras una columna en una galería con vistas a la sala de estar donde a Ana Kuya le gustaba recibir a los invitados.

El ama de llaves ya estaba allí, con un vestido negro que le daba aspecto de pájaro, sirviendo té del samovar, con el largo llavero tintineando en su cadera.

—Entonces, ¿solo son dos este año? —preguntó una voz grave de mujer.

Miraron por entre la barandilla del balcón a la estancia que había debajo. Dos de los Grisha estaban sentados junto al fuego: un apuesto hombre vestido de azul y una mujer con túnica roja y aspecto altivo y refinado. El tercero, un joven hombre rubio, se paseaba por la habitación, estirando las piernas.

—Sí —confirmó Ana Kuya—. Un niño y una niña, los más jóvenes de aquí con diferencia. Creemos que tienen unos ocho años.

—¿Creemos? —repitió el hombre de azul.

—Cuando los padres han muerto…

—Lo entendemos —replicó la mujer—. Por supuesto, somos grandes admiradores de su institución. Ojalá más miembros de la nobleza se interesaran por la gente común.

—Nuestro Duque es un gran hombre —dijo Ana Kuya.

En el balcón, el chico y la chica asintieron sabiamente. Su benefactor, el Duque Keramsov, era un célebre héroe de guerra y amigo del pueblo. Al volver del frente, había convertido su propiedad en un orfanato y un hogar para las viudas de guerra. Les decían que rezaran por él cada noche.

—¿Y cómo son esos niños? —inquirió la mujer.

—La niña tiene talento para dibujar. El niño se siente como en casa en el prado y en el bosque.

—Pero ¿cómo son? —repitió la mujer.

Ana Kuya apretó sus labios marchitos.

—¿Cómo son? Son indisciplinados, respondones, demasiado dependientes el uno del otro. Ellos…

—Están escuchando cada palabra que decimos —señaló el hombre joven de púrpura.

El chico y la chica se estremecieron, sorprendidos. Estaba mirando directamente hacia su escondite. Se encogieron tras la columna, pero era demasiado tarde.

La voz de Ana Kuya sonó como un látigo:

—¡Alina Starkov! ¡Malyen Oretsev! ¡Bajad aquí ahora mismo!

A regañadientes, Alina y Mal bajaron por la estrecha escalera en espiral que había al final de la galería. Al llegar abajo, la mujer de rojo se levantó de su asiento e hizo un gesto para que se acercaran.

—¿Sabéis quiénes somos? —preguntó. Su cabello era de color gris acero, y su rostro hermoso a pesar de las arrugas.

—¡Sois brujos! —dijo Mal bruscamente.

—¿Brujos? —gruñó ella. Se giró hacia Ana Kuya—. ¿Es eso lo que enseñáis en esta escuela? ¿Supersticiones y mentiras?

Ana Kuya se ruborizó, avergonzada. La mujer de rojo se volvió hacia Mal y Alina, echando chispas por sus oscuros ojos.

—No somos brujos. Somos practicantes de la Pequeña Ciencia. Mantenemos este país y este reino a salvo.

—Igual que el Primer Ejército —dijo Ana Kuya muy bajo, con un matiz inconfundible en la voz.

La mujer de rojo se tensó, pero tras un momento añadió:

—Igual que el Ejército del Rey.

El hombre joven de púrpura sonrió y se arrodilló frente a los niños.

—Cuando las hojas cambian de color, ¿lo llamáis magia? —preguntó amablemente—. ¿Y cuando os cortáis la mano y se cura? Y cuando ponéis una olla con agua al fuego y esta hierve, ¿también es magia?

Mal sacudió la cabeza, con los ojos muy abiertos.

Sin embargo, Alina frunció el ceño y dijo:

—Cualquiera puede hervir agua.

Ana Kuya suspiró exasperada, pero la mujer de rojo rio.

—Tienes mucha razón. Cualquiera puede hervir agua, pero no todos son capaces de dominar la Pequeña Ciencia. Por eso hemos venido a examinaros. —Se giró hacia Ana Kuya—. Ahora, déjanos.

—¡Esperad! —exclamó Mal—. ¿Qué pasará si somos Grisha? ¿Qué nos pasará?

La mujer de rojo bajó la mirada hacia ellos.

—Si, por algún casual, uno de vosotros es Grisha, entonces el afortunado irá a una escuela especial donde los Grisha aprenden a usar sus talentos.

—Tendréis las mejores ropas, la mejor comida, cualquier cosa que vuestro corazón desee —añadió el hombre de púrpura—. ¿Os gustaría?

—Es la mejor forma de servir a vuestro Rey —dijo Ana Kuya, todavía merodeando junto a la puerta.

—Eso es muy cierto —afirmó la mujer de rojo, complacida y dispuesta a hacer las paces.

Los niños se miraron y, como los adultos no les estaban prestando mucha atención, no se fijaron en que la chica apretó la mano del chico, ni en la mirada que cruzaron. El Duque hubiera reconocido esa mirada. Había pasado largos años en las devastadas fronteras del norte, donde las aldeas eran asediadas constantemente y los campesinos luchaban sin mucha ayuda ni del Rey ni de nadie. Había visto a una mujer, descalza e impávida en su puerta, enfrentándose a una fila de bayonetas. Conocía la mirada de una persona que defendía su hogar sin nada salvo una piedra en la mano.





e pie al borde de una carretera llena de gente, bajé la mirada hasta los ondulados campos y las granjas abandonadas del Valle Tula, y vi la Sombra por primera vez. Mi regimiento estaba a dos semanas de marcha del campamento militar de Poliznaya, y aunque el sol del otoño era cálido me estremecí dentro de mi abrigo mientras observaba la niebla que yacía como una mancha sucia en el horizonte.

Un pesado hombro me golpeó por detrás. Tropecé y casi me caí de cara sobre el barro de la carretera.

—¡Eh! —gritó el soldado—. ¡Ten cuidado!

—¿Por qué no tienes cuidado tú con tus pies de elefante? —solté, y me produjo cierta satisfacción el gesto de sorpresa que cruzó su ancho rostro. La gente, especialmente los hombres grandes con rifles grandes, no esperan que una flacucha como yo les conteste. Siempre se quedan un poco aturdidos.

El soldado se recuperó rápidamente y me lanzó una mirada envenenada mientras se ajustaba la mochila a la espalda. Después desapareció en la caravana de caballos, hombres, carros y vagones que bajaban desde la cima de la colina hasta el valle que había abajo.

Aligeré el paso, tratando de mirar por encima del gentío. Había perdido de vista la bandera amarilla del carro de los cartógrafos hacía horas, y sabía que me había quedado muy atrás.

Mientras caminaba, aspiré los aromas verdes y dorados del bosque en otoño, mientras la suave brisa soplaba a mi espalda. Estábamos en la Vy, la ancha carretera que tiempo atrás conducía desde Os Alta hasta las acaudaladas ciudades portuarias de la costa occidental de Ravka. Pero eso era antes de la Sombra.

En algún lugar entre el gentío, alguien estaba cantando. ¿Cantando? ¿Qué idiota se pone a cantar de camino a la Sombra? Volví a echar una ojeada a esa mancha en el horizonte y tuve que reprimir un escalofrío. Había visto la Sombra en muchos mapas, un tajo oscuro que había separado a Ravka de su única salida al mar, dejándola aislada. A veces la mostraban como una mancha, y otras, como una nube sombría y sin forma. Y luego estaban los mapas que tan solo mostraban la Sombra como un lago largo y estrecho, llamándolo por su otro nombre, el Nocéano, un nombre pensado para tranquilizar a los soldados y mercaderes y así fomentar las travesías.

Resoplé. Puede que lograran engañar a algún mercader seboso, pero a mí me servía de poco consuelo.

Retiré mi atención de la siniestra neblina que se cernía en la distancia y bajé la mirada hasta las granjas en ruinas del Tula. El valle había sido una de las zonas más ricas de Ravka. Un día fue un lugar donde los granjeros atendían sus cosechas y las ovejas pastaban en verdes campos. Al siguiente, un tajo negro había aparecido en el paisaje, una franja de oscuridad casi impenetrable que crecía cada año y estaba infestada de horrores. Nadie sabía adonde habían ido los granjeros con sus rebaños, sus cosechas, sus hogares y sus familias.

Para, me dije con firmeza. Solo estás empeorando las cosas. La gente lleva años cruzando la Sombra… aunque normalmente con muchísimas bajas. Respiré hondo para calmarme.

—No te desmayes en medio de la carretera —dijo una voz cerca de mi oreja al tiempo que un fuerte brazo aterrizaba sobre mis hombros y me daba un apretón. Levanté la mirada para ver el familiar rostro de Mal, cuya sonrisa alcanzaba sus brillantes ojos azules mientras él se adaptaba a mi paso—. Vamos. Un pie enfrente del otro. Ya sabes cómo se hace.

—Estás interfiriendo con mi plan.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Desmayarme, ser pisoteada y acabar con horribles heridas por todas partes.

—Parece un plan brillante.

—Ah, pero si estoy horriblemente mutilada no seré capaz de cruzar la Sombra.

Mal asintió lentamente.

—Ya veo. Puedo tirarte debajo de un carro, si eso ayuda.

—Lo pensaré —refunfuñé, pero me estaba poniendo de mejor humor. Pese a todos mis esfuerzos, Mal seguía teniendo ese efecto en mí. Y no era la única. Una rubia muy guapa pasó junto a nosotros y saludó con la mano, lanzándole a Mal una mirada coqueta por encima del hombro.

—Eh, Ruby —la llamó él—. ¿Nos vemos luego?

La chica se rio y fue corriendo hacia el gentío. Mal esbozó una amplia sonrisa hasta que me vio poniendo los ojos en blanco.

—¿Qué? Pensaba que Ruby te caía bien.

—Resulta que no tenemos mucho de lo que hablar —dije secamente. En realidad sí que me había caído bien Ruby, al principio. Cuando Mal y yo dejamos el orfanato en Keramzin para entrenar en el servicio militar de Poliznaya, me ponía nerviosa lo de conocer gente nueva, pero a muchas chicas les emocionaba la idea de ser amigas mías, y Ruby siempre fue una de las más entusiastas. Esas amistades duraron hasta que me di cuenta de que el único interés que ellas tenían en mí era mi cercanía con Mal.

Lo observé estirar ampliamente los brazos y levantar la mirada hacia el cielo otoñal, con aspecto de total satisfacción. Me di cuenta con asco de que incluso caminaba con más energía.

—¿Qué pasa contigo? —susurré con furia.

—Nada —replicó él, sorprendido—. Me siento genial.

—Pero ¿cómo puedes estar tan… animado?

—¿Animado? No estoy animado. No sé a qué te refieres

—Ah, ¿no? Entonces, ¿de qué va todo esto? —pregunté, agitando una mano hacia él—. Parece que vas de camino a una cena estupenda en lugar de a tu posible muerte y desmembramiento.

Mal se rio.

—Te preocupas demasiado. El Rey ha enviado un grupo entero de pirómanos Grisha para cubrir los esquifes, y también a algunos de esos espeluznantes Mortificadores. Nosotros tenemos los rifles —añadió, golpeando el que llevaba a la espalda—. Estaremos bien.

—Un rifle no será de mucha ayuda si el ataque es de los malos.

Mal me miró desconcertado.

—¿Qué te pasa últimamente? Estás aún más gruñona de lo habitual, y tienes un aspecto horrible.

—Gracias —gemí—. No he estado durmiendo muy bien.

—¿Y cuál es la novedad?

Tenía razón, por supuesto. Nunca había dormido bien, pero esos últimos días había sido incluso peor. Los Santos sabían que tenía muchas razones para no querer ni acercarme a la Sombra, razones que compartían todos los desafortunados miembros de nuestro regimiento que habían sido elegidos para cruzar. Pero había algo más, un profundo sentimiento de intranquilidad que no era capaz de expresar con palabras.

Miré a Mal. Hubo un tiempo en el que se lo podía contar todo.

—Tengo… una sensación extraña.

—Deja de preocuparte tanto. Puede que nos pongan con Mikhael en el esquife. Los volcra en cuanto vean esa enorme barriga sudada nos dejarán en paz.

De pronto, me asaltó un recuerdo: Mal y yo, sentados codo con codo en una silla de la biblioteca del Duque, pasando las páginas de un gran libro encuadernado en piel. Habíamos encontrado la ilustración de un volcra: garras alargadas y sucias, alas membranosas, e hileras de dientes afilados como cuchillas listos para darse un festín de carne humana. Eran ciegos por haber pasado generaciones viviendo y cazando en la Sombra, pero según la leyenda podían oler la sangre humana a kilómetros de distancia. Yo había señalado la página para preguntar:

—¿Qué está sujetando?

Aún podía oír el susurro de Mal en mi oreja.

—Creo… Creo que es un pie.

Habíamos cerrado el libro antes de salir corriendo y gritando hacia la seguridad de la luz del sol.

Sin darme cuenta, había dejado de caminar, congelada en donde estaba, incapaz de librarme del recuerdo. Cuando Mal se dio cuenta de que no seguía con él, soltó un gran suspiro de resignación y caminó hacia mí. Colocó las manos sobre mis hombros y me sacudió un poco.

—Estaba de broma. Nadie va a comerse a Mikhael.

—Lo sé —dije, mirándome las botas—. Eres muy gracioso.

—Venga ya, Alina. Estaremos bien.

—No puedes saberlo.

—Mírame —dijo, y yo me obligué a levantar mis ojos hasta los suyos—. Sé que tienes miedo, y yo también lo tengo. Pero vamos a conseguirlo, y vamos a estar bien. Como siempre. ¿Vale?

Sonrió, y mi corazón palpitó con fuerza en mi pecho.

Me froté con el pulgar la cicatriz que cruzaba la palma de mi mano derecha y tomé aliento, temblorosa.

—Vale —acepté a regañadientes, y sentí que le devolvía la sonrisa de forma sincera.

—¡Los ánimos de la dama han sido restaurados! —gritó Mal—. ¡El sol puede volver a brillar!

—Oh, ¿por qué no te callas?

Me giré para darle un puñetazo, pero, antes de poder hacerlo, me cogió y me levantó del suelo. Un ruido de pezuñas y gritos partió el aire. Mal me arrastró hasta un lado de la carretera mientras un enorme carruaje negro pasaba rugiendo, y la gente se dispersó para evitar ser arrollados por las retumbantes pezuñas de cuatro caballos negros. Junto al cochero que blandía un látigo se encontraban dos soldados con abrigos de color carbón.

El Oscuro. Su carruaje negro y el uniforme de su guardia personal eran inconfundibles.

Otro carruaje, esta vez lacado en rojo, pasó retumbando junto a nosotros a un ritmo mucho más pausado.

Levanté la mirada hacia Mal, con el corazón latiendo frenéticamente por lo cerca que había estado.

—Gracias —susurré. De pronto, Mal pareció darse cuenta de que sus brazos seguían rodeándome. Los quitó y retrocedió apresuradamente. Me limpié el polvo del abrigo, esperando que no se percatara del rubor de mis mejillas.

Un tercer carruaje pasó junto a nosotros, lacado en azul, y una chica se asomó por la ventana. Tenía el pelo negro y rizado, y llevaba un gorro de piel de zorro plateado. Echó un vistazo a la multitud que la observaba y, como era de esperar, sus ojos se detuvieron en Mal.

Acabas de quedarte embobada con él, me reprendí. ¿Por qué no habría de hacerlo una hermosa Grisha?

Los labios de la chica se curvaron en una pequeña sonrisa mientras sostenía la mirada de Mal, observándolo por encima del hombro hasta que el carruaje se perdió a lo lejos. Él se la quedó mirando como un tonto, y con la boca ligeramente abierta.

—Cierra la boca antes de que se te meta algún bicho —solté.

Mal pestañeó, aún con aspecto aturdido.

—¿Has visto eso? —bramó una voz. Me giré y vi a Mikhael acercándose a zancadas, con una expresión de asombro casi cómica. Mikhael era un enorme pelirrojo de cara ancha y un cuello aún más ancho. Tras él, Dubrov, esbelto y moreno, se apresuraba a seguirle el paso. Los dos eran rastreadores de la unidad de Mal y nunca estaban muy lejos de él.

—Pues claro que lo he visto —replicó Mal, cuya expresión de atontamiento se desvaneció en una sonrisa arrogante. Puse los ojos en blanco.

—¡Te estaba mirando! —gritó Mikhael, dándole unas palmadas en la espalda. Mal se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, pero su sonrisa se ensanchó.

—Sí que lo hizo —dijo con suficiencia.

Dubrov se movía con nerviosismo.

—Dicen que las chicas Grisha pueden hechizarte.

Yo resoplé, y Mikhael me miró como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que estaba allí.

—Eh, Palillo —saludó, y me dio un golpecito en el brazo. Fruncí el ceño ante el mote, pero ya se había vuelto de nuevo hacia Mal—. ¿Sabes? La chica se quedará en el campamento —le contó con malicia.

—He oído que la tienda de los Grisha es tan grande como una catedral —añadió Dubrov.

—Con un montón de recovecos oscuros —dijo Mikhael, y movió las cejas.

Mal soltó un grito de alegría. Sin mirarme ni una vez más, los tres se alejaron a grandes pasos, dando voces y empujándose entre ellos.

—Encantada de veros, chicos —murmuré en voz baja. Me ajusté la tira de la bandolera a los hombros y continué andando por la carretera, hasta que me uní a los rezagados que bajaban por la colina para ir a Kribirsk. No me molesté en darme prisa. Probablemente me reprenderían cuando llegara por fin a la Tienda de los Documentos, pero ya no había nada que pudiera hacer.

Me froté el brazo donde Mikhael me había golpeado. Palillo. Odiaba ese mote. No me llamabas Palillo cuando estabas borracho de kvas y tratando de toquetearme en la fogata de primavera, patán miserable, pensé con rencor.

No había mucho que ver en Kribirsk. De acuerdo con el Cartógrafo Jefe, había sido una ciudad dormitorio los días antes de la Sombra, poco más que una plaza principal polvorienta y una posada para los agotados viajeros de la Vy. Pero ahora se había convertido en una especie de ciudad portuaria en ruinas, expandiéndose alrededor de un campamento militar permanente y los muelles secos donde los esquifes de arena esperaban para transportar a los pasajeros a través de la oscuridad hacia Ravka Occidental. Pasé por tabernas, bares y lo que seguramente fueran burdeles destinados a satisfacer a las tropas del Ejército del Rey. Había tiendas que vendían rifles y arcos, lámparas y antorchas, todo el equipamiento necesario para un viaje a través de la Sombra. La pequeña iglesia con sus paredes encaladas y relucientes cúpulas bulbiformes se encontraba sorprendentemente bien mantenida. O quizás no sea tan sorprendente, pensé. Cualquiera que planeara viajar a través de la Sombra haría bien en detenerse a rezar.

Encontré el camino hasta donde se alojaban los topógrafos, deposité mi equipaje sobre un catre, y me apresuré a ir a la Tienda de los Documentos. Para mi alivio, no vi por ningún sitio al Cartógrafo Jefe, por lo que pude colarme dentro sin que nadie se diera cuenta.

Al entrar en la tienda de lona blanca, sentí que me relajaba por primera vez desde que vi la Sombra. La Tienda de los Documentos era básicamente la misma en cada campamento que había visto, llena de luces brillantes y filas de mesas de dibujo donde los artistas y topógrafos se inclinaban sobre su trabajo. Tras el ruido y los empujones del viaje, había algo reconfortante en el crujido del papel, el olor de la tinta y los suaves rasguños de los plumones y pinceles.

Saqué mi cuaderno de bocetos del bolsillo de mi abrigo y me senté en una mesa de trabajo junto a Alexei, que se giró hacia mí y susurró con irritación:

—¿Dónde has estado?

—A punto de ser arrollada por el carruaje del Oscuro —respondí mientras cogía un trozo de papel limpio y hojeaba mis bocetos tratando de encontrar uno adecuado para copiar. Alexei y yo éramos ayudantes de los cartógrafos y, como parte de nuestro entrenamiento, teníamos que entregar dos bocetos o dibujos terminados al final de cada día.

Alexei tomó aliento con brusquedad.

—¿En serio? ¿Lo has visto de verdad?

—En realidad, estuve muy ocupada tratando de no morir.

—Hay formas peores de palmarla —fue su respuesta, y vio el boceto de un valle rocoso que estaba a punto de comenzar a copiar—. Puf. Ese no. —Hojeó mi cuaderno hasta llegar a la cresta de una montaña y le dio un golpecito con el dedo—. Este.

Apenas tuve tiempo de acercar la pluma al papel antes de que el Cartógrafo Jefe entrara en la tienda y se abalanzara por el pasillo, observando nuestro trabajo mientras pasaba.

—Espero que ese sea el segundo boceto que empiezas, Alina Starkov.

—Sí —mentí—. Sí, lo es.

En cuanto el Cartógrafo pasó de largo, Alexei susurró:

—Háblame del carruaje.

—Tengo que terminar mis bocetos.

—Toma —dijo exasperado, deslizando hacia mí uno de los suyos.

—Sabrá que es tuyo.

—No es muy bueno. Seguro que puedes hacerlo pasar por uno de los tuyos.

—Ese es mi Alexei —refunfuñé, pero no le devolví el boceto. Era uno de los ayudantes con más talento, y él lo sabía.

Alexei me sacó hasta el último detalle sobre los tres carruajes Grisha. Me sentía agradecida por el boceto, así que hice lo que pude para satisfacer su curiosidad mientras terminaba el dibujo de la cresta de la montaña y medía con el pulgar algunos de los picos más altos.

Para cuando terminamos, ya estaba anocheciendo. Entregamos nuestro trabajo y caminamos hasta la tienda comedor, donde esperamos en fila a que un cocinero sudoroso nos sirviera unas cucharadas de estofado turbio. Después nos sentamos junto a algunos de los otros topógrafos.

Me pasé toda la cena en silencio, escuchando a Alexei y los demás intercambiar cotilleos sobre el campamento y charlar sobre la travesía del día siguiente. Alexei insistió en que volviera a contar la historia de los carruajes Grisha, que fue recibida con la mezcla habitual de fascinación y temor que recibía cualquier mención del Oscuro.

—No es humano —dijo Eva, otra ayudante; tenía unos bonitos ojos verdes que no lograban apartar la atención de su nariz de cerdito—. Ninguno de ellos lo es.

Alexei resopló.

—Por favor, Eva, ahórranos tus supersticiones.

—Para empezar, fue un Oscuro el que creó la Sombra.

—¡Eso fue hace cientos de años! —protestó Alexei—. Y ese Oscuro estaba totalmente loco.

—El de ahora es igual de malo.

—Ignorante —dijo Alexei, desestimando sus palabras con un gesto de la mano. Eva lo miró ofendida y le dio la espalda pausadamente para hablar con sus amigos.

Me quedé callada. Yo era más ignorante que Eva, a pesar de sus supersticiones. Solo sabía leer y escribir gracias a la caridad del Duque, pero Mal y yo teníamos un acuerdo no verbal por el que no mencionábamos Keramzin.

Como si hubieran estado esperando, un estruendoso estallido de risas me sacó de mis pensamientos. Miré por encima del hombro. Mal era el centro de atención de una ruidosa mesa de rastreadores.

Alexei siguió mi mirada.

—¿Cómo os hicisteis amigos vosotros dos?

—Crecimos juntos.

—No parece que tengáis mucho en común.

Me encogí de hombros.

—Supongo que es fácil tener cosas en común cuando eres un niño.

Como la soledad, el recuerdo de unos padres que estábamos destinados a olvidar, y el placer de saltarnos las tareas para jugar en nuestro prado.

Alexei parecía tan escéptico que tuve que reírme.

—No siempre fue el Increíble Mal, experto rastreador y seductor de chicas Grisha.

Alexei se quedó boquiabierto.

—¿Ha seducido a una chica Grisha?

—No, pero estoy segura de que lo hará —murmuré.

—Entonces, ¿cómo era?

—Era bajito y rechoncho, y le daba miedo bañarse —dije con satisfacción.

Alexei lo miró.

—Supongo que las cosas cambian.

Me froté la cicatriz de la palma con el pulgar.

—Supongo que sí.

Limpiamos los platos y salimos de la tienda comedor a la fría noche. Dimos un rodeo de camino a los barracones para pasar junto al campamento de los Grisha. El pabellón Grisha realmente era del tamaño de una catedral, cubierto de seda negra, con banderines azules, rojos y púrpura ondeando en las alturas. Escondidas en algún lugar tras él se encontraban las tiendas del Oscuro, custodiadas por Corporalki Mortificadores y la guardia personal del Oscuro.

Cuando Alexei se hartó de mirar, nos pusimos en marcha de vuelta a nuestros aposentos. Él se quedó callado y comenzó a hacer crujir los nudillos, y yo sabía que ambos estábamos pensando en la travesía del día siguiente. A juzgar por el humor sombrío de los barracones, no éramos los únicos. Algunos ya estaban en sus catres, durmiendo (o intentándolo), mientras que otros estaban apiñados junto a las lámparas, hablando en voz baja. Algunos estaban sentados sosteniendo a sus iconos, rezando a sus Santos.

Desenrollé mi petate sobre un catre estrecho, me quité las botas y colgué el abrigo. Después me metí retorciéndome entre las mantas forradas de piel y miré hacia el techo, esperando a quedarme dormida. Estuve así mucho tiempo, hasta que todas las lámparas se extinguieron y los sonidos de conversación dieron paso a suaves ronquidos y los roces de los cuerpos.

Al día siguiente, si todo iba según lo planeado, cruzaríamos sin peligro hasta Ravka Occidental, y vería por primera vez el Mar Auténtico. Allí, Mal y los otros rastreadores cazarían lobos rojos, zorros marinos y otras preciadas criaturas que solo se encontraban en el oeste. Yo me quedaría con los cartógrafos en Os Kervo para finalizar mi entrenamiento y ayudar a registrar mediante dibujos cualquier información que lográramos averiguar en la Sombra. Después, por supuesto, tendría que volver a atravesar la Sombra para volver a casa, pero era difícil pensar en algo tan lejano.

Seguía completamente despierta cuando lo oí. Tap, tap. Pausa. Tap. Y otra vez: tap, tap. Pausa. Tap.

—¿Qué está pasando? —murmuró Alexei, adormilado, desde el catre más cercano al mío.

—Nada —susurré, levantándome y poniéndome las botas.

Cogí mi abrigo y salí de los barracones tan silenciosamente como pude. Al abrir la puerta oí una risita, y una voz femenina habló desde algún lugar de la oscura habitación:

—Si es ese rastreador, dile que entre a darme calor.

—Si quiere contagiarse de algo, estoy segura de que serás su primera opción —dije con dulzura, y me interné en la noche.

El frío aire me daba punzadas en las mejillas, y enterré la barbilla en el cuello de mi abrigo, deseando haberme detenido para coger la bufanda y los guantes. Mal estaba sentado en la desvencijada escalera, dándome la espalda. Más allá, vi a Mikhael y Dubrov pasándose una botella bajo las brillantes luces del sendero.

Fruncí el ceño.

—Por favor, dime que no me has despertado para informarme de que vas a ir a la tienda Grisha. ¿Qué quieres, consejos?

—No estabas durmiendo. Estabas despierta, preocupada.

—Error. Estaba planeando cómo colarme en el pabellón Grisha para ligarme a algún Corporalnik guapo.

Mal se rio, y yo titubeé junto a la puerta. Esa era la parte más difícil de estar con él, además de las torpes acrobacias que le obligaba a hacer a mi corazón. Odiaba esconder cuánto daño me producían las tonterías que hacía, pero odiaba aún más la idea de que se enterara. Pensé en darme la vuelta y volver al interior, pero en lugar de eso me tragué los celos y me senté junto a él.

—Espero que me hayas traído algo bonito —dije—. Los Secretos de Seducción de Alina no son baratos.

Él sonrió.

—¿Puedes apuntármelo en la cuenta?

—Supongo. Pero solo porque sé que eres de fiar.

Escudriñé la oscuridad y observé a Dubrov mientras bebía de la botella y después daba un bandazo hacia delante. Mikhael estiró el brazo para estabilizarlo, y los sonidos de sus risas flotaron hasta nosotros por el aire nocturno.

Mal sacudió la cabeza y suspiró.

—Siempre intenta seguirle el ritmo a Mikhael. Seguramente acabará vomitándome en las botas.

—Lo tienes bien merecido —repliqué—. Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?

Cuando comenzamos el servicio militar un año antes, Mal me visitaba casi cada noche, pero llevaba meses sin venir.

Él se encogió de hombros.

—No sé. Parecías muy abatida en la cena.

Me sorprendía que se hubiera dado cuenta.

—Estaba pensando en la travesía —respondí con cuidado. No era exactamente una mentira. Me aterrorizaba entrar en la Sombra, y estaba claro que Mal no tenía que saber que Alexei y yo habíamos estado hablando de él—. Pero me conmueve que te intereses.

—Eh —dijo él con una sonrisa— me preocupo por ti.

—Si tienes suerte, un volcra me comerá para desayunar mañana y no tendrás que inquietarte más.

—Sabes que estaría perdido sin ti.

—Tú no has estado perdido en la vida —me burlé. Yo era la que hacía los mapas, pero Mal era capaz de encontrar el norte con los ojos vendados sin despeinarse siquiera.

Me golpeó el hombro con el suyo.

—Ya sabes lo que quiero decir.

—Claro —asentí, pero no lo sabía. En realidad no.

Nos sentamos en silencio, observando las vaharadas que producía nuestro aliento en el aire helado.

Mal se miró la punta de los zapatos y dijo:

—Supongo que yo también estoy nervioso.

Le di un codazo y contesté con una confianza que no sentía:

—Si pudimos con Ana Kuya, podremos con unos cuantos volcra.

—Si no recuerdo mal, la última vez que nos cruzamos con Ana Kuya te dio un par de bofetones y nos mandó a limpiar los establos.

Hice una mueca de dolor.

—Estoy intentando tranquilizarte. Al menos podrías fingir que lo estoy consiguiendo.

—¿Sabes qué es lo más raro? —susurró—. A veces la echo de menos.

Hice lo que pude para esconder mi asombro. Habíamos pasado más de diez años de nuestras vidas en Keramzin, pero normalmente me daba la impresión de que Mal quería olvidarlo todo sobre ese lugar, tal vez incluso a mí. Allí había sido otro refugiado perdido, otro huérfano que se sentía agradecido por cada bocado de comida, cada par de botas usadas. En el ejército, se había ganado su propio lugar, un lugar donde nadie tenía por qué saber que había sido un niño abandonado.

—Yo también —admití—. Podríamos escribirle.

—Podríamos —dijo él.

De pronto, estiró el brazo y me cogió la mano. Traté de ignorar la pequeña sacudida que me atravesó.

—Mañana a esta hora estaremos sentados en el puerto de Os Kervo, mirando el océano y bebiendo kvas.

Miré a Dubrov, que se balanceaba hacia delante y hacia atrás, y sonreí.

—¿Y Dubrov?

—Solo tú y yo —dijo Mal.

—¿En serio?

—Siempre seremos solo tú y yo, Alina.

Por un momento, parecía que fuera verdad. El mundo era ese escalón, ese círculo de luz que arrojaba la lámpara, nosotros dos suspendidos en la oscuridad.

—¡Venga! —bramó Mikhael desde el camino.

Mal se sobresaltó como un hombre al que sacaran de su sueño. Me dio un último apretón en la mano antes de soltarla.

—Tengo que irme —dijo, con su sonrisa despreocupada ya en su lugar—. Intenta dormir un poco. —Dio unos saltitos desde las escaleras y salió corriendo para unirse a sus amigos—. ¡Deséame suerte! —gritó por encima del hombro.

—Buena suerte —contesté automáticamente, y después quise darme una patada. ¿Buena suerte? Que te lo pases muy bien, Mal. Espero que encuentres a una Grisha muy guapa, que os enamoréis perdidamente, y que tengáis un montón de bebés preciosos y asquerosamente especiales.

Me quedé paralizada en el escalón, observándolos desaparecer por el sendero, sintiendo aún la cálida presión de la mano de Mal sobre la mía. Bueno, pensé mientras me ponía en pie. Quizás se caiga a una zanja por el camino.

Volví con lentitud hasta los barracones, cerré la puerta firmemente, y me acurruqué agradecida en mi catre.

¿Saldría del pabellón esa chica Grisha de pelo negro para encontrarse con Mal? Alejé ese pensamiento. No era asunto mío y, en realidad, no quería saberlo. Mal nunca me había mirado como miró a esa chica, ni siquiera como miraba a Ruby, y nunca lo haría. Pero el hecho de que siguiéramos siendo amigos era más importante que todo eso.

¿Durante cuánto tiempo? dijo una voz fastidiosa dentro de mi cabeza. Alexei tenía razón: las cosas cambian. Mal había cambiado a mejor. Se había vuelto más guapo, más valiente, más atrevido. Y yo me había vuelto… más alta. Suspiré y me di la vuelta. Quería creer que Mal y yo siempre seríamos amigos, pero tenía que enfrentarme al hecho de que seguíamos caminos distintos. Tumbada en la oscuridad, esperando a que llegara el sueño, me pregunté si esos caminos simplemente seguirían alejándonos más y más, y si llegaría el día en que volveríamos a ser extraños el uno para el otro.





a mañana pasó volando: el desayuno, un viaje breve a la Tienda de los Documentos para hacerme con más tinta y papel, y después el caos del muelle seco. Me quedé allí con el resto de los topógrafos, esperando nuestro turno para embarcar en una pequeña flota de esquifes de arena. Tras nosotros, Kribirsk se estaba despertando. Enfrente estaba la extraña y ondulante oscuridad de la Sombra.

Los animales eran muy ruidosos y se asustaban con demasiada facilidad como para viajar por el Nocéano, por lo que las travesías se llevaban a cabo en esquifes de arena, trineos lisos con enormes velas que les permitían deslizarse casi sin hacer ruido por las grisáceas arenas muertas. Los esquifes estaban cargados de grano, madera y algodón en bruto, pero en el viaje de vuelta estarían repletos de azúcar, rifles, y toda clase de bienes terminados que llegaban a través de los puertos marítimos de Ravka Occidental. Mirando la cubierta del esquife, equipada con poco más que una vela y una barandilla desvencijada, lo único que podía pensar era que no ofrecía ningún lugar donde esconderse.

Junto al mástil de cada trineo, flanqueados por soldados bien armados, se encontraban dos Etherealki Grisha, la Orden de Invocadores, en keftas de color azul oscuro. Los bordados plateados de los puños y dobladillos de sus túnicas indicaban que eran Vendavales, los Grisha que podían elevar o disminuir la presión del aire e insuflar las velas de los esquifes con viento para llevarnos por los largos kilómetros de la Sombra.

Junto a las barandillas estaban alineados unos soldados armados con rifles, supervisados por un oficial de gesto adusto. Entre ellos había más Etherealki, pero sus túnicas azules llevaban los puños rojos que indicaban que podían invocar fuego.

A una señal del capitán del esquife, el Cartógrafo Jefe nos llevó a mí, a Alexei y al resto de ayudantes al esquife para unirnos a los demás pasajeros. Después ocupó su lugar detrás de los Vendavales junto al mástil, donde los ayudaría a navegar a través de la oscuridad. Llevaba una brújula en la mano, pero no le serviría de mucho una vez estuviéramos en la Sombra. Mientras nos apiñábamos en cubierta, vi a Mal junto a los rastreadores al otro lado del esquife. Ellos también estaban armados con rifles. Tras ellos había una hilera de arqueros, que llevaban carcajes a la espalda cargados de flechas con puntas de acero Grisha. Toqué el mango del cuchillo del ejército que llevaba en el cinturón. No me daba mucha confianza.

El capataz que se encontraba en el muelle soltó un grito, y un grupo de hombres fornidos comenzó a empujar los esquifes hacia la arena incolora que marcaba los límites de la Sombra. Se apresuraron a volver hacia atrás, como si esa arena pálida y muerta les fuera a quemar los pies.

Entonces llegó nuestro turno, y con una súbita sacudida el esquife se tambaleó hacia delante, chirriando contra el suelo mientras los trabajadores portuarios lo empujaban. Me agarré de la barandilla para estabilizarme, con el corazón latiendo a toda prisa. Los Vendavales alzaron los brazos. Las velas se hincharon de golpe con un fuerte chasquido, y el esquife salió disparado en dirección a la Sombra.

Al principio fue como atravesar una gruesa cortina de humo, pero ni había calor ni olía a fuego. Los sonidos fueron disminuyendo y el mundo entero pareció quedarse en silencio. Observé los esquifes por delante de nosotros, deslizándose en la oscuridad, desapareciendo de mi vista, uno tras otro. Me di cuenta de que ya no podía ver la proa de nuestro esquife, y luego de que ni siquiera podía ver mi propia mano sobre la barandilla. Miré por encima del hombro. El mundo viviente había desaparecido. La oscuridad cayó sobre nosotros, negra, ingrávida y absoluta. Estábamos en la Sombra.

Era como encontrarse al final de todo. Me sujeté con fuerza a la barandilla, sintiendo la madera que se clavaba en mi mano, agradecida por su solidez. Me concentré en eso y en la sensación de mis dedos dentro de las botas, aferrándose a la cubierta. A mi derecha, oía la respiración de Alexei.

Traté de pensar en los soldados con sus rifles y en los pyros Grisha de túnicas azules. Nuestra esperanza de cruzar la Sombra consistía en atravesarla en silencio y sin que nos descubrieran; así que no sonaría ningún disparo ni se invocaría ningún fuego, pero su presencia me reconfortaba de todos modos.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, con los esquifes arrastrándose hacia delante y el rechinar de sus cascos en la arena como único sonido. Pareció que fueran minutos, pero podían haber sido horas. Vamos a estar bien, pensé. Vamos a estar bien. Entonces noté la mano de Alexei buscando la mía. Me agarró la muñeca.

—¡Escucha! —susurró, con la voz ronca por el terror. Al principio solo oía su respiración entrecortada y el siseo constante del esquife. Entonces, en algún lugar en la oscuridad, oí otro sonido, débil pero implacable: el rítmico batir de unas alas.

Cogí el brazo de Alexei con una mano y agarré el mango de mi cuchillo con la otra. Mi corazón latía con fuerza, y mis ojos se esforzaban por ver algo en la oscuridad, lo que fuera. Oí que amartillaban pistolas y preparaban las flechas. Alguien gritó:

—¡Preparaos!

Esperamos, escuchando el sonido de los aleteos en el aire, cada vez más alto conforme nos acercábamos, como los tambores de un ejército que se aproximara. Pensé que sentía el viento golpeándome la mejilla según se acercaban más y más en círculos.

—¡Fuego!

La orden sonó seguida del estallido de los fusiles y un silbido explosivo cuando las oleadas de fuego Grisha estallaron desde cada uno de los esquifes.

Entrecerré los ojos ante la repentina claridad, esperando a que se me ajustara la visión. A la luz del fuego, los vi. Se suponía que los volcra se movían en bandadas pequeñas, pero eran… no docenas, sino cientos, cerniéndose en el aire alrededor del esquife, descendiendo en picado. Eran más terroríficos que nada que hubiera visto en cualquier libro, que cualquier monstruo que pudiera haber imaginado. Sonaron disparos. Los arqueros lanzaron sus flechas, y los chillidos de los volcra rasgaron el aire, agudos y terribles.

Se abalanzaron sobre nosotros. Oí un grito estridente y observé horrorizada como levantaban a un soldado por los aires mientras pataleaba y se retorcía. Alexei y yo nos agachamos pegados a la barandilla, aferrándonos a nuestros endebles cuchillos y murmurando plegarias mientras el mundo se disolvía en una pesadilla. A nuestro alrededor, los hombres gritaban, la gente chillaba, los soldados combatían a esas enormes bestias aladas que se retorcían, y la oscuridad antinatural de la Sombra quedó rota aquí y allá por las llamaradas de fuego dorado Grisha.

Entonces un chillido desgarró el aire a mi lado. Ahogué un grito cuando me arrebataron el brazo de Alexei de un tirón. Con la luz de un chorro de fuego, lo vi aferrándose a la barandilla con una mano. Vi su boca aullando, sus ojos muy abiertos y aterrorizados, y la monstruosidad que lo sujetaba en su reluciente abrazo gris, con las alas batiendo el aire mientras lo levantaba por los pies, con las gruesas garras profundamente clavadas en su espalda, ya empapadas de su sangre. Los dedos de Alexei se resbalaron sobre la barandilla. Yo me abalancé hacia él y le agarré el brazo.

—¡Aguanta! —grité.

Entonces la llamarada se desvaneció, y en la oscuridad sentí los dedos de Alexei separarse de los míos.

—¡Alexei! —grité.

Sus chillidos se desvanecieron en medio de los sonidos de la batalla mientras el volcra se lo llevaba hacia la oscuridad. Otro brote de fuego iluminó el cielo, pero ya no estaba.

—¡Alexei! —chillé, inclinándome sobre la barandilla—. ¡Alexei!

La respuesta llegó con un fuerte aleteo cuando otro volcra se abalanzó hacia mí. Retrocedí bruscamente, esquivando su agarre por los pelos, aferrando el cuchillo frente a mí con manos temblorosas. El volcra se lanzó hacia delante, con la luz del fuego reflejándose en sus ojos ciegos y lechosos, y la enorme boca llena de hileras de dientes negros, afilados y torcidos. Vi un destello de pólvora por el rabillo del ojo, oí el disparo de un rifle, y el volcra trastabilló, aullando de furia y dolor.

—¡Muévete!

Era Mal, con el rifle en la mano y la cara manchada de sangre. Me agarró el brazo y me arrastró tras él.

El volcra seguía persiguiéndonos, desgarrando la cubierta al pasar, con una de las alas colgando en un ángulo torcido. Mal estaba tratando de recargar a la luz del fuego, pero el volcra era demasiado rápido. Corrió hacia nosotros, atacando con las zarpas, y sus uñas desgarraron el pecho de Mal, que gritó de dolor.

Agarré el ala rota del volcra y le clavé el cuchillo hasta el fondo entre los hombros. Sentí su carne viscosa bajo mis manos. La criatura chilló y se revolcó hasta librarse de mí. Caí hacia atrás, golpeando la cubierta con fuerza. Se lanzó hacia mí en un frenesí de rabia, chascando las enormes mandíbulas.

Se oyó otro disparo. El volcra tropezó y cayó en una montaña grotesca, chorreando sangre negra por la boca. A pesar de la escasa luz, vi a Mal bajar el rifle. Su camisa rota estaba oscura debido a la sangre.

El rifle se le deslizó de entre los dedos mientras él se balanceaba y caía de rodillas, para después derrumbarse sobre la cubierta.

—¡Mal! —Llegué junto a él en un instante, y presioné su pecho con las manos en un intento desesperado por detener la hemorragia—. ¡Mal! —sollocé, con las mejillas llenas de lágrimas.

El aire estaba cargado con el olor de la sangre y la pólvora. A nuestro alrededor oía disparos de rifles, gente que lloraba… y el obsceno sonido de algo que se alimentaba. Las llamaradas de los Grisha eran más débiles, más esporádicas, y, lo peor de todo, me percaté de que el esquife había dejado de moverse. Ya está, pensé desesperada. Me agaché sobre Mal, sin dejar de presionar la herida. Respiraba con dificultad.

—Ahí vienen —jadeó.

Alcé la mirada y vi, en el débil resplandor del fuego Grisha, dos volcra que bajaban en picado hacia nosotros.

Me agaché junto a Mal, protegiendo su cuerpo con el mío. Sabía que era inútil, pero no podía hacer más. Olí el fétido hedor de los volcra, sentí las ráfagas de aire provocadas por sus alas. Presioné mi frente junto a la de Mal y lo oí susurrar:

—Nos vemos en el prado.

Algo brotó dentro de mí, a causa de la furia, la desesperanza, la certeza de mi propia muerte. Sentí la sangre de Mal bajo mis manos, vi el dolor en la cara que tanto quería. Un volcra lanzó un chillido de triunfo y hundió las garras en mi espalda. El dolor laceró mi cuerpo.

Y el mundo se volvió blanco.

Cerré los ojos cuando una repentina explosión de luz cruzó mis ojos. Parecía llenar mi cabeza, cegándome, ahogándome. De algún lugar por encima de mí, oí un horrible chillido. Sentí que las garras del volcra aflojaban su agarre, sentí el golpe cuando caí hacia delante y mi cabeza se encontró con la cubierta, y después no sentí nada en absoluto.





esperté sobresaltada. Podía sentir una ráfaga de aire sobre mi piel, y abrí los ojos para ver lo que parecían unas oscuras nubes de humo. Estaba de espaldas, en la cubierta del esquife. Me llevó solo un momento darme cuenta de que las nubes se disipaban, dando paso a unas volutas oscuras, y, entre ellas, asomaba el brillante sol del otoño. Cerré los ojos de nuevo, sintiendo oleadas de alivio. Estamos saliendo de la Sombra, pensé. De algún modo, lo hemos conseguido. ¿De verdad? Los recuerdos del ataque del volcra me ahogaron de forma terrorífica. ¿Dónde estaba Mal?

Traté de sentarme y noté una punzada de dolor en los hombros. La ignoré y me levanté. De pronto vi frente a mi cara el cañón de un rifle.

—Aleja esa cosa de mí —solté, apartándolo a un lado.

El soldado volvió a apuntarme con el rifle amenazadoramente.

—Quédate donde estás —ordenó.

Lo observé, aturdida.

—¿Qué pasa contigo?

—¡Está despierta! —gritó por encima del hombro. Se le unieron dos soldados armados más, el capitán del esquife y una Corporalnik. Sentí pánico al ver que los puños de su kefta roja estaban bordados en negro. ¿Qué quería de mí una Mortificadora?

Miré a mi alrededor. Un Vendaval seguía junto al mástil, con los brazos alzados, dirigiéndonos hacia delante con un fuerte viento y un único soldado a su lado.

En algunos lugares, la cubierta estaba resbaladiza por la sangre. Se me revolvió el estómago al recordar el horror de la batalla. Un Corporalnik Sanador se encontraba atendiendo a los heridos. ¿Dónde estaba Mal?

Había soldados y Grisha junto a la barandilla, ensangrentados y chamuscados, y eran bastantes menos que cuando habíamos salido. Todos me observaban cautelosamente. Sentí que mi miedo aumentaba, al darme cuenta de que los soldados y la Corporalnik en realidad estaban vigilándome. Como a una prisionera.

—Mal Oretsev —dije—. Es un rastreador, le hirieron durante el ataque. ¿Dónde está? —Nadie dijo nada—. Por favor —supliqué—. ¿Dónde está?

El esquife encalló con una sacudida, y el capitán gesticuló hacia mí con su rifle.

—Levanta.

Pensé en no levantarme hasta que me dijeran lo que le había pasado a Mal, pero un vistazo a la Mortificadora me hizo reconsiderarlo. Me puse en pie, haciendo una mueca por el dolor que sentía en el hombro, y me tambaleé cuando el esquife comenzó a moverse de nuevo, empujado por los trabajadores del puerto. Instintivamente alargué el brazo para estabilizarme, pero el soldado al que toqué se encogió y se alejó de mí como si ardiera. Conseguí equilibrarme, pero mi mente daba vueltas.

El esquife volvió a detenerse.

—En marcha —ordenó el capitán.

Los soldados me apuntaron con el rifle para hacerme salir del esquife. Pasé junto a los otros supervivientes, plenamente consciente de sus miradas curiosas y asustadas, y vi que el Cartógrafo Jefe hablaba visiblemente nervioso con un soldado. Quería parar para contarle lo que le había pasado a Alexei, pero no me atreví.

Al poner pie en el puerto seco, me sorprendió ver que habíamos vuelto a Kribirsk. Ni siquiera habíamos atravesado la Sombra. Me estremecí. Mejor estar cruzando el campamento con un rifle en la espalda que seguir en el Nocéano.

Pero no mucho mejor, pensé con ansiedad.

Mientras los soldados me conducían por la calle principal, la gente interrumpía su trabajo para mirarnos boquiabiertos. Mi mente zumbaba en busca de respuestas, pero no encontraba nada. ¿Había hecho algo mal en la Sombra? ¿Había roto algún tipo de protocolo militar? Y, sobre todo, ¿cómo habíamos salido de la Sombra? Me latían las heridas cerca del hombro. Lo último que recordaba era el terrible dolor de las garras del volcra atravesándome la espalda, y el potente estallido de luz. ¿Cómo habíamos sobrevivido?

Esos pensamientos abandonaron mi mente cuando nos acercamos a la Tienda de los Oficiales. El capitán hizo que los guardias se detuvieran y se dirigió a la entrada.

La Corporalnik le agarró de un brazo para detenerlo.

—Esto es una pérdida de tiempo. Deberíamos proceder inmediatamente a…

—Quítame las manos de encima, torturadora —soltó el capitán, y se liberó de una sacudida.

Por un momento la Corporalnik se lo quedó mirando con ojos amenazantes, pero después sonrió fríamente e hizo una reverencia.

—Da, kapitan.

Sentí que el vello de los brazos se me erizaba.

El capitán desapareció en el interior de la tienda. Esperamos. Miré nerviosa a la Corporalnik, que aparentemente había olvidado su conflicto con el capitán y volvía a escudriñarme. Era joven, puede que más joven que yo, pero eso no le había impedido enfrentarse a un oficial superior. ¿Por qué habría de hacerlo? Podía matar al capitán en el acto sin alzar siquiera un arma. Me froté los brazos, tratando de acabar con el frío que sentía.

La entrada de la tienda se abrió, y quedé horrorizada al ver que el capitán salía seguido por un adusto Coronel Raevsky. ¿Qué podía haber hecho yo que requiriera la presencia de un oficial superior?

El coronel me observó con severidad en su ajado rostro.

—¿Qué eres?

—Ayudante Cartógrafa Alina Starkov. Cuerpo Real de Topógrafos…

—¿Qué eres? —me cortó.

Pestañeé.

—Soy… Soy cartógrafa, señor.

Ravesky frunció el ceño. Llamó a uno de los soldados y le susurró algo que hizo que este fuera corriendo de vuelta al puerto.

—Vamos —dijo lacónicamente.

Sentí el golpe del cañón del rifle en mi espalda y caminé hacia delante. Tenía un muy mal presentimiento sobre a dónde me llevaban. No puede ser, pensé desesperada. No tiene sentido. Pero según la enorme tienda negra se iba alzando más y más grande ante nosotros, no había duda de a dónde nos dirigíamos.

La entrada a la tienda Grisha estaba custodiada por dos Corporalki Mortificadores y oprichniki vestidos de color carbón, los soldados de élite que constituían la guardia personal del Oscuro. Los oprichniki no eran Grisha, pero daban tanto miedo como ellos.

La Corporalnik del esquife habló con los guardias frente a la tienda, y después ella y el Coronel Ravesky desaparecieron en su interior. Esperé, con el corazón latiendo a toda velocidad, consciente de los susurros y las miradas a mi espalda. Mi ansiedad aumentaba.

En lo alto, cuatro banderas ondeaban en la brisa: una azul, una roja, una púrpura, y, por encima de ellas, la negra. La noche anterior, Mal y sus amigos habían estado bromeando sobre intentar meterse en la tienda, preguntándose qué podrían encontrar en su interior. Y ahora parecía que sería yo quien lo descubriera. ¿Dónde está Mal? Ese pensamiento seguía volviendo a mí, el único pensamiento claro en mi cabeza. Tras lo que pareció una eternidad, la Corporalnik volvió y asintió en dirección al capitán, que me condujo al interior de la tienda Grisha.

Por un momento, todo mi miedo desapareció, eclipsado por la belleza que me rodeaba. Las paredes interiores de la tienda estaban cubiertas por cascadas de seda color bronce que reflejaba la luz de los candelabros que brillaban en lo alto. Los suelos estaban cubiertos de exquisitas alfombras y pieles. Junto a las paredes, unas mamparas de seda brillante separaban los compartimentos donde los Grisha se apiñaban vestidos con sus vibrantes keftas. Algunos hablaban de pie, otros estaban recostados sobre cojines, bebiendo té. Dos se inclinaban sobre un tablero de ajedrez. Oí que alguien punteaba las cuerdas de una balalaika en algún lugar. La casa del Duque era bonita, pero tenía una melancólica belleza de habitaciones polvorientas y pintura descascarillada, el eco de algo que alguna vez había sido grande. La tienda Grisha no se parecía a nada que hubiera visto antes, era un lugar vivo y lleno de poder y riqueza.

Los soldados me condujeron a través de un largo pasillo alfombrado, al final pude ver un pabellón negro sobre una tarima alzada. Una oleada de curiosidad se extendió por la tienda mientras pasábamos. Hombres y mujeres Grisha dejaban de hablar para mirarme boquiabiertos; algunos hasta se levantaron para ver mejor.

Cuando llegamos a la tarima, la habitación se quedó en completo silencio, y yo estaba segura de que todos debían de oír el corazón que me martilleaba en el pecho. Frente al pabellón negro, unos cuantos ministros suntuosamente vestidos que llevaban el águila doble del Rey y un grupo de Corporalki estaban apiñados alrededor de una larga mesa cubierta de mapas. En la cabecera de la mesa había una silla de respaldo alto, del ébano más negro y con elaborados tallados. Sobre ella había reclinada una figura con una kefta negra, con la barbilla descansando sobre una mano pálida. Solo un Grisha vestía de negro, solo uno tenía permitido vestir de negro. El Coronel Raevsky estaba junto a él, hablando en voz demasiado baja como para que yo lo oyera.

Lo miré, dividida entre el miedo y la fascinación. Es muy joven, pensé. Este Oscuro llevaba dirigiendo a los Grisha desde antes de mi nacimiento, pero el hombre sentado en la tarima por encima de mí no parecía mucho mayor que yo. Tenía un rostro afilado y hermoso, un revoltijo de espeso pelo negro, y unos ojos de color gris claro que brillaban como el cuarzo. Se contaba que los Grisha más poderosos tenían vidas largas, y los Oscuros eran los más poderosos de todos. Pero me parecía injusto de algún modo, y recordé las palabras de Eva: No es humano. Ninguno lo es.

Una risa aguda y tintineante sonó desde la muchedumbre que se había formado junto a mí en la base de la tarima. Reconocí a la hermosa chica de azul, la del carruaje de los Etherealki que se había mostrado tan interesada en Mal. Le susurró algo a su amiga de pelo castaño, y ambas volvieron a reírse. Me ardieron las mejillas al imaginar el aspecto que debía de tener con mi abrigo roto y raído, después de un viaje al interior de la Sombra y una batalla con una bandada de volcra hambrientos. Aun así, alcé la barbilla y miré a la chica directamente a los ojos. Ríete todo lo que quieras, pensé sombríamente. Sea lo que sea lo que has dicho, he oído cosas peores. Me sostuvo la mirada durante un momento, y después desvió los ojos. Disfruté de un breve instante de satisfacción antes de que la voz del Coronel Raevsky me devolviera a la realidad de mi situación.

—Traedlos —ordenó. Me giré y vi más soldados que dirigían un grupo de personas apaleadas y confundidas al interior de la tienda y a través del pasillo. Entre ellos, distinguí al soldado que había estado junto a mí cuando los volcra atacaron, y también al Cartógrafo Jefe, cuyo abrigo normalmente impecable estaba rasgado y sucio. Había miedo en su rostro. Mi angustia aumentó al darme cuenta de que eran los supervivientes del esquife, a quienes habían traído ante el Oscuro como testigos. ¿Qué había sucedido en la Sombra? ¿Qué pensaban que había hecho?

Me quedé sin aliento al reconocer a los rastreadores en el grupo. Primero vi a Mikhael, cuyo desgreñado pelo rojo se balanceaba por encima de los demás sobre su grueso cuello. Apoyándose en él, con las vendas sobresaliendo por debajo de la camisa ensangrentada, se encontraba Mal, muy pálido y con aspecto de estar muy cansado. Se me aflojaron las piernas y me llevé la mano a la boca para reprimir un sollozo.

Mal estaba vivo. Quería abrirme camino entre la multitud para rodearlo con los brazos, pero lo único que podía hacer era permanecer ahí de pie mientras el alivio me inundaba. Fuera lo que fuera lo que había pasado, estaríamos bien. Habíamos sobrevivido a la Sombra, y también sobreviviríamos a esa locura.

Volví a mirar la tarima y mi júbilo se apagó. El Oscuro me estaba mirando directamente. Seguía escuchando al Coronel Raevsky, en una postura tan relajada como antes, pero sus ojos estaban fijos en mí de forma intensa. Dirigió la atención de nuevo al coronel y me di cuenta de que había estado conteniendo el aliento.

Cuando el sucio grupo de supervivientes alcanzó la base de la tarima, el Coronel Raevsky ordenó:

—Kapitan, informe.

El capitán se puso firme y respondió con voz inexpresiva:

—Aproximadamente treinta minutos después de iniciar la travesía, fuimos atacados por una gran bandada de volcra. Nos tenían acorralados, y estábamos sufriendo numerosas bajas. Yo estaba luchando a estribor. En ese momento, vi… —El soldado dudó, y cuando volvió a hablar su voz sonaba menos segura—. No sé qué vi exactamente. Un estallido de luz. Más brillante que la luz del mediodía, más aún. Era como mirar al sol.

La multitud estalló en murmullos. Los supervivientes del esquife asentían, y me di cuenta de que yo también lo hacía. Yo también había visto el estallido de luz. El soldado volvió a ponerse firme antes de continuar.

—Los volcra se dispersaron y la luz desapareció. Ordené que volviéramos al puerto inmediatamente.

—¿Y la chica? —preguntó el Oscuro.

Con una fría puñalada de miedo, me di cuenta de que hablaba de mí.

—No vi a la chica, moi soverenyi.

El Oscuro alzó una ceja y se volvió hacia los otros supervivientes.

—¿Quién vio lo que pasó? —Su voz era fría, distante, casi sin interés.

Los supervivientes comenzaron a discutir entre susurros. Entonces, lenta y tímidamente, el Cartógrafo Jefe dio un paso hacia delante. Sentí una punzada de lástima por él. Nunca lo había visto tan desaliñado. Su escaso pelo castaño apuntaba en todas direcciones, y sus dedos se aferraban nerviosamente a su abrigo roto.

—Dinos lo que viste —ordenó Raevsky.

El Cartógrafo se lamió los labios.

—Es… Estábamos siendo atacados —explicó temblorosamente—. Había luchas por todas partes. Mucho ruido. Mucha sangre… A uno de los chicos, Alexei, se lo llevaron. Fue terrible, terrible…

Sus manos revoloteaban como dos pájaros asustados. Yo fruncí el ceño. Si el Cartógrafo había visto que atacaban a Alexei, ¿por qué no había tratado de ayudar? El anciano se aclaró la garganta.

—Estaban por todas partes. Vi que uno iba tras ella

—¿Quién? —preguntó Raevsky.

—Alina… Alina Starkov, una de mis ayudantes.

La hermosa chica de azul sonrió con suficiencia y se inclinó para susurrarle algo a su amiga. Apreté la mandíbula. Era bonito saber que los Grisha seguían manteniendo su esnobismo incluso mientras oían el relato de un ataque volcra.

—Continúa —presionó Raevsky.

—Vi que iba tras ella y el rastreador —dijo el Cartógrafo, haciendo un gesto en dirección a Mal.

—¿Dónde estabas tú? —pregunté enfadada. La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera pensarlo mejor. Todos los rostros se giraron hacia mí, pero no me importó—. Viste al volcra atacándonos. Viste a esa cosa llevándose a Alexei. ¿Por qué no nos ayudaste?

—No había nada que pudiera hacer —se defendió, con los brazos muy extendidos—. Estaban por todas partes. ¡Era un caos!

—¡Alexei podría seguir con vida si hubieras movido tu culo huesudo para ayudarnos!

Hubo un gemido ahogado y unas risitas entre la muchedumbre. El Cartógrafo enrojeció violentamente y yo me arrepentí al instante. Si me libraba de esta, iba a estar metida en un buen lío.

—¡Suficiente! —bramó Raevsky—. Díganos lo que vio, Cartógrafo.

La muchedumbre quedó en silencio y el Cartógrafo volvió a lamerse los labios.

—El rastreador cayó, y ella estaba junto a él. Esa cosa, el volcra, fue directa a por ellos. Vi que saltaba encima de la chica, y después… ella se iluminó.

Los Grisha estallaron en exclamaciones de incredulidad y burla. Algunos se rieron. Si no hubiera estado tan asustada y confusa, podría haber sentido la tentación de unirme a ellos. Quizás no debería haber sido tan dura con él, pensé al mirar al desaliñado Cartógrafo. Está claro que el pobre hombre ha debido darse un golpe en la cabeza durante el ataque.

—¡Lo vi! —gritó por encima del escándalo—. ¡La luz salía de ella!

Algunos de los Grisha lo estaban abucheando abiertamente, pero otros gritaban que lo dejaran hablar. El Cartógrafo miró desesperado a los otros supervivientes en busca de apoyo, y, para mi sorpresa, vi que algunos de ellos asentían. ¿Es que se habían vuelto todos locos? ¿En serio pensaban que yo había espantado a los volcra?

—¡Eso es absurdo! —dijo una voz entre el gentío. Era la hermosa chica de azul—. ¿Qué está insinuando, anciano? ¿Qué nos ha encontrado a una Invocadora de Sol?

—No estoy insinuando nada —protestó él—. ¡Solo estoy diciendo lo que vi!

—No es imposible —replicó un Grisha fornido. Llevaba la kefta púrpura de un Materialnik, miembro de la Orden de los Hacedores—. Hay historias…

—No seas ridículo —rio la chica con voz desdeñosa—. ¡A este hombre lo han trastornado los volcra!

La multitud estalló en una acalorada discusión.

De pronto, me sentía muy cansada. La espalda me palpitaba donde el volcra me había clavado las zarpas. No sabía qué creían haber visto el Cartógrafo o el resto de personas del esquife. Solo sabía que todo era una especie de error terrible, y que, cuando acabara esa farsa, sería yo quien quedara como una estúpida. Me estremecí al pensar en las burlas que aguantaría cuando todo aquello terminara. Y aún así esperaba que terminara pronto.

—Callaos. —El Oscuro apenas pareció alzar la voz, pero la orden atravesó la multitud y cayó el silencio.

Reprimí un escalofrío. Quizá todo aquello no le parecía tan divertido. Tan solo esperaba que no me culpara por ello. El Oscuro no era conocido por su misericordia. Quizás debía preocuparme menos por las burlas y más por que me exiliaran a Tsibeya. O peor. Eva dijo que una vez el Oscuro había ordenado a un Corporalnik Sanador que sellara la boca de un traidor permanentemente. Los labios del hombre quedaron unidos hasta que murió de hambre. Entonces, Alexei y yo nos habíamos reído, tomándonoslo como otra de las absurdas historias de Eva. Pero ya no estaba tan segura.

—Rastreador —dijo suavemente el Oscuro—, ¿qué viste tú?

Todos los presentes se giraron a la vez hacia Mal, que me miró con inquietud y después volvió a mirar al Oscuro.

—Nada. No vi nada.

—La chica estaba justo a tu lado. —Mal asintió—. Tienes que haber visto algo.

Mal volvió a mirarme, con la mirada cargada de preocupación y cansancio. Nunca lo había visto tan pálido, y me pregunté cuánta sangre habría perdido. Sentí un brote de furia desesperada. Estaba gravemente herido. Debería estar descansando, y no aquí respondiendo preguntas ridículas.

—Tan solo dinos lo que recuerdas, rastreador —ordenó Raevsky.

Mal se encogió ligeramente de hombros e hizo una mueca por el dolor de sus heridas.

—Estaba tirado en cubierta. Alina estaba junto a mí. Vi que el volcra se lanzaba en picado, y sabía que iba a por nosotros. Dije algo y…

—¿Qué dijiste? —la fría voz del Oscuro atravesó la habitación.

—No me acuerdo —respondió Mal. Reconocí la tensión en sus mandíbulas y supe que estaba mintiendo. Sí que se acordaba—. Olí al volcra, lo vi abalanzándose hacia nosotros. Alina gritó y después no pude ver nada. El mundo de repente estaba… brillando.

—Entonces, ¿no viste de dónde venía la luz? —preguntó Ravesky.

—Alina no… No puede… —Mal sacudió la cabeza—. Venimos del mismo… pueblo. —Noté la pequeña pausa cuando estuvo a punto de decir «orfanato»—. Si pudiera hacer algo así, lo sabría.

El Oscuro miró a Mal durante un largo momento y después dirigió los ojos de nuevo hacia mí.

—Todos tenemos nuestros secretos —dijo.

Mal abrió la boca como para decir algo más, pero el Oscuro alzó una mano para silenciarlo. La furia cruzó los rasgos de Mal, pero cerró la boca con los labios apretados en una línea seria. El Oscuro se levantó de su silla. Hizo un gesto y los soldados retrocedieron para dejarme sola frente a él. La tienda de pronto parecía siniestramente silenciosa. Lentamente, bajó los escalones.

Tuve que luchar contra el impulso de alejarme de él cuando se detuvo frente a mí.

—Y, ¿qué dices tú, Alina Starkov? —preguntó con amabilidad.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca y mi corazón latía bruscamente, pero sabía que tenía que hablar. Tenía que hacerle entender que no tenía nada que ver con todo aquello.

—Ha habido algún tipo de error —dije con voz ronca—. Yo no he hecho nada. No sé cómo hemos sobrevivido.

El Oscuro pareció pensar en ello, y después cruzó los brazos e inclinó la cabeza hacia un lado.

—Bueno —dijo con voz perpleja—, me gusta pensar que estoy al tanto de todo lo que pasa en Ravka, y creo que si tuviera a una Invocadora del Sol viviendo en mi propio país, lo sabría. —Unos suaves murmullos de asentimiento se alzaron desde la multitud, pero él los ignoró, observándome de cerca—. Pero algo poderoso detuvo a los volcra y salvó los esquifes del Rey.

Hizo una pausa y esperó, como si pensara que yo iba a resolverle ese misterio.

Levanté la barbilla tercamente.

—Yo no he hecho nada —dije—. Nada de nada.

La comisura de la boca del Oscuro se crispó, como si estuviera reprimiendo una sonrisa. Sus ojos me recorrieron de la cabeza a los pies, y de ahí de nuevo hasta la cabeza. Me sentía como algo extraño y reluciente, una curiosidad que hubiera aparecido en la orilla de un lago y que él pudiera apartar a un lado con su bota.

—¿Tu memoria es tan mala como la de tu amigo? —preguntó, señalando a Mal con la cabeza.

—Yo no… —titubeé. ¿Qué recordaba? Terror. Oscuridad. Dolor. La sangre de Mal. Su vida escapándosele a través de mis manos. La furia que me invadió al pensar en mi propia impotencia.

—Extiende el brazo —ordenó el Oscuro.

—¿Qué?

—Ya hemos desperdiciado bastante tiempo. Extiende el brazo.

Una fría puñalada de miedo me atravesó. Miré a mi alrededor, con pánico, pero nadie iba a ayudarme. Los soldados miraban hacia delante con rostro pétreo. Los supervivientes del esquife parecían asustados y cansados. Los Grisha me evaluaban con curiosidad. La chica de azul sonreía con arrogancia. El rostro pálido de Mal parecía aún más blanco, pero no encontré ninguna respuesta en sus ojos preocupados.

Temblando, extendí el brazo izquierdo.

—Súbete la manga.

—Yo no he hecho nada.

Pretendía decirlo en alto, proclamarlo, pero mi voz sonó bajita y asustada. El Oscuro me miró, expectante. Me subí la manga.

Extendió los brazos y sentí una oleada de terror al ver sus palmas llenándose de algo negro que se arremolinaba y se enroscaba por el aire, como tinta vertida en agua.

—Ahora —dijo con la misma voz suave y desenfadada, como si estuviéramos sentados tomando té, como si no estuviera temblando frente a él—, veamos lo que puedes hacer.

Juntó las manos y hubo un sonido como un trueno. Jadeé al ver la ondulante oscuridad que surgía de sus manos unidas, derramándose en una negra oleada sobre mí y la multitud.

Estaba ciega. La habitación había desaparecido. Todo había desaparecido. Grité de terror al sentir los dedos del Oscuro cerrarse alrededor de mi muñeca desnuda. De pronto, mi miedo retrocedió. Seguía ahí, encogiéndose como si fuera un animal en mi interior, pero había sido arrinconado por algo tranquilizador, firme y poderoso, algo vagamente familiar.

Sentí que una llamada me atravesaba y, para mi sorpresa, noté que algo dentro de mí se alzaba para responder. Lo empujé a un lado, aplastándolo. De algún modo sabía que si esa cosa se liberaba, me destruiría.

—¿No hay nada? —murmuró el Oscuro. Me di cuenta de lo cerca que estaba de mí en la oscuridad. Mi mente aterrorizada se aferró a sus palabras. No hay nada. Eso es, nada. Nada de nada. ¡Ahora, déjame!

Y, para mi alivio, la cosa que forcejeaba dentro de mí pareció detenerse, dejando sin respuesta la llamada del Oscuro.

—No tan rápido —susurró él. Sentí que algo frío presionaba la parte interior de mi antebrazo. En el momento en que me di cuenta de que era un cuchillo, el filo me cortó la piel.

El dolor y el miedo me atravesaron. Grité. La cosa que había dentro de mí fue hasta la superficie, rugiendo, acudiendo rápidamente a la llamada del Oscuro. No pude detenerme. Respondí. El mundo explotó en una cegadora luz blanca. La oscuridad quedó hecha añicos como si fuera cristal. Por un momento, vi las caras de la multitud, con las bocas abiertas por la impresión mientras la tienda se llenaba de la brillante luz del sol y el aire se ondulaba debido al calor. Entonces el Oscuro me soltó, y con su tacto se fue esa peculiar sensación de seguridad que me había poseído. La radiante luz desapareció, y en su lugar regresó la habitual iluminación de las velas, pero todavía podía sentir el cálido e inexplicable brillo del sol en mi piel.

Mis piernas fallaron y el Oscuro me atrapó y me sujetó contra su cuerpo con un brazo sorprendentemente fuerte.

—Supongo que tienes solo aspecto de ratón —susurró en mi oreja, y después hizo señas a uno de sus guardias personales—. Llévatela —dijo, entregándome al oprichnik, que extendió el brazo para que me apoyara en él. Sentí que me sonrojaba ante la indignidad de que me pasaran de uno a otro como un saco de patatas, pero estaba demasiado agitada y confusa como para protestar. La sangre corría por mi brazo a causa del corte que me había hecho el Oscuro.

—¡Iván! —gritó. Un Mortificador muy alto corrió hasta su lado desde la tarima—. Acompáñala a mi carruaje. La quiero rodeada por una guardia armada en todo momento. Llévala al Pequeño Palacio y no te detengas para nada. —Iván asintió—. Y que un Sanador se ocupe de sus heridas.

—¡Espera! —protesté, pero el Oscuro ya se estaba alejando. Le agarré el brazo, ignorando el jadeo que soltaron los Grisha que nos miraban—. Ha habido algún error. Yo no… No… —Mi voz se apagó mientras él se giraba lentamente hacia mí, y sus ojos de piedra se detuvieron en la mano que agarraba su manga. La solté, pero no me iba a rendir tan fácilmente—. No soy lo que tú crees —susurré, desesperada.

El Oscuro se acercó a mí.

—Creo que no tienes la menor idea de lo que eres —dijo con voz tan baja que solo yo pude oírla. Después, asintió en dirección a Iván—. ¡Vamos!

El Oscuro me dio la espalda y caminó rápidamente hasta la tarima, donde le rodearon consejeros y ministros, todos hablando alto y rápido.

Iván me cogió el brazo bruscamente.

—Venga.

—Iván —le advirtió el Oscuro—, vigila tu tono. Ahora es una Grisha.

El hombre enrojeció ligeramente e hizo una pequeña reverencia, pero siguió agarrándome el brazo con firmeza mientras me llevaba por el pasillo.

—Tienes que escucharme —jadeé mientras luchaba por seguir el ritmo de sus grandes zancadas—. No soy Grisha. Soy cartógrafa. Ni siquiera soy una buena cartógrafa.

Iván me ignoró.

Miré a mi espalda, buscando entre la multitud. Mal estaba discutiendo con el capitán del esquife. Como si sintiera mis ojos en él, levantó la mirada y se encontró con la mía. Podía ver mi propio miedo y confusión reflejados en su pálido rostro. Quería gritarle algo, correr hacia él, pero un instante después había desaparecido, engullido por el gentío.





ágrimas de frustración anegaron mis ojos mientras Iván me arrastraba fuera de la tienda, hacia el sol del atardecer. Me arrastró a través de una colina baja en dirección a la carretera donde esperaba el carruaje negro del Oscuro, rodeado de un círculo de Grisha Etherealki a caballo y flanqueado por filas de caballería armada. Dos de los guardias del Oscuro vestidos de gris esperaban junto a la puerta del carruaje junto a una mujer y un hombre de pelo claro. Ambos vestían el rojo de los Corporalki.

—Entra —ordenó Iván. Después, pareciendo recordar las instrucciones del Oscuro, añadió—: por favor.

—No —contesté.

—¿Qué?

Iván parecía verdaderamente sorprendido. Los otros Corporalki estaban atónitos.

—¡No! —repetí—. No voy a ir a ningún sitio. Ha habido algún error…

Iván me cortó agarrándome el brazo con más fuerza.

—El Oscuro no comete errores —dijo apretando los dientes—. Entra en el carruaje.

—No quiero…

Iván bajó la cabeza hasta que su nariz estuvo a tan solo unos centímetros de la mía y prácticamente escupió:

—¿Crees que me importa lo que tú quieras? En unas horas, todos los espías fjerdanos y los asesinos Shu Han sabrán lo que sucedió en la Sombra, y vendrán a por ti. Nuestra única oportunidad es llevarte a Os Alta, tras los muros del palacio, antes de que se sepa lo que eres. Ahora, entra en el carruaje.

Me empujó a través de la puerta y me siguió al interior, sentándose frente a mí, molesto. Los otros Corporalki se le unieron, seguidos por los guardias oprichniki, que se sentaron junto a mí uno a cada lado.

—Entonces, ¿soy la prisionera del Oscuro?

—Estás bajo su protección.

—¿Qué diferencia hay?

La expresión de Iván era inescrutable.

—Reza por no descubrirlo nunca.

Fruncí el ceño y me desplomé sobre el asiento acolchado, y después solté un gruñido de dolor. Había olvidado mis heridas.

—Ocúpate de ella —ordenó Iván a la Corporalnik. Sus puños estaban bordados con el gris de los Sanadores.

La mujer cambió de sitio con uno de los oprichniki para poder sentarse a mi lado.

Uno de los soldados metió la cabeza por la puerta.

—Estamos listos —dijo.

—Bien —replicó Iván—. Permaneced alerta y en movimiento.

—Solo nos detendremos para cambiar de caballo. Si paramos antes, sabrás que algo va mal.

El soldado desapareció, cerrando la puerta tras él. El cochero no dudó: con un grito y el chasquido de un látigo, el carruaje dio una sacudida hacia delante. Sentí un pánico frío. ¿Qué me estaba pasando? Pensé en abrir la puerta del carruaje y salir corriendo, pero ¿adónde iría? Estábamos rodeados de hombres armados en medio de un campamento militar. Y, aunque no fuera así, ¿adonde podría ir?

—Por favor, quítate el abrigo —dijo la mujer que había junto a mí.

—Tengo que ver tus heridas.

Me planteé negarme, pero ¿de qué serviría? Me quité el abrigo con cierta incomodidad y dejé que la Sanadora me levantara la camisa con cuidado por los hombros. Los Corporalki eran la Orden de los Vivos y los Muertos. Traté de concentrarme en la parte de los vivos, pero nunca me había curado un Grisha y cada músculo de mi cuerpo estaba tenso por el miedo.

Sacó algo del pequeño morral que llevaba y un penetrante olor químico llenó el carruaje. Me encogí de dolor cuando me limpió las heridas y clavé los dedos en mis rodillas. Cuando terminó, sentí un cálido hormigueo entre mis hombros. Me mordí el labio con fuerza. La necesidad de rascarme la espalda era casi insoportable. Finalmente, se detuvo y volvió a colocarme bien la camisa. Moví los hombros con cautela: el dolor había desaparecido.

—Ahora, el brazo —dijo.

Casi me había olvidado del corte que me había hecho el Oscuro con su cuchillo, pero tenía la muñeca y la mano pegajosas por la sangre. Limpió el corte y después levantó mi brazo hacia la luz.

—Intenta permanecer inmóvil —indicó—, o te quedará cicatriz.

Hice lo que pude, pero el bamboleo del carruaje lo ponía difícil. La sanadora pasó la mano lentamente sobre la herida. Sentí que la piel palpitaba con el calor. El brazo comenzó a picarme mucho, y, mientras yo observaba impresionada, mi carne comenzó a brillar y moverse: los dos lados del corte se soldaron y la piel se selló.

El picor cesó y la Sanadora volvió a sentarse. Me toqué el brazo. Había una cicatriz ligeramente abultada donde antes estaba el corte, pero eso era todo.

—Gracias —dije, sobrecogida. La Sanadora asintió.

—Dale tu kefta —le ordenó Iván.

La mujer frunció el ceño, pero dudó tan solo un momento antes de quitarse la kefta roja y entregármela.

—¿Para qué necesito esto? —pregunté.

—Tú cógela —gruñó Iván.

Tomé la kefta de la Sanadora. Ella mantuvo el rostro impasible, pero yo sabía que le dolía separarse de ella.

Antes de poder decidir si debía o no ofrecerle mi abrigo manchado de sangre, Iván dio unos golpecitos en el techo y el carruaje comenzó a reducir la velocidad. La Sanadora ni siquiera esperó a que se detuviera por completo antes de abrir la puerta y saltar al exterior.

Iván cerró la puerta. El oprichnik volvió a colocarse a mi lado, y nos pusimos en marcha una vez más.

—¿Adonde ha ido? —pregunté.

—De vuelta a Kribirsk —respondió Iván—. Iremos más rápido con menos peso.

—Tú pareces más pesado que ella —murmuré.

—Ponte la kefta —ordenó.

—¿Por qué?

—Porque está hecha de tela acorazada de los Materialki. Puede resistir el fuego de un rifle.

Me lo quedé mirando. ¿Era eso posible? Había historias de Grisha que soportaban disparos directos y sobrevivían a lo que deberían haber sido heridas letales. Nunca me las había tomado en serio, pero quizás la obra de los Hacedores fuera la explicación de aquellos cuentos de viejas.

—¿Todos lleváis estas cosas? —dije mientras me ponía la kefta.

—Cuando estamos en el campo —respondió un oprichnik. Estuve a punto de dar un respingo. Era la primera vez que alguno de los guardianes hablaba.

—Intenta que no te disparen en la cabeza —añadió Iván con una sonrisa condescendiente.

Lo ignoré. La kefta era demasiado grande para mí. Me producía una sensación agradable y desconocida, y el forro de piel se ajustaba a mi cuerpo con calidez. Me mordí el labio. No parecía justo que los oprichniki y los Grisha llevaran ese tejido y los soldados normales no. ¿Lo llevarían también nuestros oficiales?

El carruaje cogió velocidad. En el tiempo que le había llevado a la Sanadora hacer su trabajo, ya había comenzado a anochecer, y ya habíamos dejado atrás Kribirsk. Me incliné hacia delante, tratando de ver por la ventana, pero el mundo exterior estaba desdibujado por el crepúsculo. Sentí que las lágrimas volvían a incordiarme, y pestañeé para librarme de ellas. Unas horas antes, había sido una chica asustada de camino a lo desconocido, pero al menos sabía quién y qué era. Con un espasmo, pensé en la Tienda de los Documentos. Los otros cartógrafos podrían estar trabajando ahora. ¿Estarían lamentándose por Alexei? ¿Estarían hablando de mí y de lo que había sucedido en la Sombra?

Me aferré al arrugado abrigo del ejército que había amontonado sobre mi regazo. Seguro que todo esto era un sueño, alguna demente alucinación provocada por los terrores de la Sombra. No podía estar llevando de verdad la kefta de una Grisha, sentada en el carruaje del Oscuro, el mismo carruaje que casi me había atropellado tan solo un día antes.

Alguien encendió una lámpara en el interior del carruaje, y la titilante luz me permitió ver mejor el lujoso interior. Los asientos estaban acolchados con grueso terciopelo negro. En las ventanas de cristal estaba tallado el símbolo del Oscuro: dos círculos superpuestos, el sol eclipsado.

Frente a mí, los dos Grisha me estudiaban con abierta curiosidad. Sus keftas rojas eran de la más fina lana, generosamente bordadas en negro y forradas con pelaje también negro. El Mortificador de pelo rubio era desgarbado y tenía una cara larga y melancólica. Iván era más alto, más ancho, con pelo marrón ondulado y la piel bronceada por el sol. Ahora que me molestaba en mirarlo, tenía que admitir que era guapo. Y, además, lo sabe. Es un matón grandote y guapo.

Me movía sin parar en mi asiento, incómoda por sus miradas. Miré por la ventana, pero no había nada que ver salvo la creciente oscuridad y mi propio reflejo pálido. Volví a mirar a los Grisha y traté de reprimir mi irritación. Seguían mirándome embobados. Me recordé que esos hombres podían hacer que me explotara el corazón en el pecho, pero al final no pude soportarlo.

—No hago trucos de magia, ¿sabéis? —solté.

—Lo de la tienda fue un buen truco —replicó Iván. Yo puse los ojos en blanco.

—Bueno, prometo que si tengo intención de hacer algo emocionante, os avisaré primero, así que podéis… echaros una siesta o lo que sea.

Iván parecía ofendido. Sentí una punzada de miedo, pero el Corporalnik rubio soltó una risotada.

—Soy Fedyor —dijo—, y este es Iván.

—Lo sé —respondí. Después, imaginando la mirada reprobatoria de Ana Kuya, añadí—: Encantada de conoceros.

Intercambiaron una mirada jocosa. Yo los ignoré y volví a retorcerme en mi asiento, tratando de ponerme cómoda. No era fácil con dos soldados bien armados ocupando la mayor parte del espacio.

El carruaje pasó por un bache y dio un bote.

—¿Es seguro viajar por la noche? —pregunté.

—No —replicó Fedyor—, pero sería mucho más peligroso detenernos.

—¿Porque ahora hay gente detrás de mí? —dije con sarcasmo.

—Si no los hay ahora, los habrá pronto.

Resoplé. Fedyor alzó las cejas y dijo:

—Durante cientos de años, la Sombra ha estado haciendo el trabajo de nuestros enemigos, cerrando nuestros puertos, ahogándonos, debilitándonos. Si de verdad eres una Invocadora del Sol, puede que tu poder sea la clave para abrir la Sombra… o quizá incluso destruirla. Fjerda y Shu Han no se quedarán sentados viendo cómo eso sucede.

Lo miré boquiabierta. ¿Qué esperaba de mí esa gente? ¿Y qué me harían cuando se dieran cuenta de que no podía ayudarlos?

—Esto es ridículo —murmuré.

Fedyor me miró de arriba abajo y sonrió ligeramente.

—Tal vez —dijo.

Fruncí el ceño. Estaba dándome la razón, pero aun así me sentía insultada.

—¿Cómo lo has escondido? —preguntó Iván abruptamente.

—¿Qué?

—Tu poder —dijo con impaciencia—. ¿Cómo lo has escondido?

—No lo he escondido. No sabía que lo tenía.

—Eso es imposible.

—Pues aquí estamos —dije amargamente.

—¿No te examinaron?

Un débil recuerdo centelleó en mi mente: tres figuras con capa en el salón de Keramzin, una mujer con frente altiva.

—Claro que me examinaron.

—¿Cuándo?

—Cuando tenía ocho años.

—Eso es muy tarde —comentó Iván—. ¿Por qué tus padres no hicieron que te examinaran antes?

Porque estaban muertos, pensé, pero no lo dije. Y nadie prestaba mucha atención a los huérfanos del Duque Keramsov. Me encogí de hombros.

—No tiene ningún sentido —gruñó Iván.

—¡Eso es lo que he estado tratando de deciros! —Me incliné hacia delante, mirando a Iván y Fedyor con desesperación. No soy lo que creéis que soy. No soy Grisha. Lo que pasó en la Sombra… No sé lo que pasó, pero no fui yo.

—¿Y qué pasó en la tienda Grisha? —preguntó Fedyor con calma.

—No puedo explicarlo, pero no fui yo. El Oscuro hizo algo cuando me tocó.

Iván se rio.

Él no hizo nada. Es un amplificador.

—¿Un qué? —Fedyor e Iván intercambiaron otra mirada—. Olvídalo —solté—. Me da igual.

Iván se metió la mano por el cuello de su vestimenta y sacó algo que colgaba de una delgada cadena de plata. Me la acercó para que yo la examinara.

La curiosidad podía conmigo, y me incliné hacia delante para verla mejor. Parecía un racimo de uñas negras y afiladas.

—¿Qué son?

—Mi amplificador —respondió Iván con orgullo—. Las uñas de la garra delantera de un oso de Sherborn. Lo maté yo mismo al dejar la escuela y unirme al servicio del Oscuro. —Volvió a reclinarse en su asiento y se volvió a meter la cadena por dentro de la ropa.

—Un amplificador aumenta el poder de un Grisha —explicó Fedyor—. Pero el poder ya tiene que estar allí.

—¿Todos los Grisha lo tienen? —pregunté.

Fedyor se puso rígido.

—No —dijo—. Los amplificadores son poco comunes, y difíciles de obtener.

—Solo los Grisha preferidos del Oscuro los tienen —añadió Iván con suficiencia. Me arrepentía de haberlo preguntado.

—El Oscuro es un amplificador viviente —dijo Fedyor—. Eso es lo que sentiste.

—¿Como las garras? ¿Ese es su poder?

—Uno de sus poderes —corrigió Iván.

Me ceñí más la kefta, sintiendo frío de repente. Recordé la seguridad que me había inundado cuando me tocó el Oscuro, y la sensación extrañamente familiar de una llamada que retumbaba dentro de mí, una llamada que exigía respuesta. Me había dado miedo, pero también había sido estimulante. En ese momento, todo mi temor y mis dudas habían sido reemplazados por una especie de certeza absoluta. Yo no era nadie, una refugiada de una aldea sin nombre, una chica flacucha y patosa que se precipitaba sola por la creciente oscuridad. Pero cuando el Oscuro cerró los dedos alrededor de mi muñeca, me sentí diferente, como algo más. Cerré los ojos y traté de concentrarme, traté de recordar esa sensación de certeza, traté de que ese poder firme y perfecto cobrara vida con un centelleo. Pero no sucedió nada.

Suspiré y abrí los ojos. Iván parecía divertirse mucho, y mis ganas de darle una patada eran casi irresistibles.

—Vais a acabar muy decepcionados —murmuré.

—Por tu bien, espero que te equivoques —replicó Iván.

—Por el bien de todos —añadió Fedyor.


Perdí la noción del tiempo. La noche y el día pasaron al otro lado de las ventanas del carruaje. Estuve la mayor parte del tiempo mirando el paisaje, buscando puntos de referencia que resultaran algo familiares. Esperaba que fuéramos por carreteras secundarias, pero en lugar de eso permanecimos en la Vy, y Fedyor explicó que el Oscuro había optado por la velocidad en lugar de por el sigilo. Esperaba que me encontrara a salvo tras los muros dobles de Os Alta antes de que el rumor de mis poderes se extendiera entre los espías y asesinos enemigos que trabajaban dentro de las fronteras de Ravka.

Íbamos a un ritmo brutal. Ocasionalmente nos deteníamos para cambiar de caballos y se me permitía estirar las piernas. Cuando lograba dormir, mis sueños estaban plagados de monstruos.

Una vez desperté sobresaltada con el corazón latiéndome muy fuerte, y me encontré con Fedyor observándome. Iván estaba dormido junto a él, roncando.

—¿Quién es Mal? —preguntó.

Me di cuenta de que debía de haber estado hablando en sueños. Avergonzada, miré a los guardias oprichniki que me flanqueaban. Fuera, el sol de la tarde brillaba a través de un bosquecillo de abedules mientras pasábamos a su lado.

—Nadie —dije—. Un amigo.

—¿El rastreador?

Asentí.

—Estaba conmigo en la Sombra. Me salvó la vida.

—Y tú se la salvaste a él.

Abrí la boca para protestar, pero me detuve. ¿Había salvado a Mal? El pensamiento me hacía estremecer.

—Es un gran honor —continuó Fedyor—, salvar una vida. Has salvado muchas.

—No suficientes —murmuré, pensando en la mirada aterrorizada de Alexei cuando lo arrastraron a la oscuridad. Si tenía ese poder, ¿por qué no había sido capaz de salvarlo? ¿O a cualquiera de los otros que habían muerto en la Sombra? Miré a Fedyor.

—Si realmente crees que salvar una vida es un honor, ¿por qué no te conviertes en Sanador en lugar de Mortificador?

Fedyor observó el paisaje en movimiento.

—De todos los Grisha, los Corporalki sin duda tienen el adiestramiento más difícil. Somos los que más tenemos que entrenar y estudiar. Cuando todo terminó, sentía que podía salvar más vidas como Mortificador.

—¿Como asesino? —pregunté, sorprendida.

—Como soldado —corrigió él, y se encogió de hombros. Después añadió con una sonrisa triste—: ¿Matar o curar? Todos tenemos nuestros dones. —Abruptamente, su expresión cambió. Se sentó recto y le dio un golpe a Iván en un lado—. ¡Despierta!

El carruaje se había detenido. Miré a mi alrededor, confundida.

—¿Estamos…? —comencé, pero el guardia que tenía a mi lado me tapó la boca con la mano y se llevó un dedo a los labios.

La puerta del carruaje se abrió y un soldado metió la cabeza.

—Hay un árbol caído en medio de la carretera —explicó—, pero podría ser una trampa. Permaneced alerta y…

No llegó a terminar la frase. Sonó un disparo y cayó hacia delante, con una bala en la espalda. De pronto, el aire se llenó de gritos de pánico y el terrible sonido del fuego de rifle cuando una lluvia de balas alcanzó el carruaje.

—¡Agáchate! —gritó el guardia a mi lado, escudando mi cuerpo con el suyo mientras Iván quitaba de en medio al soldado muerto y cerraba la puerta.

—Fjerdanos —dijo el guardia, mirando al exterior.

Iván se giró hacia Fedyor y el guardia junto a mí.

—Fedyor, ve con él. Ocúpate de este lado; nosotros nos ocuparemos del otro. Defended el carruaje a toda costa.

Fedyor se sacó del cinturón un cuchillo grande y me lo entregó.

—Quédate cerca del suelo y en silencio.

Los Grisha esperaron junto con los guardias, agachados junto a las ventanas, y a una señal de Iván saltaron de ambos lados del carruaje, cerrando las puertas tras ellos. Me senté en el suelo, aferrando la pesada empuñadura del cuchillo, con las rodillas en el pecho y la espalda contra la base del asiento. Oía sonidos de lucha en el exterior, metal contra metal, gruñidos y gritos, caballos relinchando. El carruaje tembló cuando un cuerpo se estampó contra la ventana. Vi con horror que se trataba de uno de mis guardias. Su cuerpo dejó detrás una mancha roja en el cristal cuando se deslizó hasta quedar fuera de mi vista.

La puerta del carruaje se abrió de golpe y apareció la cara de un hombre con una barba salvaje y amarillenta. Me lancé al otro lado del carruaje, empuñando el cuchillo frente a mí. Le ladró algo a sus compatriotas en su extraña lengua fjerdana y trató de cogerme la pierna. Mientras le pegaba una patada, la puerta que tenía detrás se abrió y estuve a punto de caerme sobre otro hombre barbudo. Me cogió por debajo de los brazos y me sacó bruscamente del carruaje mientras yo aullaba y lanzaba tajos con el cuchillo.

Debí de darle, porque soltó una maldición y aflojó el agarre. Luché por ponerme en pie y salí corriendo. Estábamos en una cañada boscosa donde la Vy se estrechaba para pasar entre dos colinas inclinadas. A mi alrededor, los soldados y los Grisha estaban luchando con hombres barbudos. Los árboles estallaban en llamas al ser alcanzados por el fuego Grisha. Vi a Fedyor extender las manos y el hombre que tenía delante se desplomó en el suelo, agarrándose el pecho, con un hilo de sangre saliendo de la boca.

Corrí sin rumbo y comencé a trepar por la colina más cercana, jadeando mientras los pies me resbalaban por las hojas caídas que cubrían la superficie. Subí solo hasta la mitad antes de que alguien me placara desde atrás. Caí hacia delante, y el cuchillo salió volando cuando extendí las manos para amortiguar la caída.

Me giré y di patadas al hombre de barba amarillenta que me estaba cogiendo las piernas. Miré hacia el valle con desesperación, pero los soldados y los Grisha que había abajo estaban luchando por sus vidas, claramente superados en número e incapaces de acudir en mi ayuda. Forcejeé y me revolqué, pero el fjerdano era demasiado fuerte. Se subió encima de mí, utilizando las rodillas para sujetarme los brazos a ambos lados del cuerpo, y cogió su cuchillo.

—Voy a destriparte aquí mismo, bruja —gruñó con fuerte acento fjerdano.

En ese momento, oí un ruido de cascos y mi atacante giró la cabeza para mirar a la carretera. Un grupo de jinetes entraron rugiendo en la cañada, con keftas rojas y azules, y manos que lanzaban fuego y relámpagos. El jinete que los lideraba iba vestido de negro.

El Oscuro se bajó de su montura y extendió los brazos, y después los juntó con un estruendo. Franjas de oscuridad salieron de entre sus manos unidas, serpenteando por la cañada hasta encontrar a los asesinos fjerdanos, después, se deslizaron por sus cuerpos para envolver sus caras en sombras rabiosas. Gritaron. Algunos soltaron las espadas; otros las agitaron a ciegas.

Observé con una mezcla de asombro y temor mientras los luchadores ravkanos tomaban ventaja, liquidando con facilidad a los hombres ciegos e indefensos.

El hombre barbudo que tenía encima murmuró algo que no comprendí. Supuse que sería una plegaria. Estaba mirando paralizado al Oscuro, y su terror era palpable. Aproveché la oportunidad.

—¡Estoy aquí! —llamé en dirección a la cañada. El Oscuro giró la cabeza y levantó las manos.

—¡Nej! —gritó el fjerdano, con el cuchillo levantado—. ¡No necesito ver para clavarte un cuchillo en el corazón!

Contuve el aliento. En la cañada cayó el silencio, roto solo por los gemidos de los hombres moribundos. El Oscuro bajó las manos.

—Te habrás dado cuenta de que estás rodeado —informó con una voz calmada que viajaba entre los árboles.

La mirada del asesino fue de derecha a izquierda, y después hacia arriba, a la cima de la montaña, donde emergían los soldados ravkanos con los rifles preparados. El fjerdano miró a su alrededor frenéticamente, y el Oscuro avanzó unos pasos por la cuesta.

—¡Ni un paso más! —chilló el hombre. El Oscuro se detuvo.

—Entrégamela y te dejaré huir hasta tu rey.

El asesino soltó una risita demente.

—Ah, no, ah, no. No lo creo —dijo, sacudiendo la cabeza y manteniendo en alto sobre mi corazón palpitante el cuchillo, con un filo cruel que brillaba al sol—. El Oscuro no perdona vidas. —Bajó la mirada hacia mí. Sus pestañas eran de un rubio claro, casi invisibles—. No te tendrá —canturreó con suavidad—. No se hará con la bruja. No se hará también con este poder. —Alzó el cuchillo en alto y gritó—: ¡Skirden Fjerda!

El cuchillo bajó en un arco brillante. Giré la cabeza y entrecerré los ojos, aterrorizada, y mientras lo hacía vi que el Oscuro lanzaba el brazo hacia delante, cortando el aire frente a él. Oí otro ruido como de trueno, y después… nada.

Abrí los ojos lentamente y contemplé el horror ante mí. Abrí la boca para gritar, pero no salió sonido alguno. El hombre que tenía encima había sido cortado en dos. Su cabeza, su hombro derecho y su brazo estaban tirados sobre el suelo del bosque, y su mano seguía sujetando el cuchillo. El resto de él se balanceó sobre mí unos segundos, y unas oscuras volutas de humo se desvanecieron en el aire, junto a la herida que recorría su torso cercenado. Después, lo que quedaba de él cayó hacia delante.

Encontré mi voz y grité. Me arrastré hacia atrás, alejándome del cuerpo mutilado, incapaz de ponerme en pie, incapaz de apartar la mirada de la horrible escena, y mi cuerpo temblaba sin control.

El Oscuro se apresuró a subir la colina y se arrodilló junto a mí, tapando la vista del cadáver.

—Mírame —indicó. Traté de concentrarme en su cara, pero solo podía ver el cuerpo cercenado del asesino, su sangre derramándose sobre las hojas empapadas.

—¿Qué… qué le has hecho? —pregunté con voz temblorosa.

—Lo que tenía que hacer. ¿Puedes ponerte en pie?

Asentí, temblando. Él me cogió las manos y me ayudó a levantarme. Cuando mi mirada volvió a deslizarse hacia el cadáver, me tomó la barbilla y dirigió mis ojos hacia él.

—Mírame a mí —ordenó. Asentí y traté de mantener los ojos clavados en el Oscuro mientras me conducía hacia la base de la colina y les daba órdenes a sus hombres—. Despejad el camino. Necesito veinte jinetes.

—¿Y la chica? —preguntó Iván.

—Montará conmigo —replicó el Oscuro.

Me dejó junto a su caballo mientras iba a deliberar con Iván y sus capitanes. Me alivió ver a Fedyor con ellos. Se agarraba el brazo, pero por lo demás no parecía haber sufrido daños. Le di unas palmadas al caballo en un flanco sudoroso y aspiré el limpio olor a cuero de la silla, tratando de reducir el ritmo de mi corazón y de ignorar lo que sabía que yacía detrás de mí en la colina.

Unos minutos después, los soldados y los Grisha montaron en sus caballos. Varios hombres habían terminado de apartar el árbol del camino, y otros estaban marchándose a caballo con el maltrecho carruaje.

—Es un señuelo —explicó el Oscuro, a mi lado—. Nosotros iremos por los caminos del sur; es lo que deberíamos haber hecho desde el principio.

—Así que cometes errores —solté sin pensar. Él se detuvo mientras se ponía los guantes y yo apreté los labios, nerviosa—. No quería decir que…

—Por supuesto que cometo errores —dijo. Su boca se curvó en una media sonrisa—. Pero no a menudo.

Se subió la capucha y me ofreció la mano para ayudarme a subir al caballo. Dudé un momento. Estaba frente a mí, un jinete oscuro de capa negra, con los rasgos ocultos por las sombras. La imagen del hombre mutilado apareció en mi mente, y se me revolvió el estómago.

—Hice lo que tenía que hacer, Alina —repitió, como si me hubiera leído el pensamiento.

Lo sabía. Me había salvado la vida. Y, ¿qué otra opción tenía? Le di la mano y dejé que el Oscuro me ayudara a subir a la silla. Él montó detrás de mí y golpeó al caballo con el pie para que comenzara a trotar.

Mientras dejábamos la cañada, sentí que la realidad de lo que acababa de suceder me embargaba.

—Estás temblando —dijo.

—No estoy acostumbrada a que la gente intente matarme.

—¿En serio? Yo ya ni llevo la cuenta.

Me giré para mirarlo. El rastro de una sonrisa seguía ahí, pero no estaba completamente segura de que estuviera bromeando. Me giré y dije:

—Y yo acabo de ver a un hombre cortado por la mitad.

Traté de mantener la voz despreocupada, pero no podía esconder el hecho de que seguía temblando.

El Oscuro se pasó las riendas a una mano y se quitó uno de los guantes. Me envaré al sentir que deslizaba su palma desnuda bajo mi pelo y la dejaba sobre mi nuca. Mi sorpresa dio paso a la calma mientras esa misma sensación de poder y seguridad fluía a través de mí. Con una mano en mi cabeza, dio un golpe al caballo para que fuera a medio galope. Cerré los ojos tratando de no pensar y, enseguida, a pesar del movimiento del caballo, a pesar de los terrores del día, caí en un sueño inquieto.





os siguientes días pasaron como un borrón de incomodidad y agotamiento. Permanecimos alejados de la Vy, yendo por carreteras secundarias y estrechos caminos de caza, moviéndonos tan rápido como el terreno montañoso y a menudo traicionero nos permitía. Perdí todo sentido de dónde estábamos y cuánto habíamos avanzado.

Tras el primer día, el Oscuro y yo habíamos montado por separado, pero descubrí que siempre sabía dónde se encontraba en la fila de jinetes. No me dijo ni una palabra y, mientras las horas y los días pasaban, comencé a preocuparme de haberlo ofendido de algún modo. (Aunque, con lo poco que habíamos hablado, no estaba segura de cómo había podido hacerlo). Ocasionalmente lo pillaba mirándome, con ojos fríos e inescrutables.

Nunca había sido una jinete especialmente buena, y el ritmo del Oscuro estaba comenzando a hacer mella en mí. No importaba hacia qué lado me moviera en la silla, siempre me dolía alguna parte del cuerpo. Me quedé mirando lánguidamente las orejas del caballo, que se movían con nerviosismo, y traté de no pensar en mis piernas ardientes o en la pulsación que sentía en la parte inferior de la espalda. La quinta noche, cuando nos detuvimos para acampar en una granja abandonada, quería bajar de mi caballo saltando de felicidad, pero estaba tan rígida que acabé deslizándome torpemente hasta el suelo. Le di las gracias al soldado que se ocupó de mi montura y bajé lentamente por una pequeña colina hasta donde oía el suave borboteo de un arroyo.

Me arrodillé junto a la orilla con piernas temblorosas y me lavé manos y cara con el agua fría. El aire había cambiado durante los últimos días, y el azul brillante del cielo de otoño estaba dando paso a un lúgubre gris. Los soldados parecían pensar que llegaríamos a Os Alta antes de que el tiempo cambiara de verdad. ¿Y después, qué? ¿Qué me pasaría cuando llegáramos al Pequeño Palacio? ¿Qué sucedería cuando no pudiera hacer las cosas que querían que hiciera? No era sensato decepcionar al Rey, o al Oscuro. Dudaba que me enviaran de vuelta al regimiento con una palmadita en la espalda. Me pregunté si Mal seguiría en Kribirsk. Si sus heridas habían sanado, puede que ya lo hubieran enviado a cruzar la Sombra de nuevo o a alguna otra misión. Recordé su rostro desapareciendo entre la multitud en la tienda Grisha. Ni siquiera había tenido la oportunidad de despedirme.

Estaba anocheciendo, y estiré los brazos tratando de librarme del pesimismo que sentía. Probablemente sea lo mejor, me dije. De todos modos, ¿cómo me habría despedido de Mal? Gracias por ser mi mejor amigo y hacer mi vida soportable. Ah, y siento haber estado un tiempo enamorada de ti. ¡No te olvides de escribir!

—¿De qué te ríes?

Me giré, escudriñando la noche. La voz del Oscuro parecía salir flotando de entre las sombras. Caminó hasta el arroyo y se agachó en la orilla para echarse agua en la cara y en su cabello moreno.

—¿Y bien? —preguntó, levantando la mirada hacia mí.

—De mí misma —admití.

—¿Tan graciosa eres?

—Desternillante.

El Oscuro me examinó bajo las luces que quedaban del crepúsculo. Tenía la inquietante sensación de que me estaba estudiando. Salvo por un poco de polvo en su kefta, no parecía que nuestro viaje lo hubiera afectado demasiado. Me picaba la piel de vergüenza al percatarme fuertemente de mi kefta rota y demasiado larga, mi pelo sucio y el moratón que había dejado en mi mejilla el asesino fjerdano. ¿Me estaba mirando y lamentándose de su decisión de haberme llevado con él? ¿Estaba pensando que había cometido otro de sus errores poco frecuentes?

—No soy Grisha —dije abruptamente.

—La evidencia sugiere lo contrario —replicó él, sin preocupación alguna—. ¿Qué te hace estar tan segura?

—¡Mírame!

—Te estoy mirando.

—¿Te parezco una Grisha?

Los Grisha eran guapos. No tenían granos, ni aburrido pelo marrón, ni brazos flacuchos. Él sacudió la cabeza y se levantó.

—No lo entiendes en absoluto —dijo, y comenzó a subir por la colina.

—¿Me lo vas a explicar?

—No, ahora no.

Estaba tan furiosa que quería da